La ciudad dormía. Las luces de las casas brillaban como pequeñas estrellas sobre la tierra. Yūsei caminó lentamente hasta la entrada de su edificio. No tenía fuerzas para subir.
Levantó la vista. El cielo nocturno estaba completamente despejado. Instintivamente buscó su teléfono. Quiso escribir: "Haruto, mira el cielo de hoy."
Sus dedos se quedaron inmóviles. Recordó que ya no recibiría una respuesta esa noche.
Cerró los ojos. Y entonces regresaron a su memoria aquellas palabras.
¿Qué pasaría si yo muriera mañana?
Y su propia respuesta.
Te recordaré como la melodía más hermosa y motivante de mi vida.
Se llevó una mano al rostro. Las lágrimas comenzaron a caer.
—No... —respiró con dificultad— no...
Su voz terminó rompiéndose.
—No me hagas cumplir esa promesa...
Apoyó la espalda contra la pared y lloró en silencio. Luego, poco a poco, el llanto se convirtió en sollozos.
—¿Cómo pudiste cargar con todo eso tú solo...?
Su pecho dolía. Dolía demasiado. Recordó las sonrisas de Haruto, sus bromas, sus fotografías, los panes de melón, el gatito gris, las mañanas a las siete y dieciocho. Y comprendió que, mientras él era feliz, Haruto había estado luchando cada día contra un miedo que nunca compartió.
Yūsei dejó escapar un grito ahogado.
—¡¿Por qué...?! —las lágrimas ya no lo dejaban hablar con claridad— ¡¿Por qué tuvo que pasar por eso solo?!
Levantó el rostro hacia el cielo despejado, hacia esas mismas estrellas que Haruto tanto amaba fotografiar, y algo dentro de él se quebró de una forma distinta. Ya no era solo dolor. Era rabia. Una rabia sin nombre, sin destinatario claro, que subía desde el pecho hasta la garganta y no encontraba otra salida que un grito.
Gritó. Gritó hacia el cielo, hacia la nada, hacia todo lo que no podía tocar ni golpear ni cambiar. No fueron palabras, al principio, solo el sonido crudo de algo que se rompía por dentro y necesitaba salir de alguna forma antes de ahogarlo del todo.
Golpeó la pared con el puño cerrado, una vez, dos veces, como si el dolor físico pudiera hacerle compañía al otro dolor, el que no tenía forma de golpear. Se dejó resbalar hasta el suelo frío, las rodillas contra el pecho, los hombros temblando sin control.
Le reclamó al cielo sin palabras claras, con ese tipo de rabia que no necesita frases para existir: el porqué él y no yo, el dónde estabas cuando lo necesitaba, el por qué tenías que llevártelo justo a él, que tenía tanto por dar. Todo eso pasó por su pecho como una tormenta que no encontraba salida ordenada, solo sollozos entrecortados y un llanto que le raspaba la garganta.
Y entonces, poco a poco, esa rabia lanzada hacia arriba empezó a doblarse hacia adentro, a caer sobre él mismo como una piedra. Ya no era solo el cielo el culpable. Era él. Las imágenes volvieron sin permiso —Haruto más pálido, las noches sin dormir, aquella pregunta sobre morir mañana que él había esquivado con una risa nerviosa— y cada una le apretaba el pecho un poco más, hasta que el llanto cambió de forma: ya no era solo pena, era culpa, una culpa que se le enredaba entre las costillas y no lo dejaba respirar bien.
Se abrazó las rodillas con más fuerza, la frente hundida contra ellas, y lloró así, en silencio primero y después a sollozos, sin buscar ya ninguna palabra que ordenara lo que sentía. No era un grito de odio, ni hacia el cielo ni hacia sí mismo. Era simplemente el cuerpo entero de alguien que hubiera querido cargar una parte del dolor de la persona que amaba, y que ahora entendía, demasiado tarde, que nunca había tenido la oportunidad de hacerlo.
La noche no respondió. Solo el viento acarició su rostro, como si fuera lo único que todavía podía tocarlo con algo de suavidad.
A la mañana siguiente, Yūsei bajó las escaleras con los ojos hinchados. Había dormido apenas unos minutos, y en ese poco tiempo había soñado con un cielo despejado y una mano que ya no podía alcanzar. Al llegar a la sala, escuchó dos voces. Una era la de su madre. La otra la reconoció de inmediato: la madre de Haruto.
Las dos mujeres estaban sentadas una frente a la otra. Los ojos de la señora estaban completamente rojos. Cuando Yūsei apareció, ella levantó lentamente la cabeza. Sus miradas se encontraron, y Yūsei lo entendió antes de que alguien pronunciara una sola palabra.
El tiempo pareció detenerse. Sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. No preguntó. No hizo falta. Sus labios comenzaron a temblar.
—...No...
La madre de Haruto se puso de pie. Se acercó lentamente, con una sonrisa tan triste que parecía romper el corazón.
—Yūsei... —su voz apenas era un susurro— gracias.
Él negó una y otra vez.
—No...
—Gracias... —las lágrimas volvieron a llenar los ojos de la mujer— por hacer tan feliz a mi hijo.
Aquellas palabras terminaron de romper algo dentro de él. Porque, si de verdad lo había hecho feliz, ¿por qué no había podido salvarlo? ¿Por qué la felicidad que le había dado no había sido suficiente para hacerlo quedarse? Esas preguntas se le clavaron tan hondo como la culpa de la noche anterior, y Yūsei rompió a llorar, con un dolor que parecía no caber en su pecho.
La mujer lo abrazó con toda la ternura que aún le quedaba. Después sacó una pequeña caja de madera que llevaba entre las manos y la colocó frente a él.
—Esto era para ti.
Le dio un beso en la frente, igual que tantas veces había hecho con Haruto.
—Cuídala... —su voz volvió a quebrarse— y cuida también los recuerdos que construyeron juntos.
Con una última caricia en su cabello, salió de la casa. La puerta se cerró despacio.
Yūsei permaneció inmóvil, mirando aquella caja, como si tuviera miedo de tocarla. Finalmente la abrazó contra su pecho, caminó hasta los escalones de la entrada y se dejó caer allí. Comenzó a llorar. No intentó contenerse. Abrazó la caja con todas sus fuerzas, como si, de algún modo, aún pudiera abrazar a Haruto.