El salón del velorio estaba lleno de flores blancas: lirios, camelias, hortensias. El perfume dulce de los arreglos florales llenaba el aire, pero no conseguía aliviar el peso que oprimía el pecho de todos los presentes.
En el centro de la sala descansaba un retrato de Haruto. No era una fotografía de estudio, sino una imagen sencilla: sonreía mirando hacia un cielo despejado, con la cámara colgada del cuello y el viento despeinándole el cabello. Parecía tan vivo que dolía mirarlo.
Mika fue una de las primeras en llegar. Apenas vio el retrato, las piernas dejaron de sostenerla. Una de sus amigas logró sujetarla antes de que cayera.
—...Haruto...
Su voz se rompió. Se cubrió el rostro con ambas manos y lloró sin intentar ocultarlo.
—¡Idiota...! —los sollozos apenas la dejaban hablar— ¡Me prometiste que volverías a clases...!
Su llanto resonó en toda la sala. Nadie fue capaz de decirle que se calmara, porque todos querían gritar exactamente lo mismo.
La madre de Haruto permanecía junto al altar. Saludaba a quienes llegaban, agradecía cada abrazo, cada palabra, cada flor. Pero, en cuanto las personas seguían su camino, volvía a mirar la fotografía de su hijo, y una nueva lágrima aparecía. Los tíos, los primos, los abuelos: todos lloraban en silencio. Haruto había sido querido por demasiadas personas.
Yūsei llegó mucho más tarde. Vestía completamente de negro. Su rostro estaba pálido, tan pálido que parecía haber perdido todo el color. Caminó despacio, con pasos lentos, como si cada uno pesara más que el anterior.
Algunas personas intentaron saludarlo. Él apenas hizo una pequeña reverencia. No habló. No tenía fuerzas para hacerlo. Había algo en sus ojos que hizo que nadie insistiera. No eran solo tristeza. Era un vacío tan profundo que resultaba imposible encontrar palabras para describirlo.
La madre de Haruto lo vio entrar. Por un instante quiso acercarse. Pero se detuvo. Comprendió que había dolores que necesitaban silencio.
Yūsei continuó caminando hasta detenerse frente al retrato. Allí estaba Haruto, sonriendo, con esa sonrisa luminosa que parecía hacer más claro cualquier día gris. La misma sonrisa con la que lo esperaba en la azotea. La misma con la que lo había mirado al tomarle aquella primera fotografía. La misma con la que le había dicho: te amo.
Yūsei permaneció inmóvil. No apartó la vista de la imagen. El silencio se hizo tan profundo que apenas se escuchaba el murmullo lejano de los presentes.
Entonces una lágrima descendió lentamente por su mejilla. Después otra. Y otra más. No hizo ningún ruido. No lloró como el día anterior. No gritó. Simplemente dejó que las lágrimas cayeran en silencio, porque el dolor era tan grande que ya no encontraba la fuerza para romperse otra vez.
Con manos temblorosas, sacó del bolsillo de su saco una pequeña fotografía: la imagen que Haruto le había tomado aquella tarde frente a la tienda de cuadros, con el atardecer iluminando su rostro. Él nunca había entendido por qué Haruto sonrió tanto después de capturar ese instante. Ahora sí lo entendía.
Con infinito cuidado, dejó la fotografía junto al retrato de Haruto. Y susurró apenas, para que solo él pudiera escucharlo:
—Gracias...
Cerró los ojos un momento.
—...por enseñarme a mirar el cielo.
Cuando volvió a abrirlos, alzó lentamente la vista hacia la ventana del salón. El cielo era de un azul limpio, sin una sola nube. Y por primera vez desde que Haruto había partido, Yūsei levantó la cabeza no para buscar respuestas, sino porque sabía que, si existía un lugar donde su sonrisa pudiera seguir viviendo, sería allí. En ese cielo que Haruto había amado hasta el último de sus días.