La ceremonia de nombramiento concluyó con el padre dirigiendo unas últimas palabras —en aquel idioma desconocido— a la mujer que yacía en la cama.
Ella respondió con un susurro, su voz delicada marcada por el agotamiento extremo del parto.
El padre asintió, cerrando un acuerdo silencioso con la madre. Con movimientos fluidos y cuidadosos, tomó primero a Inary. La acomodó contra su pecho y la envolvió en mantas de lana gruesa para protegerla del cambio de temperatura.
Con la bebé recostada en sus brazos, el hombre caminó hacia la única puerta de la habitación y salió del cuarto, dejando a la madre y a Inory atrás.
Apenas un minuto después, el hombre regresó.
Tomó a Inory en sus brazos, lo arropó con la misma calidez y comenzó a caminar hacia el exterior de la habitación.
Durante el trayecto, Inory aprovechó su posición elevada para escanear el entorno. El sonido de la tormenta llenaba de tensión el pasillo por el que se movían.
'La vivienda carece de sofisticación arquitectónica. No detecto ornamentación compleja ni materiales de construcción refinados. Como hipótesis o he renacido en una cronología preindustrial, o bien, mis progenitores viven en un estado de segregación geográfica.'
Las únicas fuentes de luz eran unas velas de sebo colgadas en las paredes del pasillo, a una altura media de dos metros, que apenas lograban combatir la penumbra de la casa. El sonido del viento y la lluvia golpeando la madera generaba una vibración constante, una sensación casi relajante que recorría su pequeño cuerpo.
‘Mi energía está completamente agotada, el cansancio nubla mi juicio, mi cuerpo me exige un descanso.’
Mientras reflexionaba, el hombre atravesó una puerta de madera al final del pasillo.
Del otro lado, se reveló una habitación rústica pero ordenada, iluminada tenuemente por apliques en las paredes. Al lado derecho de la entrada, la distribución era clara: dos camas de madera pulida, una tras otra, flanqueaban el espacio central.
El hombre rodeó la primera cama, situándose en el centro de la estancia.
Allí, junto a su hermana que ya dormía, el hombre colocó a Inory en el colchón de la cuna. Lo arropó con cuidado y, satisfecho con la seguridad de ambos bebés, se retiró de la habitación.
Antes de que la puerta se cerrara por completo, una última ráfaga de aire frío del pasillo logró colarse, recordándole a Inory lo frágil que era su nueva existencia frente a los elementos.
El cansancio biológico recorrió su cuerpo como una marea pesada; lentamente, sus párpados perdieron la batalla contra la gravedad y sus pensamientos se disolvieron en un abismo oscuro. Su alma, anclada ahora a una fisiología inmadura, redujo su frecuencia operativa hasta detenerse.
Cayó en un sueño profundo. Por primera vez en milenios, el silencio fue absoluto.
Un tiempo indefinido después, Inory abrió los ojos lentamente; el aturdimiento inicial se disipó en segundos, reemplazado por una claridad mental total.
Seguía en la cuna, pero el escenario había cambiado ligeramente. La única novedad en la habitación era la presencia de su madre, quien yacía profundamente dormida en la cama más cercana a la puerta, custodiando la entrada incluso en sueños.
‘No sé cuánto tiempo dormí, pero mi energía está completamente recuperada.
Mi cuerpo, aunque de forma limitada, se mueve como quiero.’
Aprovechó la vigilia para escanear su entorno con mayor detalle.
La habitación era espaciosa y de arquitectura austera, construida con gruesos tablones de madera que crujían bajo el asedio de la tormenta. A través de la única ventana, desprovista de cortinas, el mundo exterior se presentaba como una acuarela caótica de grises y negros. Apenas se distinguían las siluetas espectrales de un bosque denso, azotado por el viento.
El sonido era intenso, el repiqueteo percusivo de la lluvia contra el techo y el aullido del viento filtrándose por las grietas creaban una acústica envolvente.
'La lluvia actúa como un inesperado catalizador de serenidad.'
Por unos instantes, detuvo sus constantes procesos lógicos para simplemente existir, dejándose envolver por la acústica hipnótica de la tormenta.
Después de unos segundos la realidad lo trajo de vuelta, giró el cuello con esfuerzo hacia el costado para examinar a su compañera de cuna. Inary dormía plácidamente a su lado.
A esa distancia, el análisis visual fue mucho más preciso. Su hermana poseía una piel de una palidez casi translúcida; su cabello, al igual que sus cejas y pestañas, eran hebras de blanco puro que brillaban tenuemente en la penumbra. Aunque sus ojos estaban cerrados, la simetría de sus rasgos era innegable.
‘Me encantaría presentar los mismos rasgos genéticos.’
Acomodo su postura para una mayor comodidad y comenzó a procesar su siguiente plan de acción.
'Esta inmovilidad es mi mayor obstáculo. Estar atrapado en un cuerpo que no responde a la velocidad de mi mente es... frustrante. La prioridad absoluta es recuperar mi autonomía. No puedo permitirme depender de otros para siempre. Si optimizo mis movimientos y fuerzo el desarrollo muscular día tras día, calculo que podré reducir los tiempos naturales. Tres meses. Ese es el plazo que me impongo para empezar a gatear.'
Una vez establecido su plan de acción, los días comenzaron a fluir con una calma relativa, interrumpida solo por las inevitables —y a veces humillantes— necesidades de su nuevo cuerpo.
La tormenta que lo recibió al nacer se negó a amainar durante una semana entera, aislando la casa del mundo exterior.
Durante ese confinamiento, su rutina se regía por la tiranía del sueño; su cerebro adulto se veía obligado a apagarse la mayor parte del día para permitir el crecimiento neuronal. Sin embargo, Inory aprovechaba cada minuto de vigilia con una disciplina férrea.
Dividía su escaso tiempo consciente en tres prioridades: alimentarse para ganar masa, forzar sus extremidades a moverse para ganar control y, lo más intrigante de todo, investigar aquella vibración misteriosa que había detectado desde el vientre materno.