De regreso
—¡Corte! Al fin terminamos —dije con un suspiro de alivio.
—¡Sí! Quedó estupendo —dijo el director a cargo de la obra.
—Me avisas cuando llegues a tu país.
—Por supuesto que sí. Darren, gracias por todo. Quiero darme unas vacaciones, disfrutar de la comida de mi hogar y de mi antigua cama.
—Solo no te pierdas.
Me despedí del personal del estudio y volví a mi apartamento para empacar. El vuelo salía a las ocho de la noche.
Al regresar de Argentina después de siete años, mi familia estaba parada frente a las puertas de desembarque esperándome con flores y carteles hechos con amor. El fuerte abrazo de mi madre y la palmada despeinadora de mi padre me hicieron sentir que realmente había vuelto a casa.
—Oye, cómo has crecido. ¿No me vas a dar un abrazo? —le dije a mi hermano, que ya no se veía para nada como aquel niño de siete años que recordaba.
Se acercó con expresión indiferente y me abrazó.
—Bien, vamos a comer. Muero de hambre y Ana debe estar cansada —dijo mi madre.
—Vamos. Recién montaron un buen restaurante chino cerca de casa —añadió mi padre.
El coche avanzaba rápidamente mientras bajaba la ventana para respirar el aire frío de la noche. Había extrañado el clima de Ecuador y sus hermosas montañas.
Observaba la enorme luna brillante cuando, cerca de llegar al restaurante, vi algo que llamó mi atención.
Al otro lado de la calle, sobre un amplio terreno vacío, estaba instalado un circo.
Mi corazón dio un pequeño vuelco.
No estaba segura de que fuera el mismo que había visto siete años atrás, pero se parecía demasiado. Era mucho más grande y las carpas rojas parecían nuevas.
—¿Papá, ese es el circo de hace siete años?
—Mmm, no lo sé. Pero aquella vez estaban ubicados al sur de la ciudad.
Entramos al restaurante y una mesera tomó la orden.
—¿Qué van a ordenar?
—Yo quiero fideos con pollo agridulce y una gaseosa —dijo mi hermano, el glotón de la familia.
—Yo verduras salteadas con pollo agridulce y agua sin gas —pedí.
—Yo un chaulafán y una soda —dijo mi padre.
—Para mí, agua con gas y una guarnición de fideos, por favor —pidió mi madre.
Una de las meseras subió el volumen del televisor. En las noticias informaban sobre la desaparición de un reconocido cardiólogo colombiano ocurrida hacía dos meses. Su familia continuaba buscándolo y, al no haberse encontrado el cuerpo, su esposa aún conservaba la esperanza de que siguiera con vida.
Después de las noticias comenzó el fútbol, verdadera razón por la que habían subido el volumen.
La mayoría de los clientes olvidó por completo la comida y fijó la mirada en la pantalla mientras pedían cerveza y comentaban el partido.
Yo, en cambio, no podía dejar de mirar el circo.
Quería saber si era el mismo de hace siete años. Solo verlo despertaba una extraña nostalgia dentro de mí. Desde la distancia parecía cerrado; las luces estaban apagadas y no se veía movimiento alguno.
Continué comiendo.
Al terminar, mi padre pagó la cuenta y, justo cuando íbamos a subirnos al coche, dije:
—Ahora vuelvo.
—¿Adónde vas? —preguntó mi madre.
—Al frente. Quiero ver si hay alguna función.
—Ana, está oscuro. Desde aquí se nota que está cerrado. ¿No ves que las luces están apagadas?
—Solo será un momento.
Crucé la calle.
—¡Hola! —grité—. ¡Hola!
Nadie salió, aunque todavía podía escuchar risas provenientes del interior.
Cuando estaba a punto de asomarme por una abertura de la carpa, una joven de cabello corto salió cargando una funda que desprendía un fuerte olor a comida. Parecía llena de recipientes vacíos.
Me observó con cierta seriedad.
—¿Buscas a alguien?
—Buenas noches. No, solo quería saber si habría una función esta noche.
—No. Las funciones son de ocho a nueve de la noche y ya son las diez.
—Oh, ya veo. ¿Y hasta cuándo estará el circo aquí?
—Todo el mes de octubre.
La joven dejó la funda junto a otras bolsas de basura cerca de un poste.
Le agradecí y regresé al coche.
Al llegar a casa tomé una ducha rápida y acomodé mis maletas en una esquina del cuarto, apagué las luces y en el momento que iba cerrar mis cortina podía apreciar casi la mitad del circo aunque estaba a unos cuantos metros algo lejos, me coste a dormir.
A la mañana siguiente me despertó el sonido insistente del teléfono.