Habían pasado dieciocho meses desde que Elías y yo dijimos "sí quiero". Dieciocho meses de una felicidad conyugal tan intensa que a menudo me preguntaba si era real, si yo, Lilian, merecía tal perfección. Había asumido el rol de la Señora Vantros con mi propia marca de dignidad humilde, navegando el mundo de la élite con mi perspectiva de 'editora de la realidad'. Mi amor por Elías era la ancla, firme e innegable.
Pero bajo la superficie pulida de nuestra vida perfecta, una grieta dolorosa se expandía. La de mi anhelo no cumplido.
Desde el día que regresamos de la luna de miel, habíamos abandonado los anticonceptivos, ansiosos por cumplir nuestro sueño de llenar la Mansión Vantros de niños. Mes tras mes, la esperanza se convertía en una decepción silenciosa. La llegada de mi ciclo era un fracaso personal, una traición de mi propio cuerpo, y una punzada de miedo de que mi pasado, el accidente, la deuda, me hubieran dejado un daño irreparable que ni siquiera el dinero de Elías podía corregir.
La presión se hizo insoportable después de la primera gran fiesta anual de la fundación. La casa estaba llena de la risa de los niños de nuestros amigos, un sonido que amplificaba mi vacío. Al final, mientras Elías despedía a la última pareja, me quedé sola en la cocina, recogiendo vasos, mi mente en un torbellino.
Unos días después, le confronté. "Elías, no puedo seguir con esta incertidumbre. Siento que mi cuerpo es una cuenta que no puedo pagar. Voy a ver a la Dra. Schmidt, una endocrinóloga especializada en fertilidad. Necesito saber si el accidente o el estrés de mi vida pasada me han hecho un daño permanente."
Su reacción fue inmediata. Dejó caer el informe financiero, el sonido del papel cayendo fue un estruendo en el silencio. Me abrazó con tal ternura que mis defensas se desmoronaron. "Iremos juntos, mi amor. Lo que sea que enfrentemos, lo haremos como un equipo. No te culpes por esto. Eres perfecta."
Las semanas siguientes fueron una humillación constante. La Dra. Schmidt, una mujer de eficiencia clínica, me sometió a un sinfín de exámenes. El veredicto final fue una sentencia: complicaciones residuales por la cirugía de mi accidente y el trauma de años de tensión hacían la concepción natural extremadamente difícil. Necesitaríamos recurrir a tratamientos de fertilidad. La Lilian que había sido rescatada de la deuda, ahora sentía que su cuerpo estaba defectuoso. Me sentía como una máquina imperfecta en el mundo de la eficiencia absoluta de Elías.
La tensión médica coincidió con el momento en que Elías finalizó la adquisición de una importante empresa tecnológica. Esto trajo consigo un cambio sísmico en su equipo. De repente, mi mundo se inundó de nuevos ejecutivos, muchos de ellos mujeres, todas ellas brillantes, jóvenes y deslumbrantes.
Mi inseguridad, alimentada por mi fracaso biológico, se manifestó como celos crónicos.
La principal fuente de mi tormento era Sonia Reyes, la jefa de estrategia de la tecnológica. Sonia era la antítesis de la 'desesperación emocional' que Elías decía amar. Era pura eficiencia y lógica. Vestía con trajes de corte impecable que costaban más que mi antiguo salario anual, y su capacidad intelectual era un rival directo para Elías.
La vi en acción en varias reuniones de la Torre Vantros. Su facilidad para desmantelar un problema complejo y presentar soluciones sin un gramo de duda me hacía sentir como una aficionada. Elías y ella compartían un lenguaje codificado de negocios, de estrategias de alto riesgo, que me excluía. Yo era su esposa; Sonia era su igual profesional.
Una noche, en una cena de gala para celebrar la adquisición, los observé. Elías y Sonia estaban de pie cerca del piano, enfrascados en una discusión sobre la integración. Sonia reía, un sonido claro y seguro. Yo noté cómo su mano rozaba el antebrazo de Elías con una familiaridad que no era sexual, sino intelectual, una intimidad forjada en el calor de las batallas corporativas.
Mi estómago se retorció. Ella era impecable. No tenía cicatrices emocionales ni físicas. Podía darle a Elías la compañía intelectual sin la carga emocional que yo representaba. Y, lo peor, probablemente podría darle un heredero sin esfuerzo. El pensamiento era un veneno frío.
Ella es el tipo de mujer que debería estar a su lado. La que no necesita que la salven, me susurré.
Cuando regresamos a la mansión, el resentimiento se desbordó. Mientras me quitaba un collar de diamantes, me giré hacia Elías, cuya mente aún estaba en la euforia del éxito.
"Sonia Reyes es muy... competente," dije, sintiendo el tono áspero y miserable en mi voz.
Elías me miró, la euforia borrada por la irritación. "Es profesional, Lilian. La mejor. Hemos trabajado sin dormir durante tres días para cerrar ese acuerdo. ¿Qué te molesta realmente?"
"¡Me molesta la forma en que te mira! ¡Y la forma en que tú la miras! ¡Con esa fascinación que solía estar reservada para mí!" le devolví, la inseguridad disparando mis palabras como balas. "Ella no solo es una colega; ella es una candidata a esposa que funciona, Elías. Una mujer que pertenece a tu mundo, que no te cuesta millones en tratamientos de fertilidad, y que no te arrastra hacia el melodrama."
Elías se acercó, sus ojos azules ardiendo de frustración. Me agarró los brazos con suavidad, pero con firmeza. "¡Basta, Lilian! No uses nuestra frustración para destrozar nuestra confianza. ¿Crees que me casé contigo por tu capacidad para hacer negocios o por tu historial médico? ¡Me casé contigo por la mujer que ve mi alma! Tú eres mi vida. Sonia es un negocio. ¡Estás cediendo a la desesperación que tanto criticamos en otros!"