El Circulo de Elias

Capítulo 8: La Tensión Insostenible y el Espejo de la Imperfección

La discusión con Elías por mis celos, aunque terminó en un pacto de amor apasionado, había dejado una cicatriz de desconfianza en mi alma. Él había jurado lealtad; yo había prometido fe. Pero su palabra era un concepto abstracto, mientras que mi cuerpo era una realidad tangible que no cooperaba. El mismo día, recibí la confirmación de la Dra. Schmidt: el primer ciclo de tratamiento había fallado. La inyección de hormonas, el control obsesivo de los horarios, la esperanza desesperada; todo había sido en vano. El fracaso se sentía como una traición final de mi propia biología.

Elías estaba fuera, en una cumbre financiera. Le envié un mensaje de texto simple, desprovisto de emoción: Ha fallado. Necesitamos reagruparnos. Quería evitar la conversación telefónica, el sonido de su decepción en el altavoz, aunque él jurara que solo le importaba mi bienestar. En el fondo, temía que mi voz quebrada confirmara la fragilidad que él no quería reconocer.

La Mansión Vantros se convirtió en una prisión de terciopelo. Cada sala, cada pieza de arte inmaculada, me recordaba la perfección de la vida que me rodeaba y la imperfección que yo aportaba. Me refugié en mi oficina de consultoría en la Torre, el único lugar donde mi mente se sentía eficiente y valiosa.

Sin embargo, el trabajo se había convertido en el campo de batalla de mi inseguridad. La adquisición estaba en pleno apogeo, y con ella, la presencia constante de Sonia Reyes. Ella ya no era solo una colega; era la ejecutiva clave en la fusión, una mujer de poder indiscutible cuya oficina, estratégicamente, se había reubicado en el mismo piso que la de Elías.

El contraste era cruel. Yo llegaba a la Torre arrastrando el cansancio físico y emocional de las hormonas, la mente dispersa por las gráficas médicas. Sonia llegaba inmaculada, su presencia era un soplo de aire frío y calculado.

Un mediodía, tuve que subir al piso ejecutivo para entregar un informe sobre la estrategia de comunicación. La secretaria de Elías me informó que él estaba en una reunión crucial con... sí, Sonia. Esperé en silencio, mi frustración hirviendo lentamente.

Cuando la puerta de la sala de juntas se abrió, Elías y Sonia salieron juntos. Ella vestía un traje de pantalón gris carbón que parecía tallado en eficiencia. Sus cabezas estaban inclinadas, inmersas en un intercambio rápido y denso de jerga financiera. Elías reía, una risa genuina y desenfadada, el tipo de risa que yo extrañaba en los últimos meses, que parecía haberse agotado en nuestras conversaciones íntimas.

Me vieron. Elías se acercó, su expresión de negocios se suavizó de inmediato a la de un esposo. "Lilian, cariño. ¿Qué haces aquí?"

"Traje el informe de riesgo de reputación," respondí, intentando que mi voz no temblara. Me sentí tonta, una distracción trivial.

Sonia se acercó, su sonrisa era una línea fina y controlada, sus ojos no mostraban calidez. "Señora Vantros. Siento interrumpir, pero Elías y yo estamos en un momento crítico de la fusión. La eficiencia es clave. Por cierto, sobre su análisis, le dije a Elías que quizás podríamos dejar de lado las 'metáforas sobre la desesperación' en los comunicados de prensa. El mercado prefiere la claridad agresiva."

Sus palabras, pronunciadas con ese tono de "profesional compasiva", eran un golpe directo. Me estaba diciendo, sin decirlo, que mi sensibilidad —la cual Elías decía amar— era un lastre en su mundo. Que mi aporte, la parte que me hacía sentir valiosa más allá de mi apellido, era prescindible. Estaba desacreditando mi esencia ante mi propio marido.

Elías intercedió, visiblemente molesto por la actitud de Sonia. "El análisis de Lilian siempre es bienvenido, Sonia. Ella nos mantiene honestos." Pero el daño estaba hecho. Sonia no necesitaba competir por el afecto de Elías; competía por su respeto profesional. Y en ese momento, yo sentí que mi lado, el lado de la emoción y la humanidad, perdía contra la frialdad de los negocios que Sonia representaba.

Esa noche, Elías regresó pronto, con la noticia de mi fracaso ya asimilada. Me encontró en el vestidor, mirando mi reflejo. Yo me miraba a mí misma como un objeto defectuoso, un envoltorio hermoso, con un motor averiado.

"Recibí tu mensaje," dijo Elías, su voz grave y cargada. Me abrazó por detrás, besando mi hombro. "Lamento que haya fallado. Pero no vamos a parar."

"No puedo seguir con el ciclo de inyecciones aquí, Elías," susurré, sintiendo la presión. "El calendario nos está matando. Nuestra intimidad es un cronómetro. Me siento humillada. Y honestamente, me siento estúpida. En la Torre Vantros me siento como la mascota que se interpone en el camino de gente real como Sonia. Ella ve la eficiencia en todo. Y mi cuerpo, Elías, es la máxima ineficiencia."

Elías me tomó de la mano y me llevó al balcón, bajo la luz de la luna. "Te prohíbo que vuelvas a compararte con ella. En cuanto al tratamiento, ya he hablado con Schmidt. Ella tiene una propuesta, una alternativa que, de ser exitosa, elimina toda la presión temporal y emocional."

Elías explicó el plan con la calma de un estratega. La Dra. Schmidt había sugerido un programa de FIV (Fecundación In Vitro) intensivo en una clínica de élite en Suiza. Sería un proceso mucho más invasivo, que implicaría varias semanas de aislamiento y un compromiso físico y emocional total, con la garantía de usar todos los avances genéticos disponibles para asegurar la viabilidad.

"Sería duro, Lilian. Tendrías que ir sola por lo menos un mes; yo solo podría unirme los fines de semana. Pero si funciona, volvemos con un embarazo seguro. Es la ruta más eficiente y menos prolongada para ti. En Suiza, solo estarás tú, la clínica, y tu objetivo. Es la mejor forma de asegurar tu paz mental y la eficiencia del proceso."



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Editado: 22.12.2025

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