La clínica de fertilidad en Montreux, Suiza, era un santuario de la ciencia, un búnker de cristal y acero anclado en la ladera de una montaña, con vistas al Lago Lemán. Era el lugar más hermoso y frío en el que jamás había estado. Este exilio de un mes, supuestamente para mi paz mental y la eficiencia del proceso, se sentía como una condena.
Elías había cumplido su parte del trato logístico con la precisión de un relojero. La suite de la clínica, mi alojamiento temporal, era lujosa y discreta. Mi maleta de jeringas y medicamentos ocupaba el centro de la elegante habitación. Pero la belleza exterior era un contraste cruel con el infierno interno que vivía.
El protocolo de FIV era brutal. Mi cuerpo, que ya había fallado una vez, era sometido a una agresión química constante. Las enfermeras suizas, eficientes y distantes, me administraban las inyecciones de hormonas que me provocaban náuseas, migrañas y una montaña rusa emocional que ni siquiera mi entrenamiento como editora podía estructurar.
Me sentía constantemente hinchada, enferma y vulnerable. Mi mente, que Elías tanto valoraba, se había vuelto mi peor enemigo. El silencio se llenó de dudas. Elías me llamaba dos veces al día, con un horario inquebrantable, pero nuestras conversaciones eran superficiales, tensas. Él preguntaba por mi salud física; yo preguntaba por la integración de la adquisición.
"¿Cómo va la fusión, Elías? ¿La claridad agresiva de Sonia Reyes está funcionando?" Le pregunté un martes por la mañana.
Hubo un leve pero perceptible retraso en su respuesta. "Va bien, Lilian. Ella es indispensable en este momento. Pero yo estoy deseando que sea viernes. El jet ya está programado."
Su eficiencia me dolía más que su ausencia. Él planeaba verme como una tarea en su agenda, una obligación de fin de semana para mantener el matrimonio a flote. Yo, mientras tanto, estaba librando la guerra de mi vida.
La paranoia, alimentada por el cóctel hormonal y la soledad, se intensificó. Me pasaba horas mirando el Lago Lemán, preguntándome qué estaría haciendo él en ese momento en la Torre Vantros. ¿Estaría cenando de nuevo con Sonia? ¿Estaría compartiendo con ella esa risa genuina que había desaparecido de nuestras vidas?
La distancia, que Elías había planeado como una cura, se convirtió en una incubadora de mi inseguridad. Mi mente, siempre enfocada en la verdad, solo veía la posibilidad de la traición. La lógica de Elías para el exilio era impecable: eliminar las distracciones. Pero, ¿y si yo era la distracción que él quería eliminar?
La noche de mi pico de estimulación ovárica fue la peor. El dolor físico era agudo, mi mente estaba nublada por los medicamentos, y la soledad se sentía como una presión constante. Elías, ese día, canceló su llamada vespertina. Su secretaria me envió un correo formal: El Sr. Vantros se disculpa. Reunión de emergencia por un ataque hostil en el mercado. Llamará mañana.
Un ataque hostil. La palabra resonó. Yo estaba librando una guerra hostil contra mi propio cuerpo, y él estaba librando su guerra en la ciudad, con su ejecutiva estrella a su lado.
En ese momento de dolor y miedo, mi dignidad se quebró. Recordé las palabras de Elías: "El poder no sirve de nada si no se usa para aliviar la desesperación de quienes te rodean." Pues mi desesperación era ahora él. Yo tenía acceso a su fortuna, a su red. Y estaba a punto de usarla no para la caridad, sino para la autodestrucción.
Me levanté, sintiendo que cada paso era un acto de traición. Me dirigí a la mesa y encendí mi tableta encriptada. No iba a usar el nombre de Elías. Iba a usar mi propia red: la red de la información discreta.
Busqué el contacto de Julián Romero. Julián era un antiguo colega de mi editorial, un periodista de investigación de esos que hacían temblar a los políticos. Él me debía un favor inmenso de un escándalo que ayudamos a cubrir. Yo sabía que Julián ahora trabajaba de forma independiente, en la oscuridad, para clientes de élite que requerían la verdad, sin importar el precio.
Le envié un correo encriptado con un título que él no podría ignorar: Consulta URGENTE. Viejos fantasmas. Confidencialidad 1000%.
La respuesta llegó en minutos: Mándame la coordenada. Solo texto.
Me temblaban las manos mientras escribía, articulando la cosa más vergonzosa que había hecho desde que firmé el contrato con Elías.
Necesito a la persona más discreta de tu red. Un fantasma. Que rastree la actividad de dos personas en Vanguardia por un período indefinido.
Objetivo 1: Elías Vantros (mi esposo).
Objetivo 2: Sonia Reyes (Ejecutiva de Vantros Corp).
Quiero saber su paradero después de las horas de oficina. Sus cenas. Sus reuniones 'privadas'. Necesito la verdad sin adornos, Julián. La verdad que la eficiencia de Elías esconde.
Pagaré lo que sea. Utiliza la cuenta de la Fundación Vantros para los gastos iniciales. Te enviaré un código de transferencia único para el fondo de riesgo.
Al dar "enviar", sentí un alivio perverso, seguido de una náusea profunda. Había traicionado mi fe en mi esposo, pero había comprado, por primera vez, el derecho a la verdad. Había usado el poder de Vantros para investigarlo.
La Llegada de Elías y el Velo de la Mentira
El viernes por la tarde, Elías llegó. Entró en la suite con el cansancio de alguien que no había dormido en días, pero con una alegría palpable al verme.