El circulo más allá

Como si nada hubiera pasado

A la mañana siguiente, el sol entraba tibio por las ventanas. Las paredes, que anoche parecían respirar oscuridad, ahora estaban bañadas en luz. Joss abrió los ojos lentamente. El reloj marcaba las 8:02 a.m. Nada de sueños. Nada de símbolos. Nada de ruidos en el pasillo.

Solo… calma. Se quedó un momento en la cama, mirando el techo. Su respiración era tranquila, pero su mente, no.

—¿Soñé todo eso? —susurró, sin estar convencida.

Bajó las piernas de la cama. El suelo estaba templado.

Desde la cocina, se escuchaban ruidos familiares: el sartenazo del huevo, la cafetera burbujeando, una voz tarareando algo suave. Su madre.

—Buenos días, dormilona —dijo ella con una sonrisa, sin voltear—. Te dejé pan tostado y café con leche.

Joss se quedó en la entrada de la cocina, mirando la escena como si no encajara ahí.

—¿Está todo… normal? —preguntó, medio en broma, medio en serio.

—¿Qué cosa? —preguntó su madre, riendo—. ¿Qué no estaría normal? ¿Tu pan?

Joss sonrió débilmente y se sentó, aunque su estómago no pedía comida, sino respuestas.

Miró a su alrededor. La misma cocina de siempre. Las plantas en las ventanas. El reloj de pared. El mismo olor a vainilla y pan tostado. Y sin embargo… “Estás empezando a recordar…”

La voz de la noche anterior le volvió como un susurro fantasmal.

Tomó su taza y observó su reflejo en el café. El símbolo no estaba. Nada giraba.

Todo parecía real.

—¿Fue una realidad alterna? —pensó, mientras daba un sorbo.

Pero entonces notó algo. Un leve brillo, justo en su muñeca. Un pequeño rastro circular, como una marca hecha con luz.

Estaba ahí.

Muy tenue.

Pero real.

Sin dar demasiadas vueltas, Joss llegó a su clase de física con un sabor amargo en la boca. Era la primera hora del día, y su cabeza todavía estaba pesada, como si no hubiera dormido en absoluto.

El profesor ya estaba allí.

Tenía un aire “simpático” difícil de definir: una sonrisa cansada, la barba crecida, el cabello desordenado. Su aspecto era descuidado, como alguien que llevaba meses sin dormir bien. El olor a cigarro impregnaba su ropa, denso, persistente, mezclándose con el aire del aula cerrada.

La clase comenzó.

La voz del profesor se volvió pronto un murmullo constante, monótono, parecido al ruido de una máquina que funciona sin alma ni propósito. Joss estaba sentada en su lugar de siempre, con el cuaderno abierto frente a ella.

La clase de física seguía su curso, monótona, como el murmullo constante de una máquina sin alma. La voz del profesor se deslizaba por el aula sin peso, rebotando entre fórmulas y diagramas que nadie parecía escuchar realmente. Joss estaba sentada en su lugar de siempre, con el cuaderno abierto… pero vacío.

Intentaba concentrarse. De verdad lo intentaba…………

Movimiento circular. Rotación. Energía angular.

Las palabras estaban escritas en la pizarra con tiza blanca, limpias, exactas. Pero no era eso lo que retenía su atención.

Era el reloj.

Colgado sobre la puerta del aula, viejo, amarillento, con un leve crujido interno que nadie más parecía notar. Un objeto común. Inofensivo.

La aguja de los segundos giraba. Joss frunció el ceño. Giraba demasiado rápido.

No avanzaba con su habitual ritmo mecánico. Se deslizaba, casi fluida, como si el tiempo hubiera decidido correr sin avisar. Joss parpadeó. Luego se frotó los ojos, incómoda.

Cuando volvió a mirar, lo vio.

Justo detrás de las manecillas.

Un círculo perfecto, superpuesto a la realidad como una sombra que no debería existir. Translúcido. Pulsante. Vivo.

El símbolo.

Otra vez.

El aire se volvió denso. El murmullo del aula se apagó, como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo. El corazón de Joss comenzó a latir con fuerza, cada golpe resonando en sus oídos.

—No… no… —susurró, casi sin mover los labios.

El círculo parecía expandirse y contraerse al ritmo de su respiración. Por un instante, tuvo la certeza absurda de que, si estiraba la mano, podría tocarlo.

Y entonces—

¡RIIING!

El timbre estalló en el aula como un disparo.

Joss dio un pequeño sobresalto. El símbolo se desvaneció de golpe, como si nunca hubiera estado allí. El ruido volvió de golpe: sillas arrastrándose, risas, mochilas cerrándose.

Miró el reloj.

1:11 p.m.

Una secuencia perfecta.

Demasiado perfecta.

Joss se quedó inmóvil en su asiento mientras el aula se vaciaba a su alrededor. Los estudiantes pasaban a su lado sin verla, hablando de tareas, de hambre, de cosas simples. Cosas normales.

Pero para ella, algo se había quebrado.

Estás despertando.

La voz surgió suave, clara, desde algún rincón de su mente. No sonó amenazante. Sonó… inevitable.

Joss se llevó una mano a la muñeca, donde la marca ardía levemente bajo la piel.

—¿Quién eres? —murmuró.

—Alguien que no debería estar aquí —respondió una voz real.

Joss giró la cabeza.

El chico estaba parado en la puerta del aula.

No llevaba prisa. No llevaba sonrisa. La observaba con una calma inquietante, como si ese momento hubiera estado esperándolo desde siempre.

—Tú también lo ves, ¿verdad? —dijo.

Joss tragó saliva. Su garganta estaba seca. El corazón le golpeaba el pecho con una fuerza casi dolorosa.

No confió en su voz.

Solo asintió.

Y en ese instante, supo que ya no había vuelta atrás.



#1260 en Fantasía
#232 en Magia

En el texto hay: fantasia, ficción misterio

Editado: 08.03.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.