El circulo más allá

No todos despiertan igual

El aula terminó de vaciarse, pero el eco tardó más en irse.

Joss seguía de pie junto a su asiento, con la mano cerrada alrededor de la muñeca marcada. El ardor ya no era constante: venía en pulsos, como si algo midiera el tiempo desde dentro.

El chico permanecía en la puerta, no parecía apurado. No parecía sorprendido de estar ahí, eso fue lo primero que la inquietó de verdad.

—Tú también lo ves, ¿verdad? —había dicho.

Joss tragó saliva antes de responder.

—No sé qué es “eso”.

Él ladeó apenas la cabeza, como si esa respuesta le resultara familiar.

—Siempre dicen lo mismo.

Caminó hacia el interior del aula. Cada paso era tranquilo, calculado. Las luces del techo parpadearon apenas cuando cruzó el umbral, como si el espacio se resistiera a aceptarlo.

—¿Quién eres? —preguntó Joss.

—Depende —respondió—. ¿En qué versión del día estamos?

El corazón de Joss se aceleró.

—No es gracioso.

—No estaba intentando serlo.

Se apoyó en uno de los pupitres, observándola con una atención incómoda. No había amenaza en su postura, pero tampoco cercanía. Era como si mantuviera una distancia que no era física.

—El símbolo apareció en el reloj —dijo Joss—. Otra vez.

Él asintió.

—Siempre empieza así.

—¿Siempre?

—En los lugares donde el tiempo se cree seguro.

Joss frunció el ceño.

—Eso no tiene sentido.

—Todavía.

Hubo un silencio.

No vacío. Expectante.

—¿Por qué yo? —preguntó ella al fin.

El chico no respondió de inmediato. Su mirada se desplazó hacia la ventana, donde la luz del mediodía parecía demasiado blanca, casi irreal.

—Porque tú no estás del todo aquí —dijo—. Y nunca lo estuviste.

La frase le cayó como un golpe seco.

—Claro que estoy aquí.

—Sí —admitió—. Pero no solo.

La marca en su muñeca ardió con más fuerza. Joss ahogó un jadeo y dio un paso atrás.

—¿Qué me hiciste?

—Nada —dijo él enseguida—. Esto no empezó conmigo.

Se enderezó.

—El problema es que tu mente insiste en elegir una sola versión de las cosas… y tu cuerpo ya no puede sostener esa mentira.

Joss negó con la cabeza.

—Yo no pedí ver nada de esto.

—Nadie lo hace —respondió—. Pero cuando empiezas a notar las grietas, ya no puedes fingir que no están.

Se acercó un poco más. No demasiado.

—Hay lugares donde las realidades se rozan. Pasillos. Relojes. Momentos exactos.

—¿Como 5:55? —dijo ella sin pensar.

Él la miró fijo.

—Exactamente como 5:55.

Un escalofrío le recorrió la espalda.

—¿Qué pasa a esa hora?

—Depende de cuánto recuerdes.

El timbre sonó a lo lejos. El ruido del pasillo volvió de golpe, como si alguien hubiera encendido el mundo otra vez. Voces. Pasos. Risas.

Cuando Joss parpadeó, el aula ya no estaba vacía.

El chico retrocedió un paso.

—Aún no es seguro hablar aquí.

—¿Seguro de qué?

—De ti —respondió.

Antes de que pudiera decir algo más, él ya se alejaba por el pasillo, mezclándose con los estudiantes como si siempre hubiera sido uno más.

Joss quedó inmóvil.

La marca en su muñeca seguía ardiendo.

El reloj del aula marcaba 1:11.

Demasiado exacto.

Demasiado perfecto.

Y por primera vez, no tuvo miedo de la idea que se formó en su mente.

No estaba perdiendo la razón.

Estaba empezando a elegir.



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En el texto hay: fantasia, ficción misterio

Editado: 20.03.2026

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