Finalmente terminaron las clases.
El timbre sonó y, al fin, podía irme a casa.
Estaba tan cansada.
Tan drenada.
Fue un día bastante largo… pero no físicamente. Era algo por dentro. Como si el día me hubiera vaciado por completo, como si alguien hubiese abierto una pequeña grieta en mí y hubiera dejado que todo se escapara.
La conversación con el chico se repetía en mi cabeza una y otra vez.
No estás del todo aquí.
Hay grietas.
Depende de cuánto recuerdes.
Dios… ¿qué significa eso?
Cada frase retumbaba en mi mente sin descanso.
Solo quería llegar a casa, abrir mi laptop, buscar respuestas. Necesitaba lógica. Algo concreto. Una explicación que no involucrara símbolos flotando, reflejos que hablan, vidas pasadas o cualquier cosa absurda.
Pero entonces… ¿qué era?
Mientras caminaba hacia la salida del colegio, con la mochila colgando de un hombro y el peso del día aplastándome el pecho, sentí esa sensación otra vez.
Como si alguien me mirara fijamente.
Levanté la vista.
Ahí estaba.
El chico.
De pie detrás de un árbol, medio cubierto por la sombra de las hojas. Cabello oscuro. Piel pálida, casi del mismo tono que la mía. Ojos demasiado abiertos, demasiado atentos. Delgado. Alto.
No era el tipo de persona que yo diría “es guapo”.
Pero había algo en él que descolocaba. Algo que no encajaba.
No parecía escondido.
No parecía casual.
Solo… estaba.
Mi primer instinto fue ignorarlo y seguir caminando.
El segundo fue mirarlo mejor.
El tercero —el peor— fue la curiosidad.
Y claro… me acerqué.
—¿Me estás siguiendo? —pregunté, intentando sonar firme.
—No.
—Entonces, ¿qué haces aquí?
—Esperándote.
Eso me tomó por sorpresa.
—¿Por qué?
Se separó del árbol con calma y dio un paso hacia mí.
—Porque si vas a buscar respuestas en internet, vas a encontrar cosas que no entiendes… y personas que sí entienden que tú estás buscando.
El aire pareció hacerse más pesado.
—¿Cómo sabes que iba a buscar algo? ¿Me estás espiando?
Su mirada bajó hacia mi muñeca. La marca ardió levemente, como si reaccionara a su atención.
—Todos hacemos lo mismo al principio —dijo—. Queremos una explicación que no nos cambie la vida.
Me quedé en silencio.
Tenía razón.
Yo no quería la verdad.
Quería tranquilidad. Paz. Que los sueños desaparecieran.
—¿Y tú sí sabes qué está pasando? —pregunté con voz dudosa.
Su expresión no fue de seguridad. Fue algo más complicado.
—Sé lo suficiente para decirte que esto no empezó hoy. Empezó mucho antes.
Solté una pequeña risa sarcástica.
—¿Qué quieres decir? ¿Que tengo una vida pasada o algo así?
Su mirada no cambió.
—La primera vez que elegiste.
Fruncí el ceño.
—¿Elegí qué? No entiendo nada de lo que estás diciendo.
Y creo que eso fue lo que más miedo me dio.
Porque, en el fondo…
una parte de mí sintió que sí entendía.