El circulo más allá

La grieta

Llegar a casa fue casi automático. No recuerdo muy bien el camino. Mis pies simplemente se movían mientras mi cabeza seguía atrapada en la conversación con ese chico. Todo era demasiado extraño. Demasiado confuso.

Lo único que quería era entrar a mi habitación, cerrar la puerta, acostarme un rato y dejar de pensar. Tal vez dormir un poco ayudaría a que todo volviera a sentirse normal.

Aunque en el fondo sabía que no lo haría.

Dejé mi mochila sobre la silla y me senté en la cama. La casa estaba en silencio, ese tipo de silencio que normalmente me resultaba cómodo… pero ese día se sentía diferente.

Pesado…….

Mi mente no paraba de repetir las mismas preguntas.

¿Quién era ese chico?
¿Cómo sabía tanto?
¿A qué se refería con la primera vez que elegiste?

Y la peor de todas…

¿Por qué parecía conocerme?

Suspiré y me dejé caer hacia atrás sobre la cama, mirando el techo.

—Esto no tiene sentido… —murmuré.

Entonces lo sentí.

Primero fue un frío extraño en las manos.

Pensé que era cansancio.

Pero el frío comenzó a subir lentamente por mis brazos, como si algo se deslizara bajo mi piel.

Fruncí el ceño y me incorporé un poco.

—¿Qué…?

El frío siguió avanzando hasta envolverme por completo. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo.

Fue entonces cuando miré mi brazo.

Ahí estaba.

La marca.

Ese círculo que había visto antes.

Pero esta vez no estaba quieto.

Parecía… brillar débilmente bajo mi piel.

De pronto sentí un ardor punzante. No lo suficiente para gritar, pero sí lo bastante fuerte para hacerme apretar los dientes.

—Dios… ¿qué es esto…?

El dolor aumentó por unos segundos.

Luego todo empezó a girar.

La habitación se volvió borrosa. Las paredes parecían estirarse y el aire se volvió pesado.

Intenté levantarme.

No pude.

Lo último que recuerdo fue el suelo acercándose rápidamente a mi rostro.

Y después…

nada.

Oscuridad.

Silencio.

Hasta que escuché el sonido de una taza chocando contra un plato.

Abrí los ojos lentamente.

El aroma a café llenaba el aire.

Parpadeé varias veces, confundida.

No estaba en mi habitación.

Estaba sentada en una cafetería.

Tenía la cara pálida. Más blanca que un papel.

Sentía la piel fría y los dedos entumecidos. Mis manos descansaban sobre la mesa, pero tardé unos segundos en darme cuenta de que realmente eran mías.

Mis ojos debían verse extraños también.

Huecos.

Como si acabara de ver algo que no debía existir.

O como si hubiera visto un fantasma.

Respiré hondo, tratando de entender qué estaba pasando.

El murmullo de la cafetería llenaba el aire: cucharillas chocando contra las tazas, el sonido de una máquina de café trabajando, personas hablando en voz baja.

Todo parecía… normal.

Pero yo sabía que algo no lo era.

De repente escuché una voz.

Lejos.

Como si atravesara agua o una pared muy gruesa.

—¿Estás bien?

Parpadeé varias veces.

Esa voz…

Era extrañamente familiar.

Mi corazón comenzó a latir más rápido.

—Oye… mírame.

La voz se acercaba poco a poco, como si estuviera regresando desde un lugar muy lejano.

Sentí un ligero temblor en mis manos.

—Respira —dijo la voz con calma—. Solo respira.

Entonces levanté la mirada.

Y lo vi.

Era él.

El mismo chico del colegio.

Sentado frente a mí.

Observándome con una mezcla de preocupación y algo más difícil de explicar.

Algo como alivio.

—Sabía que iba a pasar —murmuró.

Fruncí el ceño, aún aturdida.

—¿Qué… qué pasó? —logré decir con voz débil.

Él no respondió de inmediato.

En cambio, sus ojos bajaron lentamente hacia mi brazo.

Seguí su mirada.

La marca.

El círculo.

Ahora estaba mucho más oscuro.

Como si algo dentro de él hubiera despertado.

Sentí un nudo en el estómago.

Levanté la mirada otra vez.

—¿Qué me hiciste?

El chico negó suavemente con la cabeza.

—Yo no hice nada.

Hizo una pausa antes de añadir:

—Tú abriste la grieta.

—¿Abrí qué…?

Mi voz salió más temblorosa de lo que quería.

Lo miré fijamente, esperando que todo fuera una broma, una explicación lógica, cualquier cosa que tuviera sentido.

Pero su expresión no cambió.

Sentí un nudo formarse en mi estómago.

—La verdad… estoy muy preocupada con todo esto —dije, pasando una mano por mi frente—. Me siento tan perdida. Todo es demasiado raro.

Tragué saliva antes de soltar la pregunta que me rondaba la cabeza.

—¿Esto es algún tipo de… magia negra tuya?

Por un segundo se quedó en silencio.

Luego soltó una risa corta.

—¿Magia negra? —repitió, divertido—. Claro que no.

Negó con la cabeza mientras apoyaba los codos sobre la mesa.

—Eres tú la que aún no entiende.

Fruncí el ceño.

—¿Entender qué?

Sus ojos se fijaron en los míos con una intensidad que me hizo sentir incómoda.

—Que tú eres la clave.

Sentí que el aire se volvía más pesado.

—¿La clave de qué?

Él habló más bajo esta vez.

—De los mundos.

Mi corazón dio un salto.

—¿Qué…?

—Conexión pura —continuó—. Eso es lo que eres.

Lo miré sin comprender nada.

Cada palabra suya parecía abrir más preguntas en mi cabeza.

—Esto es una locura… —murmuré.

El chico miró alrededor de la cafetería, como si verificara algo.

—Aquí no podemos hablar bien.

—¿Por qué?

No respondió directamente.

En lugar de eso, tomó una servilleta de la mesa y sacó un bolígrafo del bolsillo de su chaqueta.

Escribió algo rápido.

Luego deslizó la servilleta hacia mí.

La tomé.

Era una dirección.

Y una hora.

8:00 PM.

Levanté la mirada.



#1570 en Fantasía
#288 en Magia

En el texto hay: fantasia, ficción misterio

Editado: 20.03.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.