El circulo más allá

La llave de los mundos

Joss estaba frente a su puerta, el papel en la mano temblándole un poco. Dudaba, pensando si debía ir o quedarse. Pero la curiosidad pudo más. No pudo evitarlo: tomó un abrigo, se calzó las botas y salió a la calle.

El mundo estaba extraño esa noche. La calle estaba solitaria; no había tantas personas como esperaba para un viernes por la noche. Mientras caminaba, sentía que alguien la seguía, pero trató de no preocuparse demasiado. La sensación se intensificó hasta que se detuvo en seco.

Una sombra se reflejaba en el pavimento, iluminada por un faro de luz de la calle.

—No me digas que ahora me sigues… eso sería lo peor —susurró.

Pero la voz que escuchó no le era conocida. Era ronca, seca, distante:

—Eres tú… ¿verdad?

Volteó, pero no había nadie. El corazón le dio un vuelco. Fantasma…? No puede ser… pensó.

Después del susto, siguió adelante. Por fin llegó al destino: un bar-librería oscuro, escondido en un callejón. No estaba muy lleno. Buscó con la mirada y lo vio: él estaba en una mesa, sentado en un sillón rojo, a poca luz.

—Hasta que llegaste, Joss… —dijo él, con una sonrisa tranquila.

—Ah… sí, tuve un imprevisto en el camino —respondió ella, ansiosa—.

—Bueno, cuéntame qué pasa —dijo él, serio.

—Ok… antes de empezar, mi nombre es Raúl. Y… la verdad es que soy un viajero del tiempo. Sé que suena imposible, pero los viajes en el tiempo te hacen perder recuerdos de lo que ocurrió antes…

—¡Espera un segundo! —interrumpió Joss—. ¿Viajero del tiempo? Eso no existe. No se puede viajar al pasado ni al futuro, eso es incierto…

—Bueno, Joss, sí se puede. Y ese círculo en tu brazo… —dijo él señalando su piel— es lo que buscan. Es la llave de los mundos.

—¿La llave? ¿Quién la busca? —preguntó ella, inquieta.

—No tenemos tiempo, Joss —dijo él, alzando la mirada—.

De repente, una mujer alta apareció acercándose. Tenía el cabello corto y negro, tez blanca, y vestía completamente de negro con un estilo extraño, casi intimidante.

—No… ahora no podemos estar aquí, Joss —dijo Raúl.

—¿Cómo que no? ¡Me hiciste venir hasta este lugar raro para decirme que no! —exclamó ella, incrédula.

Antes de que pudiera reaccionar, su brazo comenzó a arder. Un calor abrumador la recorrió y, antes de que pudiera gritar, él la tomó de la mano. En un instante, la consciencia la abandonó…



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En el texto hay: fantasia, ficción misterio

Editado: 20.03.2026

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