Oscuridad. Sentí mi cuerpo caer, como si el suelo desapareciera bajo mis pies. La última imagen que quedó grabada en mi mente fue la sonrisa de Zyrax. Luego… nada. Todo era oscuridad.
De repente, un sonido comenzó a surgir lentamente. Primero una voz lejana. Luego el ruido de papeles moviéndose, el arrastre de una silla.
—Joss… mira esto.
Decía una voz distorsionada, lejana.
Fruncí el ceño. Esa voz… hasta que la reconocí.
Era Zero.
Mis ojos se abrieron de golpe. Estaba de pie en la misma habitación desordenada de hace unos días. Pero algo no estaba bien. Todo se estaba repitiendo. Papeles por todas partes, recortes de periódicos pegados en las paredes, fotografías de personas desaparecidas. El reloj marcaba 10:33 p.m.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
Zero estaba frente a mí revisando unos documentos sobre la mesa.
—Mira esto —dijo señalando varios artículos—. Todas estas personas desaparecieron en horas espejo.
Mi respiración se volvió irregular. No podía ser. Esto ya había pasado. Era la misma conversación, el mismo momento, el mismo día.
Zero levantó la mirada.
—¿Qué te ocurre?
Lo miré fijamente.
—Tengo que decirte algo.
Se quedó observándome, confundido.
—Yo… ya viví esto.
Hizo una pausa.
—¿Qué?
—Ya había visto esta habitación… ya te había visto a ti… ya había visto todos esos números.
Señalé los papeles sobre la mesa.
—Las horas espejo… las desapariciones… todo esto.
Zero guardó silencio por un momento. Era una situación difícil de explicar incluso para mí.
—Tú me dijiste que estaba corriendo peligro —continué—. Que los Guardianes estaban detrás de mí.
Zero frunció el ceño.
—Joss…
—Y también dijiste que los portales se abren en momentos específicos del tiempo.
Se quedó inmóvil.
—Es como si… hubiera portales abriéndose en ciertos momentos exactos —murmuró.
Sentí un escalofrío recorrer mi espalda, porque sabía lo que venía después.
—En menos de treinta minutos —dije en voz baja— va a aparecer Zyrax.
Zero levantó la mirada de golpe.
—¿Quién?
—Una de los Guardianes.
Mi voz salió tensa.
—Tenemos que irnos ahora.
—Joss…
—¡Ahora!
Zero dudó un segundo, pero finalmente asintió.
—Está bien… voy contigo.
Salimos rápidamente de la casa y corrimos hacia el callejón oscuro que daba a la parte trasera del edificio. Mi corazón golpeaba con fuerza contra mi pecho.
Mientras corríamos, Zero me tomó del brazo.
—Hay algo que aún no te he explicado.
—No tenemos tiempo —respondí sin detenerme.
—Necesitas escuchar esto.
El ambiente se volvió pesado. El símbolo de mi brazo comenzó a arder otra vez. La misma sensación. La misma señal. El mismo momento.
Me detuve.
—¿Qué pasa? —preguntó Zero.
Miré hacia el pasillo que conectaba con la salida del callejón. Todo estaba en silencio. Demasiado silencio.
Entonces Zero me miró con una seriedad que no le había visto antes.
—Joss… tengo algo que decirte.
—Zero, no tenemos tiempo —respondí mirando hacia el callejón.
El silencio de la noche se sentía pesado, como si algo estuviera a punto de romperlo.
—Precisamente por eso tienes que escucharme ahora —dijo. Su voz temblaba ligeramente.
El símbolo de mi brazo ardía cada vez más fuerte.
—¿Qué pasa con este símbolo? —pregunté desesperada.
Zero respiró profundo.
—Ese símbolo… no es solo una marca.
Sentí un nudo en el estómago.
—Entonces ¿qué es?
Zero me miró directo a los ojos.
—Es la llave.
—¿La llave de qué?
—De los mundos.
Mi mente quedó en blanco por un segundo.
—No entiendo.
Zero continuó hablando mientras caminábamos rápido por el callejón.
—Existen múltiples mundos, Joss. Diferentes realidades conectadas entre sí por portales, agujeros de gusano, puntos de ruptura en el espacio y el tiempo. Pero esos portales no pueden abrirse por sí solos.
Mi respiración se volvió más rápida.
—Necesitan una llave.
Señaló mi brazo.
—Tú.
Me detuve de golpe.
—No.
—Sí.
—Eso es imposible.
Zero negó con la cabeza.
—Durante años he investigado a las personas que tenían ese símbolo.
Sentí que el suelo se movía bajo mis pies.
—Todos desaparecieron.
—¿Qué?
—Porque los Guardianes los encontraron primero.
El símbolo volvió a arder, más fuerte.
—Pero tú… —continuó— eres diferente.
—¿Diferente cómo?
Zero bajó la voz.
—Porque tú eres la única que puede abrir todos los portales.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
—La única llave de los mundos.
Un ruido metálico resonó a lo lejos. Mi cuerpo se tensó.
—Zero… —susurré.
Pero él siguió hablando.
—Hay algo más que necesitas saber.
—¿Qué?
Su mirada se volvió aún más seria.
—Zyrax.
Sentí un escalofrío recorrer mi espalda.
—¿Qué pasa con ella?
Zero dudó un segundo.
—Tu símbolo… y ella… están conectados.
—¿Conectados?
—Sí.
—¿Cómo?
Zero tragó saliva.
—Es una conexión que ni siquiera los Guardianes han podido romper.
Mi mente comenzó a girar.
—¿Qué quieres decir?
Zero me miró con una mezcla de preocupación y miedo.
—Que de alguna manera… Zyrax y tú están ligadas por el mismo origen.
Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.
—Eso no puede ser.
El símbolo de mi brazo comenzó a brillar.
De repente, una voz femenina resonó en el callejón.
Fría.
Ronca.
Y demasiado familiar.
—Oh… pero claro que puede ser.
Mi corazón se detuvo.
Conocía esa voz.
Zero se giró lentamente. Yo también.
Y allí, al final del callejón, entre las sombras, estaba Zyrax.
Observándonos.
Con esa misma sonrisa inquietante.