El circulo más allá

Raul

Verme a mí misma en ese universo paralelo era imposible de asimilar. Una parte de mí comenzaba a entender, a encajar piezas sueltas que hasta hace poco no tenían sentido. Pero, al mismo tiempo, sentía que me alejaba cada vez más de quien realmente era.

Zero me miraba como si yo tuviera todas las respuestas, como si todo esto girará alrededor de mí. Pero la verdad era otra. No entendía nada. No sabía qué estaba pasando ni qué había provocado aquella situación.

El aire a nuestro alrededor se volvió más denso, más inestable, como si el espacio estuviera perdiendo su forma. Y entonces ocurrió.

La otra Joss —la de ese mundo— dio un paso al frente y se acercó al círculo. Era el mismo círculo que yo había visto por primera vez, el mismo instante donde todo había comenzado. Mi respiración se detuvo.

—No… —susurré, casi sin voz.

Pero ya era tarde.

Sus dedos rozaron la luz.

El símbolo reaccionó de inmediato.

Estalló.

Una luz intensa lo cubrió todo, brillante, abrumadora, incontrolable. El pasillo desapareció. Las paredes, la casa… el mundo entero se deshizo ante nosotros hasta convertirse en un blanco absoluto.

No había suelo.

No había arriba ni abajo.

Solo vacío.

Un vacío infinito, silencioso, eterno.

Cuando pude volver a percibir algo, comprendí que ya no estábamos allí. Solo quedábamos Zero y yo, suspendidos en esa nada, sin peso, sin tiempo, sin dirección.

—¿Dónde estamos…? —susurró él.

Pero su voz no sonó normal. Se fragmentó, se repitió, como un eco atrapado en un espacio sin límites.

Intenté responder, pero incluso mis propias palabras se deshacían antes de tomar forma.

Fue entonces cuando lo escuché.

Ecos.

Lejanos. Distorsionados.

Voces superpuestas que parecían venir de todas partes y de ninguna al mismo tiempo.

Y entre ellas…

una voz familiar.

Mi voz.

—Estás empezando a recordar…

Cerré los ojos por un instante.

Y lo sentí.

No era solo un lugar.

Era algo más.

Algo mucho más grande.

No habíamos viajado a ningún otro sitio.

Habíamos salido de todos.

El vacío vibró.

Al principio fue apenas una ondulación sutil, casi imperceptible, como si algo respirara dentro de la nada. Luego, frente a nosotros, apareció un círculo: un destello de luz suspendido en medio de ese infinito sin forma. Giraba lentamente, con una cadencia hipnótica, pero a cada segundo aumentaba su velocidad, deformándose en patrones imposibles, como si no obedeciera a ninguna ley conocida.

La energía que emanaba era inconfundible.

Era el símbolo.

Antes de que pudiera reaccionar, el círculo se expandió con violencia. La luz nos envolvió por completo, atravesandonos, arrastrándonos sin resistencia. Todo volvió a plegarse sobre sí mismo en un silencio absoluto, y durante un instante no existió ni arriba ni abajo, ni tiempo, ni cuerpo.

Y entonces… caí.

El sonido regresó primero, como si alguien hubiera encendido el mundo de golpe. Un murmullo constante llenó el aire: voces superpuestas, sillas arrastrándose, el roce seco de la tiza contra la pizarra. Abrí los ojos con dificultad, como si estuviera despertando de algo más profundo que un sueño.

El aula.

Mi aula.

El instituto.

Todo estaba exactamente como lo recordaba.

Yo estaba sentada en mi lugar de siempre, con el cuaderno abierto frente a mí… pero vacío. Mis manos descansaban sobre la mesa, inmóviles, mientras intentaba concentrarme. De verdad lo intentaba. Las palabras en la pizarra eran claras, exactas: movimiento circular, rotación, energía angular. Conceptos simples, conocidos. Sin embargo, no lograban anclarse en mi mente.

Porque no era eso lo que me retenía.

Era el reloj.

Colgado sobre la puerta del aula, viejo, ligeramente amarillento, con ese crujido interno casi imperceptible que nadie más parecía notar. Un objeto común, cotidiano, inofensivo… al menos en apariencia.

Pero algo en él estaba mal.

Mi respiración se volvió más lenta, más pesada, como si el aire se hubiera vuelto denso de repente. Sentí un nudo formarse en mi pecho, una certeza que crecía sin permiso.

Yo ya había estado allí.

No era una sensación vaga.

Lo sabía.

Cada segundo.

Cada detalle.

Cada pensamiento.

Un escalofrío recorrió mi espalda mientras mis dedos se tensaban sobre el cuaderno vacío. No necesitaba mirar alrededor para confirmarlo. No necesitaba escuchar más.

Reconocía ese día.

El inicio.

El momento exacto en que todo comenzó a romperse.

Y entonces lo entendí.

Ese fue el día en que lo conocí.

A Raúl.

Era todo tan extraño… pero poco a poco comenzaba a entender, siempre estuve allí.

No en el mismo lugar… no en la misma línea… pero sí en otra realidad, en otro punto del mismo instante que se repetía y se doblaba sobre sí mismo. Como si mi existencia no fuera una sola, sino fragmentos coexistiendo sin saberlo.

Y ahora… estaba viendo uno de esos fragmentos, A él.

Mi corazón se aceleró sin pedirme permiso. Había algo en verlo de nuevo que me descolocaba por completo. No era solo reconocimiento… era urgencia. Necesidad. Como si encontrarlo fuera sostenerme de algo real en medio de todo ese caos.

No lo pensé.

Me levanté

Mis pasos fueron rápidos, casi torpes, atravesando el aula mientras el murmullo de los demás se volvía lejano, irrelevante. Todo desapareció excepto él.

—Raúl… espera.

Mi voz salió más firme de lo que esperaba.

Se detuvo.

Por un instante, el tiempo pareció tensarse entre nosotros.

—Soy yo… soy Joss.

Las palabras se me escaparon con una mezcla de ansiedad e incredulidad. Necesitaba que lo supiera. Necesitaba que me reconociera.

—¿Dónde has estado…?

La inquietud en mi voz era imposible de ocultar. Había demasiadas preguntas acumuladas, demasiado tiempo sintiendo que todo se desmoronaba sin respuestas.



#695 en Fantasía
#131 en Magia

En el texto hay: fantasia, ficción misterio

Editado: 17.04.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.