El Clan de las Diez Espadas

Capítulo 2 | La sangre siempre encuentra su camino

El sonido metálico de las campanas de la iglesia se expandía por toda la casa, acompañado del aullido del viento que anunciaba una tormenta. Las nubes oscuras se arremolinaban como si la misma naturaleza conspirara contra la tranquilidad de este lugar. Me encuentro en el jardín trasero de la casa, el sol apenas se filtraba entre las hojas densas de los árboles, creando un juego de sombras que danzaban sobre el suelo cubierto de pasto, un olor dulce y fresco acompaña la brisa que se siente en el lugar.

Cada rincón del jardín parecía etéreo, de eso se había encargado mi madre, se podía ver macetas con plantas y flores, es como una especie de corona floral que cubre todo el lugar haciendo el escenario perfecto. Estos días habían sido aburridos, monótonos incluso. Mi rutina consistía en levantarme temprano, ir a trabajar y regresar a la casa. Aunque tenía amigos, nunca lograba sacudirme la sensación de estar sola. No sabía por qué, pero esa soledad parecía más profunda con cada día que pasaba.

La única excepción era mi hermana Elena, es la única compañía que podría decir que disfruto, con ella me permito dejar de pensar en preocupaciones terrenales y logro desconectar con el mundo. Su risa ligera y su manera de ver la vida lograban que todo se sintiera más simple. Ahora, ella estaba dentro de la casa, probablemente terminando de leer uno de sus libros.

Mi madre, sin embargo, era un enigma. Siempre había sido una mujer alegre, con una mezcla de ternura y fortaleza que admiraba. Pero en los últimos días había cambiado. Su sonrisa era más apagada, su mirada más esquiva. Las flores marchitas del jardín parecían reflejar su estado de ánimo. Antes solía cuidar de este jardín como si fuera un hijo más, ahora en una esquina puedo observar un seto de rosas marchitas que se enreda sobre sí mismo, como si hubiera olvidado su propósito. Debía admitir que a veces era algo extraña. Lo podía notar en la manera sobreprotectora de cuidarnos cuando Elena y yo éramos más pequeñas. De niñas, nos preguntábamos por qué no podíamos ir a la escuela como otros niños. Isabel, mi madre, decía que aprendíamos más en casa, que no necesitábamos más. Cuando salíamos de casa, siempre revisaba obsesivamente el entorno y así con las ventanas y cerraduras de la casa como si el peligro acechara detrás de cada esquina. Pero es algo que con el pasar del tiempo te acostumbras.

Lo que siempre me desconcertó era su obsesión con el 21 de agosto. Cada año, este día parecía tener un peso especial para ella. Durante la mañana, pasaba horas en el jardín, cuidando sus orquídeas con una devoción casi sagrada. Al caer la tarde, cortaba un ramo de orquídeas y las colocaba sobre una roca. Con cuidado y precisión, recitaba un texto que ni Elena ni yo entendíamos, y luego quemaba las flores bajo la luz de la luna. Las cenizas eran esparcidas al viento mientras mi madre murmuraba palabras que se perdían en la brisa.

Nunca entendimos el origen de esa tradición. Cada vez que preguntábamos, Isabel esquivaba nuestras dudas con una sonrisa triste, asegurando que "algún día lo entenderíamos." Ese día nunca llegaba. Pero este año se sentía diferente. Había algo en el aire, algo que hacía que mi piel se erizara.

La razón es lo que descubrí en el sótano.

─ Clara, ¿dónde estás? ─ escuché una voz conocida a lo lejos

─ Aquí afuera ─dije para luego hacer espacio en el asiento y dejar que Elena se siente a mi lado.

─ No sabía que habías llegado a casa. ─

─ Le prometí a mamá que vendría temprano ─ mencioné, la verdad es que si necesitaba un poco de tiempo libre para venir y charlar con mi hermana. ─ Necesitamos hablar sobre algo que he estado pensando mucho desde anoche, y hay algo que tienes que saber ─ trato de esconder lo temblorosa de mi voz.

─ Me estas poniendo nerviosa, habla ya por favor ─ expresó Elena

─ Ayer encontré algo extraño en el sótano. ─

─ ¿Qué tan extraño?, no me sorprendería encontrar algo raro en ese lugar ─ mencionó Elene acompañado de una cara llena de sarcasmo. ─ Ya enserio, ese lugar me da escalofríos ─.

─ Lo mismo pienso ─

─ ¿Lo dices enserio?, la tienda en la que trabajas es literal como si estuvieras en el sótano de nuestra casa, está lleno de antigüedades raras y feas ─ dijo Elena para luego dar un sorbo a la taza de café que llevaba en sus manos.

─ Esas cosas raras y feas son muy costosas, además tienen su historia y eso es lo que las hace especial, pero bueno volviendo a lo importante, ayer baje al sótano para buscar un libro de mi mamá ─ ver a Elena a los ojos me resultaba difícil en este momento, podía sentir de nuevo la culpa pero no podía estar tranquila, tengo que contarle a Elena. ─ Cuando lo tomé, traté de abrirlo, y una extraña carta cayó desde el libro. ─

Luego el silencio dominó el lugar, la sorpresa y el enojo invadían el rostro de Elena pero no decía una sola palabra.

─ Por eso quería hablar contigo ─ dije tratando de ocultar el nerviosismo, acabo de contarle a Elena como traicione una promesa familiar. ─ Se que lo que hice no estuvo bien pero merecemos saber ─.

─ No sé qué decir, Clara, sabes que es muy importante para mamá ─ pude notar la voz apagada de Elena.

─ Lo sé, y lo lamento en serio, pero mamá nos oculta cosas y me cansé de no recibir respuestas ─

─ No le diré a mamá, si eso es lo que piensas pero prométeme que no volverás a tocar ese libro, jamás ─ pude observar lo determinado de su mirar, las cejas rectas fruncían su ceño, aquellos ojos azules que irradiaban alegría, en este momento, mostraban lo serio del asunto. ─ Lo digo enserio Clara, sé que desde hace mucho tiempo te haces preguntas, y yo también lo hago, pero comprendí que mamá tiene razón, a veces hay secretos que no deben conocerse y yo hace mucho me cansé de buscar respuestas. ─




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