El clan de los condenados

Capítulo 5

Un sentimiento de melancolía se adueñó de mí en cuanto abrí los ojos a la mañana siguiente, confundida, convencida de que despertaría y estaría nuevamente en mi habitación, sucia y desordenada como siempre. Increíblemente, esto no fue así.

—Buenos días, Victoria —saludó cruzando la puerta—. Espero no haberte despertado.

—No, no te preocupes —traté de sonreír, no tenía idea de quién era esa mujer.

—Skylar me pidió que te despertara y que fueras a desayunar junto a las demás.

—Claro, por supuesto —contesté, haciendo notoria mi confusión. Esto la hizo reír—. Lo siento, no sabía que más personas vivían aquí.

—Perdóname, no me presenté apropiadamente —dijo casi al instante—. Mi nombre es Jean May, yo limpio el edificio. Mi sobrino, Oliver, también. Fuera de eso, no hay nadie más aquí.

—¿Qué hacen en un lugar como este? —Jean May sonrió.

—Es una larga historia.

—・Ꮙ・—

Ostentoso.
Fue lo que pensé al caminar por el octavo piso, viendo con asombro lo grande que era el espacio, con paredes hechas de vidrio que ofrecían una hermosa vista hacia afuera. Dividiendo la planta en dos, a mi derecha se podía observar una sala con sillones oscuros, alfombras que cubrían gran parte del piso y artículos que parecían de alto valor. A mi izquierda, una cocina con paredes color huevo, estantes llenos de comida y casi todo estaba hecho de madera.

—Buenos días. —Elena vestía un pijama de seda con su inicial bordada en él, cuyo color hacía juego con los dos pedazos de su fleco, que eran de un naranja intenso—. ¿Descansaste?

—Sí, gracias, no tengo forma de agradecerles la hospitalidad.

—No tienes por qué hacerlo, es lo menos que podemos hacer —comentó Vidarissa.
Tomé asiento y me serví un poco del jugo que estaba sobre la mesa.

—Adelante —Elena se reclinó sobre su asiento y siguió—. Puedes preguntar lo que quieras.
Miré de reojo a las demás y comencé a formular algunas de las preguntas que más habían estado repitiéndose en mi cabeza.

—Antes que nada, me gustaría saber quiénes son ustedes. ¿Por qué nos parecemos tanto?

—¿Parecernos? —Suhan soltó una carcajada, golpeando la mesa—. Somos exactamente iguales.

—Es cierto... Bueno, si no fuera por los extraños gustos en colores de cabello, lo seríamos. —Suhan le sacó el dedo del medio mientras volcaba un líquido en el café que le acababan de servir.

—Nosotras somos la misma persona.

—¿Todas son... yo? —pregunté al oír la voz de Skylar.

—No, técnicamente somos Vidarissa —afirmó Minakuri sentándose a mi lado. Su nombre no tardó en aparecer después de nuestra charla de anoche—. Sus reencarnaciones.

—¿Y este lugar? —pregunté.

—Lo llamamos Ruina, es una dimensión —informó Vidarissa—. Prácticamente una prisión para nosotras.

—Vaya forma de apreciar las cosas —contestó—. Este es nuestro hogar.

—Suhan tiene razón —declaró Skylar—. Ruina es todo lo que tenemos.

—Aquí vendrás el día que mueras —soltó Elena con una extraña sonrisa.

—Esperen —alcé las manos y comencé a moverlas—. ¿No existe el cielo?
Suhan comenzó a reírse, creo que esperaban cualquier cosa menos eso.

—Sí, existe, pero nosotras no podemos ir —respondió Minakuri.

—¿Por qué no?

—Es muy elegante para gente como nosotras. —contestó Suhan—. Ni siquiera debe haber buenas fiestas, qué aburrido.

—No podemos ir porque estamos atrapadas —miré a Vidarissa.

—¿Están atrapadas aquí?

—No a un lugar, más bien a una situación —explicó Elena.

—¿Situación? Ya me perdí.

—Estamos condenadas. —El frío tono de Skylar añadió cierto toque oscuro a la atmósfera que encajaba perfecto—. Tú también lo estás, nos persigue una condena que comenzó con Vidarissa.

—¿Condenadas a qué exactamente? —pregunté.

¿Acaso no tenían una buena noticia para darme? No quería escuchar sobre el camino de tragedia y desdicha que me espera hasta la muerte, no era del todo alentador.

—No te preocupes por eso, tú nos liberarás —respondió Minakuri—. Por eso estás aquí, no puede haber otra razón.

—¿Liberarlas? —negué rápidamente—. Perdónenme, pero no sé cómo hacer eso, ni siquiera soy como ustedes, toda mi vida fui alguien relativamente normal... Bueno, hasta hace unos meses lo era.

—Eres igual de capaz que cualquiera de nosotras —remarcó Vidarissa—. Además, los poderes pueden aparecer en cualquier momento de la vida.

—Nosotras podemos ayudarte para que se manifiesten más rápido. ¿Qué opinas? —propuso Elena.

—No... esto no puede ser real. Es un sueño. ¡Sí, un sueño! —murmuré tratando de estabilizar la respiración—. Yo estoy mal de la cabeza, yo... no estoy bien. Es la única respuesta lógica a todo esto.

Sin embargo, ellas me miraban como si estuviera loca. Pero no por eso.

—Victoria, esto es real —afirmó Skylar con una seguridad tan firme que anuló cualquier duda en mí—. Todo lo que ves, todo lo que está ocurriendo, es real. Y sí, tu mente está... confundida, pero te aseguro que no estás tan loca como quienes están sentadas en esta mesa.
Mi mente divagaba en busca de respuestas, no tenía idea de qué era exactamente lo que tenía que decir, y mentiría si dijera que sabía lo que hacía. Todavía había miles de preguntas que quería hacer y tantos espacios vacíos por llenar. Traté de respirar, calmando mi mente y aclarando mis ideas, dejando atrás todo el miedo y los pensamientos que afectaban mi juicio.

—Voy a ser honesta con ustedes... No sé si seré capaz de hacer lo que esperan que haga, pero recordé que una vez mi psicóloga me dijo que, a veces tenemos que ser egoístas y pensar en uno mismo antes que en los demás. De alguna forma, si no las ayudara ahora, sería como darme la espalda, literalmente.

—¿Lo harás? —asentí, robándole, por fin, una sonrisa a Skylar.

La habitación se llenó de ovaciones en mi nombre, elevando las expectativas y casi descartando la posibilidad de que fallara. Aunque sé que probablemente no pueda hacerlo, eso me dio ánimo, la forma en la que depositaban toda su confianza en mí, me conmovía. Motivándome, no, exigiéndome para no decepcionarlas.




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