El clan de los condenados

Capítulo 6

En mi segunda noche en Ruina, había cerrado los ojos intentando dormir hacía horas, dando vueltas sin éxito. La curiosidad no dejaba de molestarme, haciéndome preguntas sin cesar: ¿Qué más había en este lugar? ¿Qué más estaba ignorando? Cuando me di cuenta, ya estaba en el ascensor, presionando un botón al azar. Dejando todo a la suerte, rogaba que el universo no me hiciera terminar en la boca del lobo. El número nueve brilló, y al llegar se desplegó un tablero que exigía una contraseña. Pensé en posibles dígitos, pero no tenía ni la menor idea de cuál podría ser la opción correcta. De repente, todo comenzó a moverse, y los números del tablero descendieron hasta detenerse en el piso número cinco.

—Vaya, vaya —sonrió; estaba parada frente a mí con ambas manos en los bolsillos—. ¿Qué haces despierta tan tarde?

—¿Qué haces tú despierta tan tarde? —Suhan sonrió con picardía.

—Iba a la terraza —contestó—. ¿Acaso ibas a espiar?

—No, iba camino a mi habitación.

—¿Ah, sí? —asentí—. ¿Y qué hacías en el piso nueve?

—No lo sé, de repente el ascensor se detuvo ahí.

—Qué extraño, no sabía que estaba descompuesto. Tendré que decirle a alguien que lo revise.

—Un segundo, si ustedes pueden teletransportarse y esas cosas, ¿por qué usas el ascensor?

—Lo uso cuando sospecho que hay alguien husmeando en mi casa.

Y, aun así, tuve el descaro de mentirle en la cara.

—Perdóname —respondí totalmente avergonzada.

—No te preocupes, yo en tu lugar ya lo habría hecho —Suhan presionó el botón número diez—. ¿Vienes?

Entré al ascensor en respuesta. Finalmente, las puertas se abrieron y ambas caminamos hasta el centro de la terraza.

—Desde que llegué, este siempre ha sido mi lugar favorito —fue lo primero que dijo—. A veces paso horas mirando al cielo, tratando de escuchar lo que susurran las estrellas, intentando encontrar algo de paz.

—Creo poder entender. Mi vida ha sido una locura estos últimos meses, y desde que llegué aquí, a pesar de todo lo que me han dicho, al fin pude respirar de nuevo.

Como si esto fuera la cura que tanto estaba buscando.

—Bienvenida al club de los mentalmente inestables. El número de miembros por fin ha aumentado; ahora somos dos personas —dijo, alzando su botella.

—Veo que te gusta el tequila —ella negó.

—Prefiero el vodka.

—Bueno, no te juzgo. Todos necesitamos perdernos a veces.

—No creo que beba para perderme; más bien, lo hago para encontrarme.

—¿A qué te refieres?

—Cuando pasas tanto tiempo aquí, empiezas a olvidar cosas. Comienzas a dejar tu vida atrás, y créeme que no hay nada que me gustaría más que eso, pero hay cosas que simplemente no quiero olvidar nunca.

—¿Cómo se siente? —pregunté. Ella sabía a qué me refería.

—Como si estuvieras atrapado en medio de dos caminos. No estás muerto, pero tampoco estás del todo vivo.

—Luces más viva que mucha gente que conozco —Suhan sonrió.

—Gracias —respondió, como si le hubiese dado orgullo.

—¿Siempre te gustó beber?

—No siempre. Pero ahora, lo que más disfruto es cómo el líquido baja por mi garganta, ardiendo, quemándome por dentro. Esa clase de dolor es como un balde de agua fría que te despierta, te recuerda que aún respiras, que aún estás vivo. No quiero abandonar ese sentimiento.

Me limité a acompañar su silencio, repasando su revelación. Viendo cómo todos esos sentimientos, cada una de esas emociones, luchaban contra la corriente en aquel océano de alcohol. Escondiendo el dolor hasta dejarlo salir en aquella terraza. Contándoselo únicamente a las estrellas.

La apariencia de Suhan era bastante peculiar. Tenía un estilo desalineado, que dejaba como protagonista a su cabello exageradamente rubio que le llegaba a los hombros, y unas gafas oscuras que, aunque era de noche, no se quitaba. Viendo con más detalle, noté que traía un hermoso collar de plata con una rosa grabada en él.

—Yo no me arrepiento de nada de lo que pasó, no serviría de nada —habló Elena a nuestras espaldas. Ambas giramos asustadas.

—¿Por qué lo harías? Lo mejor que pudo pasar en tu vida fue conocerme —respondió Suhan.

—Todo lo que pasó nos hizo ser quienes somos y llegar hasta donde estamos —continuó—. Y sí, no elegiría un camino en donde no estés.

—¿Oíste eso, verdad? —me dijo con una enorme sonrisa—. Si tuviera nietos, de seguro les contaría sobre este momento.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.