El clan de los condenados

Capítulo 8

—Qué extraño... en mis sueños aparecías con dos espadas, no con una —mencioné sentándome a su lado.

Vidarissa sonrió dulcemente, un gesto tan fugaz que casi se desvaneció antes de que pudiera atraparlo. Luego, giró la cabeza hacia el cielo, como si buscara algo más allá de las nubes.

—Perdí una hace mucho tiempo... Fue hace tanto que ya ni siquiera debe existir —respondió, cerrando los ojos y dejando que la suave brisa acariciara su rostro. El viento jugaba con sus cabellos, como si la naturaleza misma susurrara secretos en su oído.

Minakuri, que hasta ese momento había estado en silencio, se dejó caer a mi lado, abrazando uno de mis brazos con familiaridad.

—Eso no es cierto —dijo, su voz suave pero firme, como quien habla con la certeza de haberlo vivido—. Las reliquias no desaparecen... y lo sabes.

—¿Reliquias?

—Cuando eres condenado, se borra todo rastro de ti, desaparece todo lo que alguna vez tuvo algo que ver contigo —los ojos de Minakuri brillaban con la convicción de alguien que conoce las leyendas más viejas que las estrellas—. Como si nunca hubieras existido.

—Pero conservas algo. Una cosa que te represente, que haya sido muy importante para ti. —Vidarissa acercó su espada y me mostró los detalles brillantes en ella; el mango era de un precioso color oro, con algunas inscripciones a los costados—. Yo las llamo Calypso.

—¿Por qué no me dijeron algo tan importante? —Mi reacción provocó que ambas rieran.

—La mía es un diario —contó Minakuri, acercándomelo. Pasé mis dedos por la portada, que era de un material como el cuero, con sus iniciales grabadas en él.

—Míralo bien, es más mágico de lo que parece —mencionó Vidarissa.

—Es un diario infinito. No importa cuántas veces escribas, las páginas nunca se acaban —agregó sonriendo, yo hojeaba algunas páginas. Una foto de un hermoso paisaje apareció ante mis ojos.

—¿Y cómo haces para encontrar algo en esa cosa? —preguntó Suhan, quien estaba parada a unos metros con ambas manos en los bolsillos.

—Solo pienso en lo que estoy buscando y aparece la página —respondió con una sonrisa de oreja a oreja, como si se tratara de lo más normal del mundo—. Todo lo que viví, pensé y soñé está en ese diario.

—¿Cuál es la tuya, Suhan? Adivinaré, ¿tu petaca? —sugerí al verla acercarse. Ella soltó una risa sarcástica.

—Casi. Mi collar. —Agarró el relicario y luego dejó un corto beso en él.

—Es una lástima que Elena también haya perdido su reliquia —comentó Minakuri—. Ambas la dejaron en la línea original, de donde tú vienes. El presente.

Sin previo aviso, una ráfaga de aire nos golpeó directamente, empujándonos hacia atrás. Una mano tomó mi muñeca, arrastrándome rápidamente lejos de la escena. Todo se volvió tan confuso que apenas pude procesar lo que estaba pasando. Giré a mi derecha y vi que era Suhan, quien comenzó a correr en dirección al edificio. Algo de lo que se arrepintió al instante al ver cómo un enorme velo transparente comenzaba a deslizarse, formando una especie de pared. Ella frunció el ceño y me pegó a su cuerpo para intentar volar sobre él, pero de nuevo fue inútil.
Skylar bajó desde la terraza, acompañada de la última reencarnación que faltaba en aquella extraña escena. Ambas se mantuvieron firmes mirando hacia la dirección de dónde venía todo ese viento, que, después de unos segundos se detuvo abruptamente, dejando a la vista la silueta de una mujer que poco a poco se acercaba más a nosotras.

—Tiempo sin verte —una dulce sonrisa se formó en su rostro—. Hermana.

—¿Alguien podría explicarme qué sucede? —Elena no dejaba de mirarla—. ¿Quién es ella?

—¿Qué estás haciendo aquí? —interrumpió Vidarissa, quien no trató de ocultar el desagrado en su rostro.

—Solo quería ver cómo estabas —contestó con un tono suave, mirándola con una expresión relajada—. Ha pasado mucho desde la última vez que nos vimos.

—¿Hermana? —repitió Suhan, mientras se cruzaba de brazos—. ¿Algún otro familiar que tengas por ahí, una prima tal vez?

Aquella mujer, extrañamente familiar y sin embargo enigmáticamente ajena, irradiaba una elegancia casi sobrenatural. Su presencia imponía, con una belleza que parecía forjada entre sombras y fuego.

Caminaba con pasos firmes, casi ceremoniales, cargados de una atracción hipnótica. Su larga cabellera negra caía como un velo nocturno, en armonía perfecta con el vestido ceñido del mismo color, que delineaba su figura con audacia y terminaba en un tajo frontal que dejaba ver el movimiento sutil de sus piernas. Un cinturón dorado abrazaba su cintura con la precisión de una joya sagrada, sostenía una gran cruz que descendía hasta rozar sus botas altas, que se alzaban hasta las rodillas como si fuesen parte de un antiguo uniforme ceremonial.

Pero lo que más estremecía eran sus ojos, claros, penetrantes, fríos como hielo encantado, capaces de atravesar la voluntad de quien los mirara. Su escote pronunciado resaltaba un collar bordó, brillante como una gema sellada por el destino. Y su sonrisa, afilada y segura, junto al delineado perfecto de sus ojos, acentuaban unas facciones inquietantemente familiares. Como si, en ella, viviera un reflejo olvidado... o un destino inevitable.

—No te quiero aquí —afirmó dándole la espalda—. Será mejor que te vayas.

—Creí que estarías más feliz de verme —respondió, llevando ambas manos a su espalda—. Es una lástima.

—Me parece que es algo tarde para venir en busca de una reunión familiar —dijo Suhan con una media sonrisa.

—Es un honor poder conocer a las reencarnaciones de mi hermana —soltó de repente—. Mi nombre es Calyssta.

—Me parece que no has escuchado a Vidarissa... Mejor vete —le advertí.

—No creo que sea coincidencia que aparezcas justo cuando Victoria está aquí —miré a Skylar—. ¿Qué es lo que en realidad quieres?

Calyssta se quedó observándola en un completo e interminable silencio, que terminó rompiéndose al dejar escapar un suave suspiro.




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