El clan de los condenados

Capítulo 9

Habían pasado tres días desde la aparición de Calyssta. Tres amaneceres silenciosos, como si el mundo contuviera el aliento tras lo ocurrido. Todo transcurría con una calma engañosa, como si el caos hubiese sido un mal sueño del que aún no despertábamos del todo. Yo dediqué esos días al entrenamiento. Nada más. No por disciplina, sino por necesidad. El movimiento era la única forma de acallar los pensamientos. Para mi sorpresa, ponerme al día no requería tanto esfuerzo como antes. Cada técnica, cada forma, volvía a mí con una facilidad casi inquietante. Como si algo dentro de mí estuviera despertando también… algo que siempre estuvo allí, esperando el momento adecuado. Y cuanto más me sumergía en el ritmo del combate, más nítido se volvía todo. Vidarissa tenía su opinión al respecto: “Puedes hacer que la mente olvide fácilmente algo que el cuerpo nunca hará”.

—El libro no está en el santuario. Pasamos toda la noche buscándolo y nada —informó Skylar, con la voz tensa, como una cuerda a punto de romperse.

—Tal vez sean solo rumores —comenté.

—El libro es real —declaró Elena, sus ojos brillaban con tanta certeza que no dejaba espacio para dudar—. He leído sobre él.

—Apuesto a que Maléfica sabría dónde está —dijo Suhan, su tono cargado de burla, pero también de inquietud al mencionar a Calyssta.

—Revolvimos cada rincón del santuario. No hay nada sobre el libro de los condenados —siguió Minakuri, con el cansancio evidente en su rostro—. Absolutamente nada.

Un silencio tenso se instaló en la sala, roto solo por la pregunta que seguía flotando en el aire.

—¿De verdad creen que nos será útil? —preguntó Vidarissa, sus palabras calando hondo como una lanza afilada.

—Honestamente, no lo sé. Hasta hace unos días, para mí no era más que una leyenda... un mito —respondió Skylar, su tono dejando escapar una sombra de duda.

La atmosfera se había congelado, o eso parecía hasta que la voz de Oliver cortó el silencio, inyectando algo nuevo en la conversación.

—¿Libro de los condenados? —preguntó, su mirada fija en el grupo, como si no estuviera seguro de si hablaba en serio—. Tengo una amiga que sabe mucho de esas cosas.

El resto de nosotras lo miró, los ojos llenos de sorpresa y escepticismo.

—¿Estás seguro? —cuestionó Elena, sus palabras cargadas de incredulidad.
Oliver asintió, su expresión tan seria como nunca.

—Su nombre es Jade. Solía ser la aprendiz de una bruja muy famosa —contó—. La última vez que la vi, estaba comenzando un negocio de cosas mágicas o algo así.

—¿No tienes su teléfono? —preguntó Suhan—. Tal vez haga envíos a domicilio.

—Si tan solo los portales se abrieran como antes… Tal vez podríamos ir a preguntarle directamente —gruñó Minakuri, cargada de frustración.

—Tal vez sí se pueda —sugirió Skylar, una media sonrisa asomando en sus labios, como si acabara de hallar una chispa de esperanza en la oscuridad.

—No podemos abrir portales para salir —afirmó Vidarissa, su tono grave, como si la respuesta fuera una certeza inquebrantable.

—Nosotras no, pero tal vez Victoria sí —me señaló a mí, su mirada cargada de una expectativa que me descolocó.

—Es cierto —dijo Elena—. Abriste uno para llegar aquí. Tal vez puedas abrir otro para salir.

El peso de sus palabras me alcanzó de golpe, pero la duda siguió pesando en mí.

—Puedo intentarlo… —respondí, mi voz titubeante, como si las palabras no pudieran alejar la incertidumbre—. Pero no estoy segura de que funcione…

—No importa —dijo Skylar, con una confianza tranquila—. Solo concéntrate en el lugar que te mostraré.

Cerré los ojos, dejando que su voz me guiara, hasta que una imagen se desplegó en mi mente. Era tan vívida como un sueño, tan clara como una visión. Allí estaba. Tomé una respiración profunda, tratando de recordar el flujo de energía, la sensación de apertura, la forma en que lo había hecho la primera vez. Pensé en el lugar, y solo entonces comencé a sentirlo: un tirón sutil, pero firme, como un lazo invisible conectando mi ser con otro punto. Poco a poco, el portal comenzó a formarse frente a mí, como si la realidad misma se doblara ante mi voluntad.

El aire se distorsionó, el espacio se retorció, y, lentamente, el portal se desplegó, abriéndose ante nosotros

—Lo sabía —murmuró Skylar—. Andando.

—¿Iremos todas? —Elena negó al oírme.

—Si todas cruzamos, el portal colapsará y no podrás abrirlo de nuevo hasta dentro de unos cuantos días —explicó.

La transportación no tiene límites ni restricciones siempre que hablemos de transportar a una sola persona. Sin embargo, sí es posible abrir uno lo suficientemente grande para que todas fuéramos, solo que yo aún no contaba con el poder para hacerlo.

—Deberías ir con Skylar —propuso Minakuri.

—Yo también quiero ir. Necesito unas vacaciones.

—Está bien —declaró Elena—. Pero compórtate.

—Volveré entera, lo prometo.

Sin aviso, Suhan cruzó el portal y Skylar me miró, esperando que hiciera lo mismo.
Instantáneamente, las tres aparecimos en el medio de una calle de tierra. A pesar de no haber estado aquí antes, una de nosotras parecía saber a dónde iba. O eso pensé, hasta que llegamos a un callejón oscuro.

—¿Estás segura de que es aquí? —pregunté, mirando las ratas y cucarachas esconderse entre los contenedores de basura.

—Al parecer, hay una tienda al fondo del callejón —contestó al instante. Skylar dio unos pasos y se giró hacia nosotras—. Vamos.

—Debería mejorar el aspecto del negocio si espera mejorar las ventas —mencionó Suhan, con cierta molestia—. Esto es un asco.

Su aspecto era engañoso. Por afuera parecía ser solo un local abandonado, pero al entrar, estaba repleto de luz, velas, objetos colgando del techo. El olor a incienso entró por mi nariz, reconociendo que se trataba de un fuerte olor a vainilla. Miré a Suhan, quien jugaba con una baraja de cartas de tarot sobre una gran mesa repleta de baratijas extrañas.




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