Ya nadie puede recordar una de las épocas más oscuras en la historia de Inglaterra, cuando el Reino Unido sucumbió ante la guerra, el hambre y la destrucción.
Cuando las disputas entre sus gobernantes por el dominio absoluto obligaron al país a dividirse en dos. Así nacieron Inglaterra del Norte e Inglaterra del Sur. Y como resultado de esta división, la era oscura había acabado y la guerra, por fin, había llegado a su fin.
01 de agosto de 1850.
Londres, Inglaterra del Sur.
El rey Nicholas Windsor II desbordaba de alegría, no porque su reino fuera seguro y próspero, sino porque su esposa, Enedina Windsor, estaba a punto de dar a luz al futuro heredero de su trono. Aquel que seguiría con orgullo el largo linaje Windsor, que trascendía siglos de reinados exitosos.
—¡Su Majestad, la reina por fin ha dado a luz! —anunció uno de los sirvientes asomándose por la puerta de la habitación real.
El rey corrió hasta estar al lado de su esposa, quien yacía ahí postrada en la cama, cubierta de sudor, reuniendo fuerzas para mantenerse despierta. Él besó su mano.
—Felicidades, Su Majestad, es una hermosa niña —su gran sonrisa titubeó al escuchar la palabra niña, pero en cuanto la reina buscó encontrarse con su mirada, el rey la forzó otra vez—. Larga vida a la princesa Elena, futura reina de Inglaterra del Sur.
26 años después.
—Buenos días, princesa Elena —dijo una de las mil sirvientas del castillo, abriendo las inmensas cortinas que iluminaron cada rincón del cuarto—. Espero que haya descansado bien.
Al no obtener respuesta de la princesa, la sirvienta se acercó a la gran cama, dándose cuenta de que ella no estaba ahí.
—Elena... —susurró—. ¡Elena!
El sonido cortante me arrancó de mi letargo. Los libros que estaban apilados sobre mí cayeron al suelo con un estruendo sordo, y una queja involuntaria escapó de mis labios, mientras el dolor en mi espalda me recordaba de forma amarga la incomodidad de haber pasado la noche en el estrecho sillón de la biblioteca. El peso de la fatiga me invadió al instante, pero la urgencia de la situación disipó rápidamente cualquier deseo de descanso.
—¿En serio? ¿Otra vez leyendo hasta tarde?
—¿Cómo me encontraste? —ignoré sus recientes palabras.
—No eres muy difícil de encontrar. Carmen, la sirvienta, estaba buscándote como loca cuando no te encontró en tu habitación.
—Espero que no llegue a oídos de mi padre. —ella negó.
—Dije que te habías despertado temprano para practicar tu latín.
—Eres la mejor —dije abrazándola—. Ahora cuéntame, ¿alguna noticia importante?
—Ya que lo mencionas, sí. No quiero que te exaltes... pero el rey ya recibió las propuestas de matrimonio para ti. No es nada seguro, pero...
—Pero… ¿qué? —me apresuré a preguntar. Esto no podía ser bueno.
—Varios comentan que convocará a algunos príncipes la semana que viene.
—Es lo que temía —respondí, dejándome caer en el sillón. Había estado evitando este día por tanto tiempo que por un momento creí que jamás llegaría—. No puedo creer que finalmente vaya a casarme.
—Lo lamento, princesa. —su mano buscó la mía.
Desde el momento en que llegué a este mundo, fue claro para todos que mi destino estaba marcado: nací para ser la reina perfecta. Las expectativas crecieron con los años, como una sombra que se alargaba sobre mi vida, y los susurros de promesas comenzaron a tejerse entre la gente, alimentando sueños sobre un reinado que ni siquiera había comenzado a gestarse.
A los cinco años, manifesté habilidades que causaron más que asombro: provocaron preocupación en los reyes. Un poder inusitado, aún en mi corta edad, despertó temores que no podían ser ignorados. Para evitar que las dudas sobre el futuro de la corona se esparcieran, se tomó la decisión de mantener ese secreto bajo llave, confinado entre las paredes del palacio, lejos de los ojos del mundo.
Jamás me sentí especial; que las personas lo repitieran a diario no lo convertía en una realidad.
A veces me sentía como si fuera una prisionera en mi propia vida, incapaz de tomar mis propias decisiones. Adaptándome a lo que se supone que debía ser, conformándome con lo que los demás esperaban que fuera.
Todo cambió cuando cumplí catorce años. Fue entonces cuando conocí a Elodie, quien llegó para ocupar el puesto de institutriz. Desde el primer momento, algo especial surgió entre nosotras. Lo que comenzó como una relación de maestra y alumna rápidamente se transformó en algo más profundo: amigas, compañeras, hasta hermanas. En el transcurso de los años, Elodie se convirtió en una parte esencial de mi vida, una figura que sentía tan cercana como la familia misma.
—Princesa... Su padre requiere su presencia en el salón real, cuanto antes —informó un guardia.
—Iré enseguida.
El salón real era un despliegue de extravagancia, una obra maestra de opulencia. Los tronos de mis padres se erguían en el centro de la sala, adornados con las piedras preciosas más raras y brillantes, reflejando la luz de los candelabros dorados que colgaban del techo. A su alrededor, los cuadros familiares llenaban las paredes, cada uno mostrando generaciones de la realeza, transmitiendo esa arrogante autocomplacencia que era sello de los Windsor, como si cada retrato gritara: "Miren lo que hemos logrado", aunque todos sabíamos que era un símbolo de pura vanidad.
—Buenos días, princesa —saludó mi padre con una sonrisa distante, aunque su mirada no parecía tener la calidez de sus palabras—. Te estábamos esperando.
—¿A qué he sido llamada? —pregunté, sin ocultar el desconcierto en mi voz. No hubo respuesta inmediata. En lugar de eso, mi padre levantó la mano en un gesto autoritario, haciendo una señal a un sirviente que rápidamente se acercó para traerle un racimo de uvas, como si el tiempo fuera solo suyo, como si nuestra conversación no mereciera más que un simple retraso.