Los días transcurrieron, y finalmente ocurrió lo inevitable: el reino abrió sus puertas para recibir a los príncipes que competirían por mi mano. Las calles se llenaron de una euforia palpable, una alegría tan ensordecedora que casi parecía forzada. La gente los recibía con flores frescas, les ofrecían regalos cuidadosamente envueltos, y no faltaban las sonrisas. Yo, en contraste, me encontraba en una especie de prisión dorada, esperando su llegada con la mínima esperanza de que se enfermaran, de que algo los obligara a regresar sin siquiera pisar el suelo de nuestro reino. Algo que evitara esta farsa, que no me obligara a cumplir con un destino que no había elegido. Mientras observaba desde las ventanas del palacio, el bullicio fuera del castillo parecía una gran celebración en honor a una unión que jamás deseé. El sonido de las multitudes me llegaba, y aunque sus voces se alzaban en júbilo, yo solo sentía el peso de lo inevitable aplastando mis hombros.
—Ya están todos abajo —anunció Elodie, luciendo aún más nerviosa de lo que yo estaba—. Son menos príncipes de los que esperaba.
Esas son buenas noticias. Al menos sé que así no tendré que preocuparme por memorizar tantos nombres.
—Su alteza real Elena Marie Windsor, primogénita del rey Nicholas Windsor II y la reina Enedina Windsor. Futura heredera al trono de Inglaterra del Sur —anunció en el momento en que bajé al salón.
Frente a mí yacían cuatro jóvenes, todos en línea recta, uno al lado del otro.
—Saluden a Charles Du Plessis, príncipe de Francia, segundo en la línea al trono francés —sonrió, luciendo un traje repleto de medallas.
—John Campbell, príncipe de Escocia, segundo heredero al trono escocés —saludó, viéndose algo nervioso.
Reí al verlo evitar las miradas insinuadoras de las doncellas a su costado.
—Dionisio III, príncipe de Portugal, tercero en la línea del trono —él solo levantó su brazo y volteó hacia la muchedumbre con una enorme sonrisa.
—Magnus Hamilton, recientemente coronado rey de España —hizo una corta reverencia; llamó mi atención el color tan verde de sus ojos.
—Les doy la bienvenida. Es un placer que todos hayan podido reunirse hoy con nosotros —declaró mi padre, su voz resonando con una autoridad que era difícil de ignorar. Su mirada recorría a los príncipes como si estuviera inspeccionando piezas de un juego de ajedrez—. Realizaremos la ceremonia de elección en un par de días. Hasta entonces, les pido que se sientan como en casa.
—Siéntanse en total libertad de explorar el palacio —añadió mi madre, con una sonrisa que no ocultaba la rigidez de su postura—. Y, por supuesto, conocer a la princesa.
Tras los festejos y los típicos protocolos de bienvenida, todos fueron escoltados a sus respectivas habitaciones, dejando a mis padres y a mí a solas en la gran sala. La atmósfera en el palacio había cambiado, llena de una tensión sutil pero palpable, como si cada palabra, cada acción, pudiera inclinar la balanza de todo lo que estaba por venir.
—Nos gustaría hablar contigo —dijo la reina, su voz más suave de lo habitual, pero cargada de una seriedad que no pude ignorar—. Sentimos mucho lo que sucedió el otro día.
Una silenciosa pausa se instaló entre nosotros, la espera pesada, como si las palabras siguientes fueran las más importantes que habíamos dicho en mucho tiempo.
—Estuvimos discutiendo y decidimos que seas tú quien tome la decisión final en la ceremonia de elección —confesó mi padre, sus ojos fijos en mí con una intensidad inusitada.
—¿Lo dicen en serio? —pregunté, con una mezcla de incredulidad y asombro. Nunca se había dado semejante poder; jamás había escuchado de algo así en la historia de los Windsor.
Ambos asintieron, sus rostros graves, pero con un toque de esperanza detrás de sus ojos.
Eso jamás había sucedido en nuestra familia. Los reyes siempre tomaban esa decisión. Solo ellos, con su autoridad indiscutible, elegían el destino matrimonial de sus hijos.
—Solo te pedimos que escojas con responsabilidad —habló mi padre, y la frialdad de sus palabras se clavó en mi mente como una advertencia—. No hagas que nos arrepintamos de darte esta oportunidad.
—Lo haré. Tomaré la mejor decisión —respondí, mi voz firme, aunque dentro de mí, una tormenta de dudas y preguntas comenzó a formarse. Pero no podía mostrar debilidad—. Muchas gracias.
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Como era costumbre, antes de que el sol se asomara en el horizonte, aprovechaba para escabullirme en la quietud de la madrugada y perderme en la biblioteca. No podía evitarlo, era como un ritual al que nunca podría renunciar. No conocía mejor manera de pasar el tiempo que entre las páginas de un buen libro, y si existía algo mejor, prefería no saberlo.
Amaba la sensación de sumergirme en mundos ajenos, de ver cómo las palabras se tejían en una simple hoja de papel, como si fueran hilos invisibles que conectaban ideas, sueños y emociones. Cada obra, un reflejo del alma del autor, se transformaba ante mis ojos en una pieza de arte. Más allá de la tinta y el papel, era una ventana hacia lo eterno.
—Vaya forma de desperdiciar el tiempo —habló de repente—. Una princesa como tú no debería esconder su rostro detrás de algo tan aburrido como un libro.
—Claramente lo dice un hombre que jamás ha tocado uno —respondí. El príncipe Dionisio rió.
—No necesito un libro para saber cómo dirigir un país —contestó—. Supongo que necesitar ayuda es propio de un inglés.
—No encuentro nada malo en instruirse adecuadamente y no vivir en la ignorancia, pero supongo que eso es propio de un portugués.
—Soy un hombre. Ninguna mujer podría saber sobre servir y proteger a un país como yo —susurró acercándose.
—Yo, en su lugar, no me apresuraría. Tienes mucho tiempo para averiguarlo. Después de todo, solo eres el tercero en la línea al trono —sonreí. Él solo se dio la vuelta y se fue—. Qué hombre tan desagradable.