El clan de los condenados

Capítulo 12

—Estoy diciendo la verdad —afirmó John, caminando a mi lado por aquel jardín de margaritas donde solía tomar el té por las tardes. La brisa suave mecía las flores, y el sol empezaba a caer, tiñendo todo de un dorado melancólico.

—¿Por qué dice eso?

—Porque mi hermano es el hombre más infeliz del planeta —respondió, con una tristeza que se le filtraba en la voz—. Desde niño lo presionaron para que se convirtiera en el rey perfecto.

—Creo saber cómo se siente eso —confesé, sintiendo que nuestras historias compartían más de lo que parecía.

—Y, aun así, jamás se quejó —se apresuró a añadir—. Para todos, su vida parecía impecable. Siempre decía que todo estaba bien.

—¿Y qué cambió?

—Se enamoró —murmuró, con los ojos perdidos entre las flores—. Se enamoró de una de las sirvientas de la reina… de mi madre.

Me quedé en silencio, procesando la magnitud de sus palabras.

—¿Alguien lo supo?

John negó con la cabeza, con una expresión amarga.

—Mi padre ya lo había comprometido con una princesa austriaca. Una de las mujeres más vacías que he conocido… Y el resto es historia, su deber valía más que su corazón.

—¿Y la sirvienta?

—Se casó con un extranjero. Se fue de Escocia. Nunca volvió.

Sentí cómo una punzada me atravesaba el pecho. Una historia tan personal… tan triste… y, sin embargo, tan familiar. Era el precio silencioso de nacer en una familia real. Para muchos, un privilegio. Para nosotros, una condena.

—Todos deberíamos poder elegir con quién compartir la vida —mencioné en voz baja, más para mí que para él.

Nos sentamos sobre una de las suaves colinas del jardín. Desde allí, se extendía una vista panorámica del palacio. Las torres se recortaban contra un cielo pintado de naranjas y lilas, mientras el atardecer convertía cada rincón del paisaje en un cuadro.

—¿Puedo confesar algo? —preguntó, rompiendo el silencio.

—Por supuesto —respondí girando hacia él.

—Me disculpo de antemano, porque sé que no debería decir esto… y menos ahora. Pero… se siente cómodo hablar con usted, princesa.

—Te escucho, John. Siéntete libre de decir lo que sea.

Él respiró hondo, con la mirada fija en el horizonte.

—Estoy enamorado de alguien.

Su voz fue suave, pero cargada de emoción.

—¿Cómo es ella? —pregunté.

John parpadeó, visiblemente sorprendido. No esperaba esa respuesta. Era como si esas fueran las últimas palabras que habría imaginado escuchar de mis labios.

—Es… —pronunció, titubeando al principio, como si saborear su recuerdo le doliera y al mismo tiempo lo aliviara—. Es inteligente. Generosa. Y muy hermosa.

Hizo una pausa y luego esbozó una sonrisa melancólica.

—Somos amigos desde siempre. Crecimos juntos. Y… he estado perdido en sus ojos desde que tengo memoria.

—¿Por qué no se casa con ella? —pregunté—. Suena como si fuera la mujer indicada.

Él bajó la mirada, dejando que su voz se ahogara entre suspiros.

—Es noble… pero no lo suficiente. No tiene el rango, ni yo el permiso. Ni siquiera puedo permitirme soñar con eso.

El peso de su verdad cayó entre nosotros como un manto silencioso. El amor, una emoción tan pura, resultaba envenenado cuando se cruzaba con la política y la sangre azul.

—Lo siento, John —murmuré, y mis palabras no eran una cortesía, eran sinceras—. Debe ser muy doloroso vivir con eso… sabiendo que no puedes elegir a quien amas.

Él asintió, en silencio, sin poder añadir nada más. El cielo, mientras tanto, comenzaba a apagarse en tonos violeta, como si el día también se rehusara a soltar aquello que amaba.

—No lo sienta. Uno se acostumbra —dijo John, forzando una sonrisa—. Supongo que es el precio que debemos pagar por una vida llena de lujos y títulos reales.

Asentí despacio, sintiendo el peso de sus palabras.

—Veo que ambos guardamos demasiados secretos entre las paredes de nuestros hogares —comenté—. Lo curioso es que debería ser el lugar donde más libres nos sintiéramos para hablar… y, sin embargo, es donde más callamos.

La noche cayó sin que lo notáramos. El cielo, ahora cubierto de estrellas, se había deslizado sobre nosotros mientras hablábamos como si el tiempo no existiera. Habíamos compartido tanto, que ya sentía como si nos conociéramos desde siempre. Cuando por fin regresamos al castillo, el aire era frío y húmedo, y ambos temblábamos ligeramente. En la entrada, nos recibieron mi padre y el rey Magnus, quienes nos saludaron con cortesía antes de dirigirse directamente a la sala de reuniones.

—De verdad me intimida —murmuró John en cuanto se alejaron—. Qué hombre más imponente.

—No es tan aterrador como parece, te lo prometo —dije, pensando que se refería a mi padre.

—Oh, yo hablaba del rey Magnus —aclaró, y no pude evitar sonreír.

—¿Por qué te intimida? Es solo un rey.

—No es solo un rey —dijo, bajando un poco la voz—. Es el rey. No solo se ve aterradoramente atractivo, también tiene lazos de sangre con otro monarca importante. Eso lo hace aún más… intimidante.

—¿En serio? —arqueé una ceja—. No estaba al tanto de eso.

—No muchos lo saben —añadió con un gesto discreto—. Su madre es hermana del rey de Noruega, quien no puede tener hijos. Técnicamente, si quisiera, podría reclamar también ese trono. Pero claro, no lo hace. A Magnus no le hace falta demostrar su poder... ya lo impone con solo entrar a una sala.

Reí suavemente, sacudiendo la cabeza.

—Veo que tienes toda una teoría sobre él.

—¿Quién no la tendría? —respondió, encogiéndose de hombros—. Es el tipo de hombre que parece haber salido de una leyenda… Sin mencionar que, es primo del rey Galesthon.

Me giré hacía el, sin preocuparme en esconder mi sorpresa.

—Creí que lo sabías —afirmó John, con una ceja levantada—. Hablo de Henry... el rey de Inglaterra del norte.

—Genial —murmuré con evidente sarcasmo.

—¿Lo conoce? —dijo, y yo respiré profundo.




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