El clan de los condenados

Capítulo 13

No podía explicarlo. Jamás había experimentado algo similar con alguien. Como si, en su presencia, el mundo de repente se hubiera teñido de un brillo diferente. Los colores, que antes parecían tan distantes, ahora danzaban a mi alrededor con una intensidad nueva, como si el universo mismo se hubiera ajustado a una nueva armonía. La complejidad de la vida, con sus pesadas expectativas y responsabilidades, se esfumaron, dejando espacio solo para la ligereza del momento, para el resplandor de su compañía. La noción del tiempo se había evaporado. Cada segundo que pasaba junto a él era un suspiro, una eternidad en la que me perdía sin querer ser encontrada. Mis pensamientos ya no se apresuraban a seguir el curso del deber, ni se anclaban a las decisiones que tendría que tomar algún día. Solo pensaba en él. En la suavidad de su risa que llenaba el aire, en la profundidad de sus ojos que parecían leer cada rincón de mi alma sin juzgar, en la manera en que me hacía sentir cuando nuestras palabras se entrelazaban, cuando nuestras miradas se encontraban con una complicidad que no podía ser ignorada.

Estaba comenzando a darme cuenta de algo que no quería admitir. Estaba cayendo, lentamente, sin remedio. Cada fragmento de este momento me parecía precioso, único, como si el mundo se hubiera detenido solo para nosotros, para permitirnos sentir. Sin rencor, sin barreras, solo nosotros, como si todo lo que había sido complicado se desvaneciera en el aire, dejándonos solo con lo que verdaderamente importaba: el simple, dulce hecho de estar juntos.

—Buenos días princesa.

—Buenos días… ¿Está todo bien? —pregunté al verlo algo distraído.

—Necesito que me acompañes a un lugar.

Magnus tomó mi mano con una suavidad inesperada, y sin que nadie pudiera notar nuestra partida, nos escabullimos entre las sombras del castillo. El aire frío nos envolvía mientras ascendíamos, y poco a poco, el bullicio del reino quedó atrás, ahogado por el crujir de las hojas bajo nuestros pies. Finalmente, llegamos a la cumbre de una montaña cercana, un lugar oculto entre las colinas, donde el horizonte se extendía sin fin. Allí, la vista era impresionante. El sol comenzaba a esconderse lentamente detrás de las montañas, mientras las hojas de los árboles danzaban al ritmo del viento, cubriendo la tierra con una alfombra de colores cálidos, trayendo consigo una sensación de libertad, como si estuviéramos fuera del alcance de todas las responsabilidades y expectativas del mundo.

Nos quedamos en silencio, observando el panorama. La vastedad de la naturaleza parecía poner en perspectiva todo lo que me había estado preocupando. Las tensiones del reino, las expectativas sobre mi futuro, todo se desvanecía, insignificante ante la magnificencia de aquel momento.

—Elena Marie Windsor —pronunció mi nombre de manera solemne, pero con una calidez que sólo él sabía infundir. Magnus, arrodillado ante mí, me miraba con una intensidad que me dejó sin aliento. La caja negra que sostenía entre sus manos, con el delicado anillo de diamantes, brillaba como una estrella atrapada en sus dedos. Mi corazón latía fuerte, como si cada segundo se alargara para darme el tiempo necesario de comprender la magnitud de su propuesta—. Sé que tal vez no soy el hombre con quien imaginaste compartir tu vida, pero te prometo que haré todo lo que esté a mi alcance para hacerte feliz, para ser el esposo que mereces, el compañero que siempre soñaste. Elena, ¿te casarías conmigo?

—Por supuesto que sí, Magnus —respondí, mi voz suave pero llena de certeza, y con un gesto que me pertenecía solo a mí, asentí. La sonrisa que apareció en su rostro fue como un sol iluminando todo a su alrededor, y en ese mismo segundo, sentí que todo se alineaba.

Y luego, sin más palabras, me besó. El beso fue como un suspiro del universo, tan profundo que hizo que todo lo demás desapareciera. Era un beso que hablaba de lo que no habíamos dicho en palabras, un beso que unía nuestras almas en una promesa silenciosa. El viento, que antes nos abrazaba, pareció quedarse en suspenso. Solo existían nuestros labios, mi respuesta y la certeza de que, en este momento, todo había cobrado sentido.

Este era nuestro momento, nuestro beso, la promesa sellada entre dos almas que se encontraban al fin. Y mientras el sol se apagaba en el horizonte, sabía que este era solo el comienzo de una historia que habíamos escrito sin querer, pero que ahora, con amor y valentía, estábamos dispuestos a vivir.

・ .† .・

—¡Vas a casarte con Magnus! —Elodie saltaba de alegría por toda la habitación, su energía desbordaba cada rincón.

—Tampoco puedo creerlo aún, todo se siente tan irreal. Hasta hace unos días, la idea de casarme era lo más aterrador del mundo.

—Estoy tan feliz por ti —dijo con una sonrisa radiante—. Te mereces toda la felicidad que la vida pueda ofrecer.

—Elodie... —intenté hablar, pero ella me interrumpió, su voz cargada de emoción.

—No, en serio. Estoy tan orgullosa de la mujer en la que te has convertido. Me siento afortunada de haber podido estar a tu lado todos estos años.

Una sonrisa se formó en mi rostro, pero una mezcla de nostalgia y gratitud me invadió. Las lágrimas comenzaron a acumularse en mis ojos, sin poder evitarlas.

—Gracias. Eres como la hermana que nunca tuve y como la madre que me hubiera gustado tener. Te amo con todo el corazón, Elodie, siempre lo haré.

Nos abrazamos, el cálido lazo de amistad y cariño que nos unía siendo más fuerte que nunca. Su cariño fue y será el combustible de mi corazón. Era quien conocía cada uno de mis miedos, quien siempre cuidaba de mis sueños y la que siempre me amó por lo que en realidad soy.

—¿Qué harás con tu padre? —preguntó de repente, mientras limpiaba mis lágrimas con delicadeza.

—Se lo diré ahora —respondí, intentando respirar hondo para calmar los nervios que se apoderaban de mí.

—¿Estás segura? Tal vez deberías esperar hasta la ceremonia de elección. —Su tono era suave, pero cargado de preocupación.




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