—¿Podrías ir más despacio? —pidió, con una leve sonrisa—. No quiero quedarme sin un brazo.
—Perdóname —respondí, dándome cuenta de que había estado arrastrando a Elodie por todo el palacio—. Es solo que estoy ansiosa por entrenar.
—Eso sí es una sorpresa —comentó, cruzándose de brazos—. Tú detestas entrenar.
—No, odio que la espada sea ridículamente pesada —respondí con una mirada acusadora—. Está bien, odio entrenar.
Pero ya me había acostumbrado, debido a que, lo hacíamos en una cabaña a dos kilómetros del palacio. Al menos dos días a la semana, por más de diez años.
—Entonces, ¿qué sucede? —preguntó, ligeramente desconcertada.
—Nada... —suspiré, dándole una mirada fugaz—. Es solo que desde lo del compromiso he estado tan ocupada que casi no nos hemos visto.
—Es parte de crecer —respondió, acariciando mi cabello suavemente.
—Elodie... —la miré, intentando expresar mis sentimientos—. Que me case no significa que vayamos a dejar de vernos.
—Ya no será lo mismo —contestó con un tono suave, aunque sus ojos reflejaban una comprensión profunda—. Llegará un punto donde querrás formar tu propia familia...
—Elodie... —la interrumpí, sin querer escuchar eso, no ahora.
—No creas que es un reclamo —dijo, con una sonrisa cálida—. Al contrario. Me encantaría que eso suceda.
—Lo sé. Solo que... no me gustaría estar lejos de ti.
—No tienes que preocuparte por eso —respondió con confianza, su voz tranquila y segura—. Mi lugar es donde estés tú.
—¿Y si debo irme a España? —pregunté, sabiendo perfectamente que la distancia podría ser un reto—. No podría dejarte tanto tiempo.
—Yo iré a donde tú vayas —sentenció, sin dudar ni un segundo—. Aunque te fueras a China, sabría cómo encontrarte... Siempre estarías en las bibliotecas.
—¿Lo prometes? —asintió.
Los lazos serán eternos mientras los mantengas cerca. Aunque trataba de no pensar egoístamente, la idea de no tener a Elodie formando parte de mi vida no me agrada en lo más mínimo. Mis mejores recuerdos son con ella, en los momentos más importantes de mi vida la podías encontrar siempre a mi lado. Ella era como mi ángel guardián.
—¿A dónde creen que van? —habló de repente mi madre—. Tendremos la cena de compromiso en solo unos minutos.
—¿No iba a ser mañana? No estaba enterada.
—Se supone que Magnus te diría —contestó mirando mi ropa—. ¿Qué haces vestida así? Ve a cambiarte en este instante.
・ .† .・
—Cuéntalo de nuevo —pidió mi padre, sirviéndose otra copa de vino.
—No lo haré —sonrió, arrogante—. Sé que los estoy aburriendo.
—No es cierto —respondió mi madre—. Jamás había visto a Nicholas tan impresionado.
—Hazlo —volvió a pedir—. Cuéntanos otra vez cómo pateaste esos traseros franceses.
—Está bien —respondió ocultando una sonrisa—. Usamos mi ejército como distracción, puse a algunos de mis soldados al frente y en realidad lo emboscamos por detrás. El rey estaba completamente indefenso en su propia sala.
—Haz la cara que hizo cuando te vio llegar —rió eufórico—. Qué idiota.
—Padre... —él me miró.
—¿Qué? —respondió desconcertado—. Dime, ¿qué clase de rey mandaría a todo su ejército al frente, descuidando completamente su espalda?
—No fue muy astuto de su parte —comentó Magnus—. Aunque, pensándolo bien, es comprensible: fue la primera guerra de todo su reinado.
—Y la última —contestó mi padre, haciendo reír a toda la mesa.
—Perdí a muchos de mis hombres —habló, alzando una copa—. Pero valió la pena.
—Increíble —murmuré, cortando el reciente intento de un brindis.
—¿Algún problema, princesa? —preguntó él.
—Elena... —Henry alzó la mano al oír la voz de mi madre.
—Está bien, alteza —aseguró, sin dejar de sonreír, luciendo tranquilo—. Veamos con qué nos va a deleitar esta vez.
—Henry... —llamó Magnus.
—No, no, en serio —respondió—. ¿Qué tienes que decir al respecto?
—Nada en especial —dije—. Solo que deberían estar avergonzados.
—¿Por qué? —contestó—. ¿Acaso son las guerras algo nuevo para ti?
—¿Por qué la iniciaste en primer lugar? —cuestioné, haciéndolo reír—. Ni siquiera tenías buenas razones para iniciar un conflicto con Francia.
—Ellos me insultaron —golpeó la mesa—. Cuando me coronaron rey, osaron enviarme animales como regalo.
—¡Qué insolencia! —comentó mi padre—. ¿Te lo imaginas, Enedina?
—¿Animales? —negó indignada—. Una completa vergüenza.
—¡Qué tragedia! —respondí, evidenciando el sarcasmo en mis palabras—. Cuando sea su cumpleaños, procuraré darle un regalo digno. No me gustaría que termine invadiendo el reino.
—Elena, ¿podrías comportarte? —pidió mi madre.
—¿Por qué solo oigo quejas hacia mí? —habló Henry—. Que yo recuerde, tu prometido peleó a mi lado y estuvo completamente de acuerdo con todo eso.
—¿Eso es cierto? —lo miré.
—Yo… si pelee junto a el —confesó, intentando tomar mi mano—. Pero no es cierto que estuve completamente de acuerdo.
—No veo cuál es el problema —expresó mi padre—. Un rey debe ser capaz de liderar una guerra en situaciones como estas.
—¿No les parece ridículo haber iniciado una guerra civil solo porque recibió como regalo de coronación unos tontos animales? —el silencio fue mi respuesta, dejando ver la sonrisa triunfadora en la cara de Henry.
—Hay cosas que ni tú podrías entender —habló, acercándose a la mesa.
—Es cierto —sonreí—. No puedo entender cómo desperdicié mi noche sentada hablando con un montón de desalmados que están tan ocupados celebrando una guerra sin sentido, que ni siquiera les importó que la hija del rey de quien se están burlando descaradamente, está aquí presente.
Nadie dijo nada, solo observaban en silencio a Katerina, quien mantenía la cabeza agachada.
—Sería un honor recibir animales como regalo —solté, desconcertando a Henry.
—¿Qué? —respondió, confundido.