El clan de los condenados

Capítulo 15

Al escuchar esas palabras: “Porque… si lo hacen, morirán”, una oleada de incredulidad me envolvió por completo. Fue como si el suelo bajo mis pies se desvaneciera, dejándome suspendida en una realidad que no lograba comprender del todo. La miré fijamente, esperando que su expresión cambiara, que rompiera el silencio con una risa sarcástica, como si todo fuera una broma de mal gusto. Pero no. Ella hablaba en serio.

Sentía una mezcla confusa de asombro y rechazo. ¿Cómo podía decir algo así con tanta frialdad? ¿Cómo podía aceptar un desenlace tan oscuro con tanta certeza, como si la muerte de otros fuera inevitable… y aceptable?

—¿Moriremos? ¿De qué estás hablando, Elodie?

—Es complicado… —respondió finalmente.

—Ya veo qué sucede —Henry me señaló—. Es una táctica para robarme el carruaje.

—Su majestad, le aseguro que esto no es una broma —se defendió Elodie.

Por su expresión, sabía que hablaba en serio. La conocía lo suficiente para darme cuenta.

—Entonces, si dices la verdad… —dije, y Henry rio.

—¿De verdad creen que pueden engañarme? —respondió, dándose la vuelta—. Buen intento.

—Puedo probarlo —aseguró Elodie, logrando captar su atención—. Usted posee habilidades sobrehumanas, ¿no es así?

—¿Qué fue lo que dijiste? —respondió de inmediato.

—Lo que escuchó —sostuvo—. Ambos tienen poderes sobrenaturales, dones que arrastran desde su vida pasada.

—¿Qué? —soltó, completamente confundido—. ¿Tú también?

—Esto debe ser una broma de mal gusto —murmuré para mí misma—. ¿Desde cuándo sabes esto?

—Como dije, es complicado —repitió ella.

—Entonces hazlo sencillo —reclamó Henry—. De lo contrario, me iré ahora mismo.

・ .† .・

—¿Qué es este lugar? —preguntó él.

—Nuestro secreto —palmeé delicadamente su espalda mientras caminaba hacia la cabaña—. Tenga cuidado por dónde pisa, su majestad.

—Necesito un minuto —pidió, buscando entre sus cosas—. Aquí está.

—¿Una espada? —gruñó—. No puedo creer que las seguí hasta aquí solo por una espada.

—¿Qué tiene que ver Calypso en todo esto?

—Al dártela, te conté que le había pertenecido a una vieja amiga. ¿Lo recuerdas? —asentí—. Eras tú… o bueno, lo fuiste.

—¿Lo fui?

—¿A qué te refieres con eso? —preguntó Henry.

—No es la primera vez que nos conocemos, Elena —confesó—. Ya lo habíamos hecho antes, en tu vida pasada.

Sus palabras me tomaron por sorpresa.

—¿Y qué tengo que ver yo con todo esto? —habló de repente—. Por favor, habla con claridad.

—Fueron condenados —soltó sin más—. Están destinados a reencontrarse en todas sus vidas, muriendo una y otra vez por toda la eternidad.

—Veo que no fuimos muy populares —bromeó Henry, pero a nadie le dio gracia—. Suena algo exagerado.

—¿Entonces cómo es que seguimos con vida? —pregunté.

—No son solo ustedes dos los que están condenados… También Elijah Relish.

—¿Por qué? ¿Quién nos haría esto?

—No lo sé —me dijo—. Lo único que supe fue que habías sido condenada, ni siquiera me dijeron por qué.

—¿Y qué hacemos ahora? —preguntó él—. ¿Hay algo que debamos hacer al respecto?

—Por ahora, solo quédense en el castillo —contestó—. No se muevan de ahí hasta que logre hablar con Elijah.

—Tal vez podamos ayudar —la miré.

—Es cierto, podrían buscar algo que nos ayude a romper la condena.

—¿Y cómo hacemos eso? —Elodie alzó los hombros al oírlo.

—Intenten recordar algo de su pasado —dijo—. Y manténganse juntos. No quiero que se pierdan de vista.

—Creo que sería mejor si fuéramos por separado —propuso él—. Después de todo, si estamos juntos, corremos riesgo de morir.

—Buen intento, su majestad —sonrió sin ganas.

—Por extraño que parezca, Henry tiene razón —me costó decir—. Sería muy arriesgado permanecer juntos.

—Suficiente —remarcó la palabra, claramente harta—. Dejen de lado cualquier conflicto personal y concéntrense en intentar salvar sus vidas.

Elodie había partido hacia el pueblo, dejándonos solos y aturdidos. Ambos estábamos repletos de preguntas y, a pesar de eso, ninguno se atrevía a decir algo. Ciertamente, el silencio parecía ser la mejor respuesta.

—Esto es ridículo —habló por fin—. No podemos quedarnos aquí todo el día sin hacer nada.

—¿Y qué sugieres? —pregunté.

—Esperaba que me lo dijeras —sonrió—. Creí que lo sabías todo.

—Tú… —lo señalé—. Es cierto.

—¿Qué?

—Creo que tengo una idea.

Recordé que una vez había leído un libro sobre la reencarnación. Lo único que debíamos hacer era encontrarlo. ¿Qué tan difícil podía ser?

—¿Estás segura de que lo viste por aquí? —preguntó por quinta vez.

—Te puedo asegurar que está en alguna de estas repisas.

Habíamos comenzado la búsqueda y la pila de libros crecía cada vez más. Libro tras libro era rechazado, comenzando a colmar la ya escasa paciencia de Henry.

—¿Qué tenemos aquí? —sonreí sosteniéndolo entre mis manos.

—¿Lo encontraste?

Negué con la cabeza.

—¿Entonces qué es eso?

—Es mi libro favorito —contesté sin mirarlo—. Creí que lo había perdido.

—Déjame adivinar… ¿cultura india? —se interrumpió—. No, seguro es sobre los significados de los obsequios.

—Casi —respondí sarcásticamente—. Fantasía.

—¿Fantasía? —habló para sí mismo—. Estoy sorprendido.

—Basta —dije y él sonrió—. No podrías entenderlo.

—En efecto, no logro entenderte —sonreí—. Aunque es posible que al libro sí.

—Se trata de una princesa que fue despojada del trono injustamente… Pero los dioses le regalan una corona de diamantes que le permite reconocer las mentiras de las personas.

—Bastante generosos...

—De niña, siempre lo leía —confesé—. Deseaba ser como esa princesa. Quería con toda el alma una corona de diamantes como la que ella tenía.

—Pero, imagino que ya debes tener muchas coronas.

—No como esa —respondí—. Adelante, puedes llamarme caprichosa.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.