El clan de los condenados

Capítulo 16

Elodie se había marchado hacía ya diez horas. La ausencia de noticias comenzaba a tornarse inquietante. Vagaba por los pasillos del palacio, buscando con desesperación una salida a esta angustiosa incertidumbre, acompañada únicamente por el eco solitario de mis propios pasos.

—¿Henry? —dije al verlo sentado en el piso—. ¿Qué estás haciendo aquí? Es muy tarde.

—No podía dormir, no sin terminar de leer el libro —dijo sacudiéndolo.

—¿Encontraste algo más?

—“Dada la naturaleza de las reencarnaciones, las posibles condenas pueden ser de cualquier tipo, con excepción de la exterminación directa del alma. Se basa en sufrimientos que padecen los seres que no han sido considerados dignos de presentarse ante el uno que es todos”. —citó.

—Es escalofriante —el asintió.

—Fue lo único que pude averiguar sobre las condenas. Por otra parte, es más de lo que creí que encontraría.

—¿Será posible poder deshacer la condena? —él se quedó en silencio.

—Personalmente, no lo creo —desordenó su cabello—. Las condenas no se ven como un camino que tenga un retorno, me parece que es todo lo contrario.

—Yo creo que tenemos un poco de ventaja… Al menos sabemos dónde están las tres partes de la condena.

—Estoy de acuerdo… —se incorporó y comenzó a caminar hacía la puerta; luego se detuvo y habló—. Que descanses, Elena.

—Henry… espera —el me miró—. ¿No estás asustado?

—Un poco —respondió después de unos segundos—. Pero, honestamente más me asusta ver en lo que se ha convertido mi vida.

—Al contrario, a mi parecer tu vida obviamente ha mejorado.

—No porque me haya convertido en rey quiere decir que este feliz de serlo —aseguró—. Dicho de otra forma, soy más infeliz que nunca.

—¿Es decir que eras feliz con tu vieja vida? Las únicas noticias que recibíamos de ti eran que habías abandonado completamente tus deberes. Estabas completamente fuera de lugar refugiándote en fiestas plagadas de mujeres y alcohol.

—A lo mejor ese era el tipo de lugar al cual pertenecía. Al menos ahí si era capaz de tomar mis propias decisiones.

—Tú impones las normas, tú marcas las condiciones. Eres el rey por dios santo. —dije tratando de mantener la calma—. Tu palabra es la única que tiene peso entre las demás.

—Mi palabra es la última que quieren escuchar —contestó—. No he tomado una buena decisión desde que asumí y quizás nunca lo haga.

—No, no estoy de acuerdo —Henry sonrió sarcásticamente—. Aún eres joven, lo harás mejor.

—¿Por qué no puedes aceptar el hecho de que no todos deseamos formar parte de la realeza? —soltó histérico—. Algunos simplemente no nacimos para esto.

—Increíble, eres el hombre ingrato que he conocido en toda mi vida —gruñí—. ¿Es que no te has dado cuenta la suerte que tienes?

—A lo mejor y no te has dado cuenta solo estas cegada por una imagen vacía, algo meramente superficial.

—Tal vez —murmuré—. Pero lo arriesgaría todo porque me dieran al menos un poco de la confianza que te dan a ti solo por ser hombre.

Aquello pareció sorprenderlo; quedó en silencio, como si mis palabras lo hubieran dejado aturdido, sumido en una sordidez que no esperaba mostrar.

—Jamás entenderé tu obsesión con la corona —soltó girando su cuerpo hacía la salida, pero antes de cruzar habló una última vez—. Y te equivocas…para mí, tú palabra tiene más peso que de la mayoría de las personas que conozco.

・ .† .・

—Buenos días —murmuró entrando a mi habitación—. Perdóname.

—¿En dónde habías estado? —La abracé con fuerza—. Estuve toda la noche preocupada por ti.

—Elijah estaba desaparecido, estuve buscándolo hasta el cansancio… Pero finalmente apareció cerca de un rio, al este.

—No puedo creerlo. ¿Él está bien?

—Si, no te preocupes por nada.

—No sería justo dejarte sola con todo esto.

—Ya hablé con él, solo nos queda esperar a que esto termine y Henry vuelva a su reino.

—Elodie…

—Elena —dijo agarrándome de los hombros—. Vas a casarte, concéntrate en eso.

¿Cómo podría hacerlo?

Esto ni siquiera es como pensé que sería el día de mi boda. Nunca imaginé tener que fingir una sonrisa al verme en el espejo, todo se veía tan perfecto que hasta llegaba a molestar a la vista. ¿Cómo algo puede verse tan perfecto y sentirse tan imperfecto a la vez? No reconocía lo que veía frente a mí. ¿Cómo iba a hacerlo? Mi madre había se había encargado de todo, desde el diseño, hasta el color del vestido. No me quejé, después de todo mis opiniones solo son escuchadas por mis propios oídos.

—¿Puedo pasar? —murmuró parado junto a la puerta.

—Por supuesto majestad, los dejaré solos.

Al verlo no pude evitar soltar una pequeña sonrisa, era curioso como habían resultado las cosas entre nosotros.

—Te ves hermosa —dijo, sorprendiéndome.

—Gracias… es un hermoso vestido.

—Luce bien en ti —sonreí—. Aunque siendo honesto, imaginé que usarías otra cosa.

—¿Algo como qué?

—Ya sabes, algo más… tú.

Forcé una sonrisa. ¿Era tan obvio?

—De hecho, me alegra que estés aquí. Tengo algo para ti.

—¿Algo para mí? —preguntó sin dejar de sonreír—. Eso es nuevo.

Tomó el regalo entre sus manos, y su sonrisa, leve pero genuina, fue suficiente para iluminar la habitación entera.

—No es nada especial, pero... —me interrumpió.

—Elena... —susurró deshaciéndose de la envoltura—. ¿Por qué?

—Me gustaría que lo conservaras —él no dijo una palabra, solo se quedó observando el libro que me había acompañado por tanto tiempo—. Además, el príncipe de la historia es encantador, tal vez podrías aprender algo de él.

—Tomaré nota —negó divertido—. Gracias, princesa.

Henry vestía un fino traje negro que hacía resaltar el intenso azul de sus ojos. Su cabello ondulado siempre estaba desordenado y sus risos, a pesar de ser de un color tan oscuro como la misma noche le daban un cierto aspecto angelical.




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