El clan de los condenados

Capítulo 17

—Solo me gustaría decir que me enorgullece estar celebrando esta unión —comentó mi padre, alzando una copa del más fino vino—. Un brindis por Magnus y Elena… que su amor sea tan fuerte como el de nuestras naciones.

Todo era celebración. El alcohol se sentó junto a las anécdotas, las promesas conversaban con los sueños, y yo solo fingía sonrisas, forzaba risas, en el mismo lugar solitario y aburrido de siempre. Hambrienta de vida, sedienta de felicidad. Cansada de sentir este frío, que solo me cubre a mí. Mientras tanto, él estaba sentado enfrente, tan cerca, pero al mismo tiempo tan lejos. Limitándose a escuchar, observar… a todo menos a mí. Desearía tener el valor de leer sus pensamientos, pero no sé si quiero conocer las respuestas a todas mis preguntas. Y aunque intento disfrutar de estos recuerdos hermosos, la lluvia no deja de caer en mi interior.

—Cuéntame, ¿qué sucede? —preguntó Elodie sentándose a mi lado—. Te conozco perfectamente como para saber que algo está mal.

—No sé de qué hablas, estoy más que bien —traté de esbozar la mejor sonrisa.

—Puedes engañar fácilmente a todos, pero no a mí —respondió—. Dime, ¿qué sucede?

—Nada… solo creo que estoy algo confundida con todo este asunto de la boda.

—Pero creí que esto era lo que querías —negó, confundida—. Casarte lo más rápido posible.

—Oh, sí. Por supuesto —reí y no pude evitar darle un rápido vistazo a Henry—. Seguramente solo es la emoción del momento. Todo esto es nuevo para mí.

—No es posible —soltó, abriendo la boca, intentando no alzar la voz—. Lo amas.

—¿Qué?

—Amas a Henry —negué repetidas veces—. No puede ser en serio… lo amas.

—¿Podrías bajar la voz? No, no lo amo —volví a mirarlo—. Solo estoy confundida, eso es todo.

—No. Te enamoraste de él —sentenció, cruzándose de brazos—. Y no sería la primera vez.

—¿Cómo? —pregunté acercándome más—. No me digas que esto ya pasó antes.

—No solo te enamoraste de él en esta vida… también lo hiciste en la anterior —sonrió, mirándolo—. Por eso me resultaba extraño que se llevaran tan mal.

—No lo soporto —Elodie me miró como si ni siquiera yo creyera en mis propias palabras—. Lo digo en serio.

—Está bien, Elena, te creo —alzó las manos. Era obvio que mentía.

—Además… —levantó las cejas con una sonrisa triunfadora—. No importaría si tuviera sentimientos por él. Lo nuestro es más que imposible.

—Eso no es cierto.

—Acabo de casarme con su primo, él es el rey de la nación que más conflictos ha tenido con la mía, y creo que no hace falta mencionar que ambos estamos condenados a morir.

—Está bien, si lo pones de esa forma… puedo llegar a ver algunos problemas. Pero si lo amas, nada debería importar. Solo ustedes dos.

—Afortunadamente no lo amo, ni él a mí —sonreí—. Así que no tiene sentido seguir con esta conversación.

—Como digas, princesa. Solo espero que no te arrepientas —puso la mano sobre mi hombro—. Ya lo dejaste escapar una vez… no cometas el mismo error.

No puedo aceptarlo. Definitivamente no tengo sentimientos encontrados hacia Henry. La idea golpea mi cabeza como si lo hicieran con un martillo.

—Eres hermosa —susurró cerca de mi oído—. Esposa.

—Gracias —sonreí, ocultando mi nerviosismo—. Esposo.

—¿Está todo bien? Estás un poco extraña.

—Sí, estoy algo cansada, solo eso.

—Entonces ve a descansar hasta que te sientas mejor —dijo, colocando sus manos en mi cintura—. No te preocupes por los invitados, yo me ocuparé de todo.

—No te dejaré solo con todo esto.

—Está bien, cariño. Nadie notará si te ausentas un par de horas —sonrió antes de dejar un corto beso en mis labios.

Acepté sin decir nada más. Y con la mente nublada y la creciente guerra en mi corazón, salí del castillo sin rumbo alguno. Caminando a ciegas entre el oscuro y solitario bosque. Tal vez lo que sentía era solo lo que quedaba del amor que alguna vez sentí por él. Una simple ilusión. Un amor que no era mío.

La luna se compadeció de mí, mostrándome el camino a un lugar familiar: la cabaña.

—Elena —habló antes de que la puerta se cerrara—. ¿Qué estás haciendo aquí?

—¿Qué haces tú aquí?

—Te vi salir del castillo y vine a ver si estabas bien.

—¿Me has estado siguiendo? —pregunté, alzando una ceja.

—Tal vez —reí al notar la vergüenza en su rostro—. No te emociones... Solo soy un caballero.

—¿Desde cuándo? —Henry me miró con una expresión de molestia, y caminó hacía mi.

—Entonces, ¿está todo bien?

—Si… Solo estoy un poco cansada, eso es todo.

Asintió sin mirarme, moviendo la punta de los pies de arriba abajo. Parecía estar pensando en algo.

—¿Eres feliz? —preguntó de repente, desconcertándome por completo—. ¿Eres feliz con todo esto?

—Sí —mentí, por alguna razón estaba mintiendo—. Por supuesto… ¿por qué lo preguntas?

—No lo sé… deberías estarlo —sonrió, mirando sus manos—. Me refiero a que, Magnus es increíble. Él va a cuidar bien de tus sueños.

—Lo sé —el silencio desgarró las paredes, y la incomodidad crecía cada vez más.

—Debería irme —dijo finalmente—. Mañana debo regresar a mi reino.

—¿Te irás? —me acerqué a él—. ¿Tan pronto?

—Si, así es… —dijo y dejó escapar un suspiro—. Pero es lo que queríamos, ¿verdad?

—Sí… fue un placer haberte tenido aquí —respondí apenas—. No fue tan desagradable como creí que sería.

—Sí, bueno… tú no eres tan malcriada como recordaba —rió antes de regalarme una última mirada.

Sentí el vacío más desgarrador al verlo caminar hacia la puerta, sabiendo que se iría para siempre de mi vida. Nunca lo volvería a ver. Este era el final. Nuestro final.

Pero, de pronto… justo antes de poner un pie afuera, se detuvo, estático, con la vista perdida en la oscuridad de la noche. Giró su cuerpo y se acercó hasta estar a centímetros de mí.

—¿Puedo preguntarte algo? —asentí sin dejar de mirarlo—. ¿Lo amas?




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.