El clan de los condenados

Capítulo 18

Las consecuencias de mis actos se habían esparcido como una fiebre, y la única que se enfermó fuiste tú. ¿Qué podría haber dicho para resucitarte? ¿Habrías vuelto al escuchar mi voz? Necesito regresar el tiempo y ser yo quien se desvanezca. Me niego a vivir en un mundo donde no pueda abrazarte, donde el sonido de tu voz ya no exista. Mi dulce Elodie… ¿habrás recibido suficiente amor? ¿Tuviste, aunque sea por un instante, una vida feliz? Es injusto tener que cubrir su cuerpo con una simple sábana, como si la dignidad pudiera envolverse con tela. La cargué con mis propios brazos, junto con el peso insoportable de haber sido la causa de su muerte. Pasaré la eternidad amándola en las mañanas, esperándola en las tardes y llorándola en las noches.

—¿Elena? —dijo una voz suave entre la niebla de mi dolor—. ¿Estás bien?

—¿Dejarías que entierre a Elodie aquí? —pregunté, sin apartar la vista del suelo.

—¿Elodie? —respondió, reconociendo el cuerpo sin vida—. ¡Entra, rápido!

Mis piernas ardían; había caminado sin detenerme, como si el movimiento pudiera mitigar la culpa. Había llegado al pueblo casi sin darme cuenta.

—¿¡Qué sucedió!? —exclamó—. Elena, háblame, por favor.

—Fue mi culpa… —murmuré, apenas audible—. Yo provoqué esto. Por mi culpa asesinaron a Elodie.

—¿Quién hizo esto? —musitó con la furia temblando en su voz—. ¡Debemos ir a la policía ahora mismo!

—No… no puedo. —talle mi vestido con rabia, manchando mis manos con la sangre seca—. No puedo volver al castillo. ¡No quiero estar en ese maldito lugar nunca más!

—Está bien —dijo, acercándose con cautela, como si yo pudiera romperme con el más mínimo roce—. Cuéntame qué pasó.

Elijah tomó mi rostro entre sus manos, intentando sostenerme, como si al tocarme pudiera evitar que me desmoronara por completo.

・ .† .・

—¿Estás lista? —preguntó Elijah, sosteniendo la pala con la que había sepultado a Elodie.

—No estoy segura si puedes oírme, pero si lo haces… quiero que sepas que siempre serás la causante de mis risas, la dueña de mis sonrisas y la culpable de mis lágrimas. Me aferro a la idea de volver a verte. Eso me dará fuerzas para seguir. Intentaré no buscarte en otras personas. Contendré las ganas de quebrarme cada vez que quiera contarte algo y no estés ahí para escucharlo. Hoy me iré a dormir pensando que hablaré contigo mañana. Pensando que serás la primera persona que veré al despertar. Por siempre cargaré con esta culpa. Y cuando finalmente muera, le pediré a Dios que me permita verte, aunque sea por un segundo. Adiós, Elodie. Te amo más que a nadie en el mundo… y siempre lo haré.

—Tranquila, todo estará bien —dijo Elijah abrazándome—. Lo prometo.

Los fuertes golpes en la puerta nos sobresaltaron.

—Lo siento, la panadería está cerrada —dijo Elijah, acercándose. Henry empujó la puerta con fuerza.

—¿¡Qué crees que haces!? —le gritó Elijah.

—¡Elena! —exclamó desde afuera—. ¡Sé que estás aquí!

—¡Lárgate! —le dije—. ¿¡Cómo te atreves a venir después de lo que hiciste!?

—Tienes que creerme. Yo no le dije nada a Katerina —se defendió, juntando ambas manos con desesperación—. Ella me siguió y nos vio juntos en la cabaña.

—Mientes —respondí con frialdad—. ¡Lárgate, ahora!

—Lee mi mente —suplicó—. Te lo ruego, Elena. Estoy diciendo la verdad.

No sabía si lo hacía por amor o por desesperación, pero me adentré en su mente… y lo confirmé. El decía la verdad.

—Está bien —murmuré. Henry sonrió aliviado.

—Igualmente quiero que te vayas. No puedes estar aquí.

—No iré a ningún lado —respondió—. No voy a dejarte sola.

—Esperen… —intervino Elijah—. Elodie dijo que moriríamos al reencontrarnos.

El silencio cayó sobre la panadería. Unos segundos pasaron como siglos, esperando que el destino se cumpliera. Pero nada ocurrió.

—¿Ya estamos muertos? —preguntó Henry, abriendo un ojo con cautela.

—No me importa —dije, caminando hacia la mesa—. Solo necesito tomar unas cosas y me iré.

—¿A dónde crees que vas? —se cruzó de brazos—. Espero que no estés pensando en volver al castillo.

—Voy a matar a Magnus —solté. Ambos se miraron, horrorizados—. Pagará por lo que le hizo a Elodie.

—Eso no resolverá nada. No ensucies tus manos —pidió Elijah, tomando mi brazo con suavidad—. Es mejor si nos vamos lejos de aquí.

—Perdón… ¿y tú quién eres? —no espero respuesta—. No se irá a ningún lugar contigo.

—No iré a ninguna parte hasta no matar a Magnus —dije con firmeza—. No intenten detenerme.

—¿Crees que eso te hará sentir mejor? —insistió Elijah—. Esto no hará que ella regrese.

—Bien —fue lo único que dijo—. ¿Qué tenemos que hacer? ¿Cuál es el plan?

—¿¡Qué!? —replicó Elijah—. ¿Acaso estás loco? ¡Quiere asesinar a alguien!

—No la harás cambiar de opinión —susurró Henry cerca de él—. Nos irá mejor si la ayudamos que si intentamos detenerla, créeme.

—Entiendes que iremos a matar a tu primo, ¿verdad?

—Ayer era mi primo —respondió—. Hoy solo es la persona que hizo llorar a la mujer que amo.

—Bien… —soltó Elijah, frotándose el rostro con cansancio—. ¿Qué tenemos que hacer?

—Tengo que buscar unas cosas. Necesito mi espada.

—No hará falta —intervino Henry, mostrando una bolsa—. Antes de venir pasé por la cabaña y traje todo lo que creí que te haría falta.

—Henry… gracias.

—Iré a buscar mis cosas —anunció Elijah—. Dudo que podamos regresar a Inglaterra después de esto.

—Mira el lado bueno —añadió Henry—. Podremos conocer el mundo.

Elijah lo fulminó con la mirada.

—Gracias por venir —dije finalmente—. Perdóname por lo de hace rato… por todo, en realidad.

—No te preocupes —respondió Henry—. Entiendo por qué lo hiciste. Tengo que madurar de una vez.

—No. Fue tonto pensar en vivir una vida lejos de ti —él sonrió, y sus ojos brillaron con esa luz que me era tan familiar—. Te lastimé cruelmente, haciéndote creer que me importabas menos que la corona. Pero tú eres más importante que cualquier otra cosa. Significas más que cualquier título.




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