—Malas noticias, la cabaña está vacía —avisó Suhan, bajando por las escaleras—. Mierda.
—¿Qué hacen todas ustedes, condenadas, en mi casa? —habló, caminando hacia el interior del sótano.
—Vaya, tenemos una admiradora —dijo Vidarissa—. ¿Cómo sabes quiénes somos?
—El libro me lo dijo. Susurra sus nombres —sonrió de forma extraña—. Me advirtió que vendrían.
—Tal vez debiste escucharlo —sugirió Elena—. Seguro lo hizo por una buena razón.
—No me hagas reír, solo son el producto de la imperfección —relamió sus labios—. El resultado de un error, la condena por un crimen, el castigo de un pecado.
—Nada de lo que dices tiene sentido —expresó Suhan.
—Lo tendría si fueras más inteligente —retrucó, haciendo que, de no ser por Elena, se le hubiera abalanzado encima.
—No vinimos a charlar —Skylar dio un paso al frente—. Solo queremos que nos des el libro.
—¿Para qué? ¿Creen que les servirá de algo? —preguntó entre risas—. Las condenas no se rompen. El destino siempre se cumple… Y el suyo es vivir y morir en un eterno sufrimiento.
—Solo te pedimos un segundo con el libro —mencionó Minakuri—. Luego no nos volverás a ver, lo prometemos.
—No —respondió, mirándola fijamente—. Si lo quieren, tendrán que arrancarlo de mi cadáver.
—Como quieras —pronunció Vidarissa.
—¡Esperen! —grité, mirando a Sinka—. ¿Qué haces?
—¿A qué te refieres?
—Estás jugando.
—Vaya —sonrió ampliamente—. Discúlpame, es solo que estoy impaciente por ver de qué está hecho el clan de Vidarissa, la traidora.
—No soy una traidora —declaró con molestia—. No tienes idea de lo que estás hablando.
—¿Quieres el libro? —dijo de repente—. Te propongo un trato.
—No —le dijo Minakuri—. No la escuches.
—Vamos... ¿No lo quieres?
—Basta —ordenó Skylar—. Silencio.
—Habla, Vidarissa... ¿Qué piensas?
—Por Dios, estas cosas me hacen extrañar a Calyssta —soltó Suhan.
—¿Calyssta? —Sinka la miró con confusión—. Claro... lo había olvidado. Tú eres la hermana de esa maldita bruja.
—Entonces la conoces... —le dijo Vidarissa.
—La odio.
—Pues haz la fila —comentó Elena.
—Sinka —ella me miró—. Basta de juegos, solo danos el libro.
—Tú, pequeña niña temerosa —se acercó—. Tú destino es el más doloroso y solitario de todos. ¿Acaso no te das cuenta de que se están aprovechando de ti?
—Detente —pidió Elena.
—Te usan —susurró—. Por qué tu tienes algo que ellas nunca podrán volver a tener… La vida.
Fue lo último que alcanzó a decir cuando Skylar, sin moverse, hizo que Sinka se estrellara contra una de las paredes del sótano. Vidarissa empuñó a Calypso y corrió tras ella, moviéndose al compás con la espada, dejándose llevar por esta.
—Creo que tener solo una espada te está afectando el equilibrio —se burló—. Eres muy lenta. ¿Así te haces llamar hija de tu padre?
—¡Cállate! —Calypso estaba a centímetros del cuello de Sinka, deseoso de cortar la carne de la bruja romana.
—Siento lástima por él —sonrió con malicia—. Una hija lo traiciona y la otra ni siquiera fue a dejarle flores cuando murió.
—Detente —ordenó Elena, atrapando a la bruja, formando candados de energía en sus manos y piernas, mientras Minakuri ayudaba a Vidarissa a levantarse.
Elena intentó ahorcarla con su energía, pero ella fácilmente se soltó, haciéndola impactar contra Suhan, quien había venido a atacar.
—Busca el libro —murmuró Skylar.
Ambas se miraron, y Sinka soltó una especie de frecuencia que resonó en la cabeza de todas. Me retorcí de dolor en el suelo; se sentía como miles de cuchillos atravesando mi cabeza.
—¿Les duele? Es un viejo truco para las que tienen esa influencia sobre la mente —soltó—. “Frecuencia cero”.
Mi cerebro sangraba, estaba segura. Traté de girar mi cuerpo y vi cómo Elena y Suhan estaban igual que yo. No muy lejos, Skylar se incorporó y arrastró a la bruja fuera de la cabaña, haciendo un gran agujero en el techo.
—Vamos, hay que seguirlas —escuché a Vidarissa.
Al cruzar la puerta, Skylar impactó a centímetros de nosotras, rompiendo la pared de la cabaña. Rápidamente la ayudé a levantarse. Vidarissa tomó distancia viendo como Sinka se acercaba y lanzó Calypso hacia ella. El rostro confiado de la bruja se desvaneció cuando no fue capaz de desviar la espada con su magia, terminando por atravesarle el hombro.
—¿Te duele? —dijo con un tono burlón—. Solo es un truco que le agregó un viejo amigo. Solamente yo puedo controlarlas.
—Maldita condenada —escupió, sacándose la espada del hombro.
Nos cubrió con su magia oscura, golpeándonos contra el suelo repetidas veces. Elena creó unas runas que lo contrarrestaron, mientras Suhan generaba un campo de fuerza que nos encerraba dentro.
—Busca el libro —le dije a Minakuri.
Sinka se movía de un lado a otro, lanzando estallidos de energía oscura hacia Skylar.
Me concentré. Imaginé cómo su pierna se rompía. Tenía que funcionar. Ella gritó de dolor en el momento en que su pierna se partió en dos, provocando su ira. Alzó la mano e invocó una lluvia de fuego que comenzó a formarse arriba de nosotras. Yo junté ambas manos y las deslicé hacia los lados, formando un campo de fuerza que utilicé como escudo. Un fuerte estruendo abrió una especie de brecha en el cielo; la lluvia de fuego cesó. Mis ojos se abrieron de más al ver manos que comenzaron a emerger del suelo, agarrándome y arrastrándome hacia abajo. Serpientes se desprendían de aquellas manos de aspecto putrefacto, con la carne quemada y expuesta. Se deslizaban hasta llegar a mi cuello. Las escamas lastimaban mi piel, la serpiente se enrollaba a mi alrededor, ahorcándome y quitándome el poco aire que me quedaba. La desesperación nubló mi juicio. El miedo se apoderó de mí, haciéndome incapaz de pensar con claridad en una forma de salir, bloqueando todos mis poderes. Con el tiempo, mis párpados comenzaron a cerrarse.