—Deberíamos irnos —sugirió Minakuri—. Se está haciendo de noche.
—¡Esperen! —gritó abandonando la cabaña—. Elena no está, no puedo encontrarla por ningún lado.
—Que extraño, estaba aquí hace una hora —le dijo Vidarissa.
—Pero ya no está, tenemos que buscarla.
—Tal vez haya vuelto al hotel —Suhan negó al oírme.
—¿Sin nosotras? —me dijo—. No tiene sentido, ella no haría eso.
—Tal vez haya pasado algo —respondió Vidarissa—. Tal vez no se sentía bien y regresó a la ciudad.
—No se iría sin avisar. ¿Ustedes lo harían? —ninguna respondió, no hizo falta—. Ahí lo tienen.
—De todas formas, no nos quedaremos aquí, debemos regresar a Londres —oí a Skylar.
—No nos iremos sin Elena —sentenció—. No me subiré al auto.
—Es cierto —contestó—. Será mejor que vayamos volando.
—¿Qué? ¡No!
—Sí, tienes razón —le dijo Vidarissa.
—¿Me están ignorando?
—Suhan, ella no está aquí —Skylar puso una de las manos en su hombro—. ¿La oyes pensar? Porque yo no puedo hacerlo.
—No —contestó mirando al suelo—. Está bien, vamos.
Regresamos al hotel, pero no había rastros de Elena, lo que enfureció aún más a Suhan. Decidimos formar dos grupos para buscarla, y a mí me tocó hacerlo junto a ella.
—¡Elena! —gritó alterada—. ¡Elena! ¿Dónde estás?
—Podríamos buscarla desde un punto más alto —propuse—. No creo que encontremos nada entre estos edificios.
—¡Es una gran idea! —festejó—. Fíjate si ese edificio tiene alguna entrada trasera, y yo me fijare en aquel.
—Bien.
Rodeé el edificio, cruzando los dedos, con la esperanza de encontrar una puerta trasera. Sonreí para mí misma al leer "Salida" escrito en la puerta. Me acerqué para comprobar si estaba cerrada, cuando de repente se abrió, golpeándome directamente en la frente.
—¡No puede ser! —escuché decir—. Soy un imbécil, ¿Estás bien?
Ahí estaba él, parado frente a mí, extendiendo su mano con una sonrisa avergonzada. Me pregunté si se habría dado cuenta de la forma en que lo miraba. Y es que, ¿cómo no hacerlo? ¿Cómo no querer sonreír? Era imposible no querer mirar esos ojos; tan azules que juraría que fueron creados a partir del cielo más hermoso. Su piel, tan pálida como la niebla, sus rasgos suaves pero definidos, los lunares en su cuello, y las apenas visibles arrugas que se formaban en su frente al reír...
—Estoy bien, no te preocupes —traté de sonreír—. Fue un accidente.
—No, fue toda mi culpa —se apresuró a decir—. Iba tan apresurado que ni me fijé.
—Basta. Ni siquiera me duele.
—¿En serio? —dijo. Parecía no estar muy convencido, así que se acercó para ver más de cerca—. No puede ser, era lo que me temía… tienes un agujero en la frente.
—Muy gracioso —le dije—. Veremos si te sigues riendo cuando vaya a la policía y te denuncie por arruinarme la cara.
—Yo no diría que te arruine la cara —contestó mirándome a los ojos—. Sigues igual de hermosa.
—¿De verdad? ¿O acaso es solo una táctica para evitar la cárcel?
—Es posible... —bromeó—. O tal vez creo que eres hermosa y ya.
—Nunca lo sabremos.
—¿Por qué no?
—Por qué está es la última vez que vamos a vernos.
—¿No quieres volver a verme? —llevó la mano a su pecho, fingiendo que estaba ofendido—. ¿Es por lo del golpe verdad? Debes superarlo, pasó hace mucho tiempo.
—No sé si podré hacerlo, fue muy duro para mi —contesté, añadiendo más dramatismo—. Tengo que irme, estaba buscando a mi... hermana.
—¿Hermana? ¿Novio? —sonrió—. ¿De casualidad son la misma persona?
—Es mi hermana —aclaré—. No tengo novio.
—¿Por qué no?
—No lo sé… no lo había pensado.
—Bueno, hoy es tu día de suerte —su sonrisa se desvaneció en cuanto recordó que tenía prisa—. Debo irme, me estuviste distrayendo… ¿Me darías tu número? Sería lindo volver a verte.
—Sí, claro —respondí—. ¿Cuál es tu nombre?
—Thomas. ¿Y el tuyo?
—Victoria.
—Victoria... —repitió—. El nombre de una reina.
—Vaya, te esfuerzas mucho —sonreí—. Me agrada.
Se quedó en silencio, sin despegar sus ojos de los míos. O eso hacía, hasta que el sonido de una bocina lo sacó de su trance.
—Adiós, Victoria. —me gustaba oírlo decir mi nombre—. Fue un placer conocerte…
—Adiós... —me quedé absorta, mirando como giraba su cuerpo con la intención de irse—. ¡Espera! Tengo una sensación extraña… ¿No nos habíamos visto antes?
—Tal vez me viste en alguna película. Soy actor —fueron sus últimas palabras, porque luego de eso, se perdió entre las personas que caminaban cerca de la acera.
Sí… creo que es eso. Estoy segura de haber visto su rostro antes.
—¿Por qué sonríes así? —habló de repente. Casi me da un infarto. No me había dado cuenta de que Suhan estaba de pie junto a mí.
—¿Así cómo? —reí, intentando parecer lo más normal posible.
—Raro. Me asustas.
—No sé a qué te refieres —contesté, haciendo que entrecerrara los ojos—. Basta… ¿Encontraste algo?
—No. Estoy cansada —soltó—. Vamos por algo de beber y luego seguimos buscando.
—¿Un café?
—Yo estaba pensando en algo más fuerte.
La cafetería más cercana estaba a una cuadra. Al entrar, el suave tintinear de una campana resonó, llamando la atención de un chico detrás de la barra.
—Disculpe, ¿podría darme un café negro? —miré a Suhan—. ¿Tú qué vas a querer?
—Esperen un segundo —dijo el chico—. Atenderé a esas chicas primero y después a ustedes.
Asentí. Mientras observaba los aparadores, pensé que podríamos pedir algunos bizcochos, tal vez unas galletas de chocolate, pero cuando me giré para preguntarle, ella estaba completamente estática, mirando fijamente a la chica rubia que tenía al lado. Intenté moverla, llamarla... pero fue inútil. No respondía.
—¿Yunseo? —susurró Suhan—. ¿Eres tú?
—Disculpa, creo que me confundes con alguien más —respondió la chica, esbozando una sonrisa.
—Yunseo… ¿No te acuerdas de mí? —La chica me miró con desconcierto—. Soy yo, Suhan.