18 de febrero de 1893.
Daegu, Corea.
Dicen que la vida no otorga batallas que no crea que seamos capaces de luchar. Pero ¿qué tengo que hacer? ¿Cuánto más tengo que ahogarme para que finalmente me salven?
No me gusta sentir el frío cubriendo mi espalda, ni tampoco la idea de acostumbrarme a temblar, de abrazarme hasta dejar de hacerlo.
Mis manos siempre estuvieron frías, al igual que sus corazones.
Si lo analizas con detalle, las lágrimas se acaban, sin embargo, el dolor permanece. Y es tan triste que la única mirada de amor que alguna vez haya recibido sea una que yo misma inventé, una que descubrí al ver mi reflejo.
¿Qué sentido tiene desperdiciar aire soplando velas si nunca se cumplen los deseos? ¿De qué sirve regresar a casa si nadie te está esperando? ¿Para qué soñamos si tarde o temprano tenemos que despertar? ¿Qué sentido tiene tratar de amar a alguien que no quiere ser amado?
Me gusta pensar que la soledad nunca llora. Me atrevería a decir que jamás lo hizo, porque sabe que es inmensamente libre.
En un intento por ganarme su atención, vuelvo a caer.
Mis párpados vuelven a cerrarse, no quiero reaccionar.
Duermo y no sueño.
Me pierdo y no logro encontrarme.
Sonrío y no siento alegría.
Me levanto y no vivo.
¿Quién soy? ¿Por qué me siento tan fuera de lugar?
Soy una simple extraña en mi propio cuerpo. Sobreviviendo en aguas profundas sin saber nadar.
¿Esto es el amor?
Volví a limpiarme el rostro. Odio que me escupan.
Deseo que algún día puedan aprender a amarme como yo aprendí a amarlos. Que algún día se den cuenta de cuánto rogué por su amor y qué tan poco se lo merecían.
Solo trataba de encajar; lo único que quería era encontrar un lugar en el mundo.
Deseaba una madre con quien llorar.
Un padre con quien reír.
Y un hermano con quien jugar.
Mi niña interior llora al ver cómo disfrutan hacerme daño.
A pesar de eso, moriría mil veces con tal de recibir una gota de su amor. Me arrastraría y rogaría hasta que mis uñas se quiebren, hasta que mis pies sangren y mis rodillas ardan en rojo vivo.
No contaba con que el mundo me dejaría en un lugar donde solo encuentro ojos llenos de desprecio y palabras impregnadas de asco.
Mi alma muere lentamente, y a nadie le importaba.
Me arruina mentalmente no comprender qué fue lo que hice mal.
¿Qué parte de mí debo entregar?
En la cumbre, la luz me iluminó, mostrándome que nada iba a cambiar.
Diciéndome que quien debía cambiar… era yo.
—¿Puedo comer con ustedes? —pregunté viéndolos acercarse a la mesa—. Prometo no molestar.
—¿Lo prometes? —soltó una risita—. Tú molestas incluso cuando no estás cerca.
—¿Puedo? —insistí—. Por favor.
—Siéntate —contestó mi padre—. Pero quédate callada.
—Gracias —dije tratando de ocultar mi sonrisa.
—Quiero casarme con Jun, mamá —habló mi hermano—. Habla con sus padres, tienes que convencerlos.
—Mi cielo, su familia no tiene muy buena posición económica —contestó ella—. Tú mereces a la mujer perfecta.
—Ella es la mujer perfecta. Es más, estoy enamorado de ella, no me importa su dinero —dijo—. Ayúdame, te lo ruego.
—Corazón…
—Hazlo por mí, mamá —sonrió, y mi madre, como siempre, terminó aceptando.
—Te prometo que haré hasta lo imposible para que te cases con esa joven —sonrió.
—¿Al menos la chica es linda? —preguntó mi padre—. ¿Por qué tanto alboroto?
—Es la más hermosa —sonrió—. Es tan delgada como una hoja.
—Es bueno saberlo. No quiero que termines casado con una mujer del doble de tu talla.
—No digas esas cosas, querido —dijo mi madre—. Nuestro Seojoon jamás haría algo así.
—Tú. —me señaló—. Mañana es tu boda con el hijo de los Kang. Espero que hayas estado preparándote adecuadamente.
—Sí. Hice todo lo que me pediste —dije—. Solo que aún no estoy del todo convencida.
—¿Crees que nos importa lo que tú pienses? —contestó mi madre—. Deja de comportarte como una maldita niña y obedece sin quejas.
—Por tu bien, espero que no nos avergüences mañana —advirtió el—. Si llegas a arruinarlo como haces con todas las cosas, no habrá lugar donde puedas esconderte.
—¿Entendiste? —soltó, tirándome algo de comida a la cara—. Contesta cuando te estamos hablando. ¿No es esto lo que quieres? ¿Que seamos más unidos?
—Entendí —hablé mirando al suelo, sacudiendo los granos de arroz de mi ropa—. Haré que estén orgullosos de mí.
—Eso pasará cuando dejes de ser tan inútil.
Deseo que me toquen sin asco, que me abracen con cariño y, más que nada, anhelo que me amen como a una hija.
Tal vez nací sin encanto. Les pido perdón. Comprendo que no puedo rogar por un lugar; nací sin él. Ustedes siempre tendrán uno en mi corazón. Sé que está desgastado, pero es todo lo que soy.
El mundo nunca entenderá lo triste que me siento. El sol se burla de mí y la luna no desea acompañarme.
No importa si trato de volver a mis recuerdos más felices, mi corazón sigue llorando, sollozando en el interior de ese cajón vacío donde deberían estar todos esos momentos.
Regularmente me encuentro perdida en medio de este laberinto que yo misma creé, preguntándome si es aquí donde debo estar, deseando saber qué es lo que tengo que arreglar, qué parte de mí es la que tengo que cambiar.
Toda la vida me enseñaron a como perder, porque ninguno pensó que podría llegar a ganar, y es que sentirse insuficiente es doloroso, pero no tanto como sentirse despreciado.
Supongo que a veces nacemos en el lugar equivocado.
Aquí hace frio, pero afuera es cálido, me rodea el gris y yo sigo persiguiendo el dorado.
Sus cicatrices se curan y las mías se quedan abiertas.
No importa cuantas veces me diga que ya me he acostumbrado a esto, cada vez duele tanto como la primera.
・통증・