Por fin encontré el amor.
Ese que tanto había estado buscando.
Uno que me acompañaría hasta el final de mis días.
Pero… ¿por qué se sentía de esta forma?
Me encantaría decir que cada noche es un infierno, pero no es así. Todos los días lo son.
De nuevo, suplicando a Dios que me libere de esta pesadilla, rogándole que regrese cansado, agotado, sin fuerzas para buscarme, que, por una vez, se olvide de mí.
Con el paso de los días, mi alma se separa aún más de mi cuerpo. Harta, hambrienta de libertad.
No la culpo… yo también trataría de huir si pudiera.
El hogar que había construido solo es un eco de sollozos que desgarran las paredes en la oscuridad.
Mi voz se quiebra de tanto gritar.
Y mi cuerpo… solo sabe temblar.
Si lo pienso, el único sabor que recuerdo es el de sus dedos en mi boca.
Límpiate otra vez, aún sigues sucia.
Nada me pertenecía, y siento repulsión al rozar mi propia piel.
Mi cuerpo duele, pero más aún mi corazón.
Las lágrimas suavizan esta pena, mientras soy consciente del deterioro de mi ser, dañado, e invadido.
¿Por qué me trata de esta forma? Yo soy su esposa.
Mi boca nunca se abre para hablar.
Mis piernas no se mueven a mi gusto.
Y en mi cuello jamás encontrarás perlas.
Lo he perdido todo… si es que alguna vez tuve algo.
Puedo oír mi alma gritar, suplicar piedad, delicadeza, al menos un poco de cariño.
¿Qué puedo hacer? Solo conozco esto.
El amor me golpeaba, escupía y gritaba. Me hacía sentir la mujer más sucia del mundo.
El amor me profanaba, y descuidaba.
El desgaste de mis uñas reflejaba la agonía. Débiles por el impacto contra la cama matrimonial. Era lo único que me ayudaba a soportarlo; si me concentraba en el agarre, podía ignorarlo todo.
¿Esto era lo que tanto anhelaba? ¿Este es el amor que merezco?
Después de tanto buscar la luz, comprendí que el sol nunca sale de este lado.
・통증・
No tenía noción de los días, estaba perdida últimamente. Los momentos parecían disolverse entre mis manos, y las horas se deslizaban como si nada tuviera importancia. La confusión me envolvía, y las preguntas que se formaban en mi cabeza no hacían más que aumentar. ¿Por qué no estaba allí? Sabía que tenía que encontrarme con mi esposo cerca del lago en el centro. Un lugar que conocíamos bien, uno al que solíamos ir juntos en días tranquilos. Él nunca llegaba tarde, pero aquella vez... algo se sentía diferente. Recorrí el contorno del lago por quinta vez, mis pasos eran más pesados ahora, y la ansiedad comenzaba a invadir cada rincón de mi mente. Miraba las caras de las personas que cruzaban por allí, sus sombras mezclándose con las mías mientras me preguntaba, una y otra vez, si él estaría bien. ¿Estaba seguro? ¿Por qué no aparecía?
Antes de volver al punto de partida, pude divisar a lo lejos una figura muy similar a la de Kino, pero no podía ser él. Sin embargo, a medida que me acercaba, la visión se volvía más clara, y mi estómago se encogió al darme cuenta de lo que estaba presenciando. Ahí estaba Kino, mi esposo, besándose con otra mujer. Una que se aferraba a él como si fuera la cosa más natural del mundo. La imagen era tan surrealista que me costaba procesarla. ¿Cómo era posible?
Fue entonces cuando, en mi intento de escapar de ese torrente de emociones, me topé con alguien. Mis pasos frenaron abruptamente y choqué con esa persona, casi cayendo al suelo. Me detuve, confundida, y al levantar la vista, vi una figura frente a mí.
—¡Perdóname! —solté e hice una reverencia—. Soy una descuidada. Le pido me disculpe.
—No te disculpes, cariño —sonrió—. Fue un accidente.
Una explosión en mi pecho causó una oleada de emociones que se entrelazaban, una mezcla entre lo más absurdo y lo más bello que había experimentado. Fue como si todo lo que había sentido hasta ese momento palideciera frente a lo que comenzaba a despertar dentro de mí.
Esos ojos...
Esos ojos eran los más hermosos que jamás había visto. Tan profundos, tan cálidos, como si todo lo que había estado buscando en el mundo estuviera contenido en esos dos pequeños destellos de luz. Cada vez que me encontraba con su mirada, todo a mi alrededor desaparecía, y solo existíamos ella y yo, compartiendo un instante que parecía eterno.
El café es mi nuevo color favorito, pensé, sonriendo para mis adentros.
—¿Cómo te llamas? —dijo, su voz suave y curiosa, como si realmente quisiera conocerme.
—Mi nombre es Suhan. —respondí, un tanto insegura, pero con una pequeña sonrisa en mi rostro.
—Suhan... Me gusta, nunca lo había oído. —sus ojos se entrecerraron ligeramente, desapareciendo por completo en una expresión que me hizo sonrojar—. Soy Yunseo.
Al escuchar su nombre, algo cálido recorrió mi pecho, y sin poder evitarlo, mi mirada se posó en ella más tiempo del que me hubiese gustado. Parecía una princesa, tan delicada como la más fina flor. Su largo y lacio cabello negro azabache caía suavemente hasta su cintura, casi como un río de sombras brillando bajo la luz del sol. Su mirada, esos ojos tan intensos y profundos, como si pudiera ver mi alma misma. Y su voz, tan melodiosa, que podría escucharla siempre. Su piel, tan suave y radiante, parecía brillar con una luz propia. Si las nubes del cielo pudieran ser tocadas, serían como su piel, etéreas, perfectas. Todo en ella era perfecto, tan así, que era imposible no pensar en ella. No podía dejar de mirarla, ni de admirar la forma en que su presencia parecía transformar todo a su alrededor en algo más hermoso. Y a pesar de todo eso, lo que más me sorprendió fue lo fácil que fue conectar con Yunseo. Como si, en algún rincón del universo, nuestras almas ya se conocieran.
—¿Saliste a pasear? —solté sonriendo como una idiota.
—No en realidad. Estoy esperando a mi prima —contestó—. Se está besando con un hombre en ese callejón de allá.