El clan de los condenados

Capítulo 25

Toqué la puerta más de tres veces, y no hubo respuesta. La incertidumbre se fue apoderando de mí, creciendo con cada segundo que pasaba sin escuchar ese sonido familiar que me indicara que, al menos, había alguien al otro lado. Cansada de esperar, decidí rodear la casa, con la esperanza de que tal vez pudiera echar un vistazo por el patio trasero. El aire estaba fresco, como si algo en el ambiente anticipara una conversación que, aunque deseada, también traía consigo una frio emocional que no sabía si estaba lista para enfrentar. Afortunadamente, ahí estaba ella. Sabía que tenía que dar un paso al frente, pero algo en mi interior me decía que no era el momento adecuado, que no estaba lista para las palabras que inevitablemente surgirían de esa conversación.

—Hola, madre —saludé con timidez—. ¿Cómo estás?

—¿Qué haces aquí? —respondió fría—. Deberías estar atendiendo a tu esposo, o mejor aun tratando de darle hijos.

—Necesito hablar contigo. Solo serán unos segundos —pedí—. Por favor…

De mala gana aceptó haciéndome pasar a la sala de mi vieja casa.

—¿Qué quieres?

—Quiero hacerte un par de preguntas sobre el matrimonio —ella blanqueó los ojos—. ¿En qué momento mejora?

La carcajada exagerada de mi madre retumbó en mis oídos haciendo que apretara mis labios forzando una sonrisa incomoda.

—A veces no entiendo cómo es que tenemos la misma sangre —contestó—. Suhan, nena. ¿Acaso eres idiota?

Negué lentamente.

—Entonces actúa como tal —dijo empujándome—. ¿En qué mundo creer que vivimos? ¿Una tierra mágica? El matrimonio empieza y termina de la misma forma, podrido.

—¿Y tú con papá?

—Ambos nos toleramos. Con los años aprendimos a llevarnos bien, pero no te confundas, no es amor.

—¿Es todo? ¿Solo me queda vivir así? —pregunté—. Él me está haciendo mucho daño, mamá. Me está destruyendo.

—Entonces te construyes de nuevo —musitó—. ¿Crees que yo elegí casarme con tu padre? ¿Crees que yo quería tener esta vida? ¿Acaso piensas que quería tenerte? No, y sin embargo no me escuchas quejándome.

—Siempre te quejas…

—¿Qué dijiste? —usó un tono amenazante.

Mis palabras se atoraron en mi garganta, incapaz de responder. Mi madre se acercó rápidamente, agarrándome del cuello con fuerza. No me atreví a mirar, bajando la cabeza en un gesto sumiso, esperando a que me soltara. Su presión aumentaba, y el silencio entre nosotras era abrumador. Simplemente, me quedé allí, sin poder defenderme.

—Espero que te quede bien claro: si haces algo para molestar a Kino, yo misma te tiraré al pozo más sucio que encuentre. ¿Oíste?

—Si…

—¿¡Oíste!? —repitió.

—¡Si! —respondí cerrando fuertemente los ojos—. Te oí.

—Ahora dilo —dijo y se acercó un poco más—. El amor no existe. Yo no existo.

—Mamá…

—¡Dilo! —gritó.

Sus ojos se clavaron en los míos, llenos de ansias, desesperación e impaciencia, esperando ver cómo me quebraba ahí mismo. Adoraba verme vulnerable; eso la hacía sentirse fuerte.

—El amor no existe... —respiré profundamente y continué—. Yo no existo.

—Largo —escupió—. Vuelve cuando estés embarazada, no antes.

・통증・

—¡Suhan! —dijo con una enorme sonrisa—. ¿Cómo estás?

—Genial —mentí—. ¿Y tú?

—Oh, no… ¿Ya empezamos con mentiras? —me miró divertida—. ¿Cómo confiaré en ti así?

—¿Cómo te diste cuenta?

—No es muy difícil adivinarlo. Tu cara te delata —respondió—. ¿Es por tu esposo?

—No —aseguré—. Es solo que mi madre... Ella y yo, bueno, no tenemos una buena relación.

—Lamento oír eso —se sentó a mi lado en el banco de madera.

—Está bien. Siempre ha sido así. Y siempre lo será.

—Entonces déjalo —dijo—. Olvídate de eso.

—¿Cómo?

—Sí. No trates de entender a quien no se esfuerza en entenderte… La vida es muy corta como para perseguir un amor que no quiere ser alcanzado.

—Pero... es mi madre.

—Lo sé, pero ¿no crees que es agotador?

—Lo es.

—Bueno, entonces deberías comenzar a replantearte si de verdad vale la pena el intento.

—Ya no estoy tan segura como antes —respondí—. ¿Y qué me dices de ti? Por tu forma de hablar, parece que tienes algo de experiencia en esto.

—No lo sé, no creo que mi familia sea el problema —dijo—. Es algo difícil seguirme el ritmo.

—¿Por qué lo dices?

—Lo tengo todo. Padres amorosos, mucho dinero, un buen círculo social… No entiendo. Lo tengo todo, pero ¿por qué siento que no tengo nada? No me siento estancada, pero tampoco siento que avance. Es tan frustrante sentirse perdida. Desperdicias tanto tiempo enfocado en encontrar eso que crees que falta, que inconscientemente comienzas a dejar de lado todo lo bueno que tiene tu vida, lo ignoras y, con el tiempo, lo olvidas. —suspiró—. ¿Te has sentido así alguna vez?

—Tal vez… Me he sentido perdida durante mucho tiempo. Buscando cualquier lugar que me haga sentir parte de algo, que me dé un papel, un significado o un propósito. Algo que me aleje de la soledad a la que estoy acostumbrada —respondí—. No conozco el amor como tú lo conoces.

—Tranquila, creo que ni siquiera yo lo conozco —confesó—. Solo sé lo que se supone que debe ser… Nunca lo sentí realmente. No sé, tal vez nunca lo haga.

—¿Y eso te molesta? —negó.

—No puedo luchar contra el destino. Nadie puede. Solo tenemos que sobrevivir hasta que nos libere.

Yunseo cerró lentamente los ojos, con su cabeza apuntando al cielo.
Podría pasar toda una vida así. En silencio junto a ella. Es curioso, se siente tan cómodo que hasta parece irreal.

—¿Crees que alguna vez dejemos de sentirnos así? —preguntó.

—Eso espero —murmuré—. Aún conservo la esperanza.

—Bien. La necesitaremos —La miré y Yunseo aún seguía con los ojos cerrados—. No me molesta la idea de estar perdida contigo.

No supe que decir. ¿A qué se refería exactamente?

—¿Cariño? —dijo acercándose—. Suhan, ¿Qué haces aquí? Deberías estar en casa.
Kino estaba de brazos cruzados. A su lado, la mujer con la que ya lo había visto antes.




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