El clan de los condenados

Capítulo 26

Tres años después.

—Si pudieras cambiar tu nombre… ¿cuál elegirías? —preguntó.

—No lo sé —respondí acariciando su cabello—. ¿Y tú?

—Me hubiera encantado llamarme como una flor —respondió con una sonrisa—. Gardenia, Magnolia…

—¿Rosa? —propuse. Yunseo volteó y se quedó unos segundos en silencio, sonriendo dulcemente.

—Es perfecto… —dijo, y volvió a recostarse sobre mis piernas.

Era mediodía, el sol caía con suavidad entre las ramas, y nosotras incursionábamos en un parque no muy lejos de la entrada del pueblo. El crujir de las hojas bajo nuestros pies era casi terapéutico, y el aire olía a tierra húmeda y vida nueva. Me gustaban los días junto a ella. Tenían algo… mágico. No sé si era el lugar, la luz, o simplemente su presencia, pero todo parecía detenerse cuando estaba cerca. Había veces en las que este rincón del mundo era el único sitio en el que quería estar. Solo porque estaba ella. Lograba que todo se sintiera en paz. Y mientras la observaba, caminando entre los árboles, con esa sonrisa distraída que me encantaba, comencé a pensarlo con más claridad… Quería tanto ser cómo ella. ¿Cómo no querer serlo? Te ves tan libre, tan ligera, como si el mundo no pudiera alcanzarte. Tan espontánea, inteligente, graciosa. Honesta, considerada, y carismática. Con una forma de existir que hacía que todo a su alrededor florezca, hasta los lugares más comunes se sentirían sagrados. Hacía que, hasta yo, con mis dudas y mis cicatrices, me sienta suficiente. Y por eso, en este bosque, a plena luz del día, entre risas, hojas secas y miradas compartidas, me di cuenta de algo simple pero poderoso:

Para mis ojos, era perfecta.

—Aunque en tu lugar no cambiaría de nombre. Suhan es realmente hermoso —soltó de repente.

—Yo lo elegí —confesé.

—¿Tú lo elegiste?

—No tuve nombre hasta los cinco años. Mis padres me decían “Tú o niña”. —Yunseo me miró atenta—. Un día, cuando caminaba por el parque, escuché a una mujer llamando a su hija. Suhan. Me pareció dulce, distinto, y desde ese día decidí que ese sería mi nombre.

Yunseo tomó mi mano.

—Es hermoso, Suhan. —afirmó con dulzura—. Tú eres hermosa.

Ninguna rompía el contacto visual.

El tiempo dejó de correr, como si el universo, por un instante, hubiese decidido hacer silencio solo para observarnos. Los sentimientos, siempre tan caóticos, ahora hablaban bajito, con voz temblorosa. Dudaban otra vez. Y yo junto con ellos. Sé que rara vez la vida tiene sentido, muchas veces lo que duele, simplemente duele, sin razón aparente. Pero me impresiona todo desaparezca cada vez que nuestras manos se tocan. Ese instante, mínimo, invisible para el mundo, donde todo lo roto dentro de mí parece suspenderse. Donde el peso se aligera. Donde dejo de preguntarme si estoy bien y solo estoy... No sé cómo explicarlo. Lo que piensa mi cabeza cada vez que estás cerca no se parece a nada más. No es fantasía, ni una obsesión sin nombre. Es más bien un suspiro que se queda atrapado en el pecho. Una esperanza tímida, que me pregunta en secreto: ¿Pasará en tu corazón lo mismo que en el mío? ¿Sientes también ese cosquilleo cuando nuestras miradas se cruzan? ¿Ese miedo dulce de lo que podría ser, si nos atreviéramos? Porque yo ya no sé si esto es cariño... o algo aún más profundo. Algo que no busca promesas, ni garantías. Solo el simple y brutal hecho de sentirnos vivas juntas.

No lo sé.

—Tengo que irme, debo ir con Taeli. —blanqueó los ojos—. Nuestras madres tomaran el té juntas.

—Te deseo suerte entonces —reí.

—La necesitaré —hizo una pausa—. ¿Tienes planes mañana? Hay algo que quiero darte.

—¿Algo como qué? —Yunseo sonrió.

—Mañana lo sabrás.

・통증・

—¡Suhan! —soltó sonriente—. Ha pasado tiempo...

—Es bueno verte, Taeli —mentí—. ¿Ha pasado qué, un año?
—Dos, de hecho. —dijo y alcé las cejas—. ¿Vas a algún lado?
—Sí. Justamente iba a encontrarme con Yunseo.
—¡Qué bien! Es bueno saberlo. —Taeli se acercó un poco más—. Entonces aprovecharé para decirte algo rápido, si me regalas un minuto.
—Adelante.
De pronto, me empujó con mucha fuerza, mirándome con una expresión de desprecio. Sonriendo como una desquiciada.
—Solo voy a decirte esto una vez, así que más vale que prestes atención —escupió cerca de mi rostro—. Aléjate de Yunseo. No te quiero verte cerca de ella.
—¿Disculpa?

—¿Acaso tu esposo te golpeó lo suficiente como para dejarte sorda? —rió para sí misma—. Aléjate de ella. No la busques. No le hables. No la mires. Ni siquiera te atrevas a pensar en ella.

—Pero creí que tu…

—¿Qué? ¿Crees que me acuesto con tu hombre porque me gusta? —rió—. Solo lo hago para darle celos a Yunseo. Pero en vista de que está muy ocupada jugando a la amiguita contigo me veo en obligación de hacer esto.

—¿Qué te hace pensar que dejaré de verla?

—Oh, lo harás. Yunseo es mía. Y ni tú, ni nadie me la quitará.

—Estas confundiendo las cosas. Yo no quiero quitártela.

—¿Crees que soy idiota? Me doy cuenta de cómo la miras —golpeó mi cabeza—. Aunque no te juzgo. Es imposible no enamorarse de ella.

—Taeli…

—Vas a alejarte de ella. —dijo rápidamente—. Si vuelvo a verte cerca de Yunseo, te vas a arrepentir. ¿Oíste?

“Oíste”.

Yo... —volvió a golpear mi cabeza.

—¿¡Oíste!? —gritó muy cerca de mi oído.

—Si… —susurré—. Te oí.

Taeli se separó de mí con una sonrisa triunfadora, como si acabara de ganar un juego que yo nunca acepté jugar. Su presencia dejaba una estela de tensión que me asfixiaba incluso cuando ya no estaba. Me dejé caer sobre la acera, temblando, abrazando mis rodillas contra el pecho. Esperando. Rogando, que no volviera nunca más. Y, sin embargo, aunque el miedo me encogía los pulmones, había algo peor que el terror: la duda.

¿Qué debía hacer?

No quería alejarme. No de la única persona que me hacía sentir algo real, algo que no dolía, algo que no era un castigo disfrazado de afecto.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.