El clan de los condenados

Capítulo 27

No era capaz de disimular mi sonrisa. Se dibujaba sola, como si mi cuerpo recordara antes que mi mente que ella existía. Que Yunseo siempre volvía a mí. No importaba cuánto doliera el camino, cuántas veces la vida nos pusiera de rodillas, de alguna forma, como si el universo estuviera escrito a favor nuestro, ella regresaba. Y cada vez que lo hacía, el mundo parecía ordenarse. El simple recuerdo de tenerla cerca era suficiente para calmar cualquier tormenta. Besarla, abrazarla, sentir su respiración al compás de la mía, me transportaba sin esfuerzo hacia el más perfecto de los cielos. No uno hecho de nubes y estrellas, sino uno real. Uno donde el amor era refugio. Donde sus ojos eran mi brújula, y su voz, mi hogar.

No necesitaba más. No necesitaba explicaciones, ni promesas eternas. Solo necesitaba ese instante. Esa certeza de que, en medio de todo el caos, ella y yo éramos ese milagro silencioso que el mundo parecía no entender, pero que yo llevaba tatuado en el alma.

—¿A dónde estabas? —preguntó al verme abrir la puerta—. Estuve esperándote por horas.

—Discúlpame, he estado con Yunseo —contesté de inmediato, con un tono más frío de lo que pretendía. Evité mirarlo a los ojos—. Estuvimos hablando por horas... No me di cuenta cuando oscureció.

—¿Ah, sí? —rió con esa mueca suya que siempre anticipaba algo cruel—. Quiero verlo.

—¿Qué cosa, querido?

—El relicario —dijo, sin titubear—. Muéstremelo.

Un escalofrío me recorrió la espalda. Lo sabía. No sabía cómo, pero lo sabía. Kino se dio cuenta del cambio en mi cuerpo de inmediato. Se acercó, lento, casi como un depredador midiendo a su presa. Sus ojos brillaban con una mezcla inquietante de furia contenida y sadismo. Se detuvo justo frente a mí, tan cerca que podía sentir el calor de su aliento. Levantó una mano y rozó con su dedo índice mis labios, en un gesto tan suave como invasivo.

Yo me paralicé.

—¿Vas a mentirle a tu esposo? —preguntó con una sonrisa torcida, perturbadora, venenosa—. ¿Creíste que no me iba a enterar?

—Kino, no es lo que tú crees… —intenté justificarme, mi voz apenas un susurro. Pero era tarde. Lo vi en sus ojos. Ya no importaban las palabras.

—¿No? —repitió, con un tono sarcástico que heló la sangre en mis venas—. ¿Acaso no te estás cogiendo a tu amiga?

Las palabras cayeron como cuchillas, frías y certeras. Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. No por culpa. No por vergüenza. Sino por el simple hecho de que sabía lo que venía después. Con Kino, siempre había algo más. Siempre había una segunda capa más oscura, más enferma. Y en su voz, en su postura, en la forma en la que me miraba... podía sentir que no era solo una acusación. Era una advertencia. Una amenaza disfrazada de celos. Cerró el puño y con toda su fuerza lo impactó contra mi rostro. Mi vista se nubló, cayendo sobre uno de los sillones.

—Te creía una puta, una inútil, una escoria que ni sus padres quieren —levantó mi cabeza agarrándome del pelo—. Pero no creí que seas una maldita lesbiana.

Kino apretó mi cabello y me arrastro hasta la cocina.

—¡Miserable basura! —gritó—. ¿Acaso así es como me pagas después de todo lo que hice por ti?

Mi esposo comenzó a darme patadas en la cabeza y en el rostro. Gritándome obscenidades, escupiendo sobre mí.

Una vez que se cansó de eso, se sentó encima de mí y comenzó a golpearme nuevamente. Intente luchar. Quería gritar hasta que sangren los pulmones, hasta que reventaran, pero no tenía fuerza. Todo mi cuerpo dolía, no sentía el brazo izquierdo y mi vista estaba nublada. No contento con eso, comenzó a bajarse los pantalones, y a quitarme toda la ropa.

—Cuando termine contigo, iré a matar a esa asquerosa lesbiana.

No sé cómo, pero al oír eso mis parpados fueron capaces de abrirse. Mi sangre hirvió. Mi respiración se aceleró, dándome una fuerza que no sabía que tenía. Terminando por empujarlo sobre la mesada de la cocina. El quedó inconsciente, y como pude me levanté, tratando de caminar hacia la puerta. Comencé a moverme lo más rápido que pude, llegando hasta la casa de mis padres. Toqué varias veces, y mi padre salió. Al verme, su expresión fue de terror, completamente confundido al verme bañada en mi propia sangre.

—Ayúdame papá. Por favor —murmuré—. Déjame entrar.

—¿Qué pasó? Suhan...

—¿Qué sucede? —habló mi madre asomándose a la puerta—. Suhan... ¿Qué fue lo que le hiciste?

Me quedé estática.

—¿¡Qué fue lo que le hiciste!? —repitió histérica.

—¡Vuelve ya mismo y discúlpate con el! —dijo mi padre—. No importa lo que haya pasado.

Abrí los ojos, con la cabeza llena de confusión, tratando de asimilar lo que me había dicho. Las palabras retumbaban en mi mente, incapaz de encontrar un punto de anclaje en medio de este caos. He desperdiciado mi vida entera tratando de que me amen estas personas. Cada vez que recordaba los esfuerzos inútiles, las veces que entregué mi alma sin recibir ni un mínimo de amor a cambio, el peso de la frustración se volvía más y más insoportable. Ofreciendo las estrellas a quienes las apagan por diversión.

¿Por qué? ¿Por qué había creído que ellos, los que me hacían sentir invisible, realmente me merecían? La ira se apoderó de mí, la sensación de estar quemándome por dentro era tan intensa que me costaba respirar. Cada pensamiento se volvió más oscuro, más punzante. Desintegrando lo único que quedaba de amor por ellos. Cada segundo, cada intento fallido, se convertía en una herida más profunda. ¿Cómo podía ser tan ciega? ¿Tan ingenua?

Me cansé. El agotamiento emocional me estaba consumiendo. No puedo más. Ya no podía seguir dando de mí misma para llenar vacíos que no me correspondían. Ya no podía cargar con las expectativas de otros, especialmente cuando no parecían tener ninguna intención de hacer lo mismo por mí. No tengo que arreglar cosas que no rompí.

¿Por qué siempre me había hecho responsable de todo? ¿Por qué siempre creí que debía ser yo quien resolviera los conflictos ajenos, las injusticias, las emociones rotas de los demás? Era como si mi vida fuera una búsqueda interminable de soluciones a problemas que no eran míos. No encuentro soluciones a todos esos problemas que ni siquiera he causado. Era hora de dejar de cargar con todo, de soltar esa necesidad absurda de seguir buscando el amor en lugares donde nunca iba a encontrarlo. Tal vez, solo tal vez, era hora de comenzar a buscarme a mí misma, por primera vez. Dejar de entregar piezas de mi alma a quienes ni siquiera sabían apreciarlas.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.