El clan de los condenados

Capítulo 28

Diez años después.

El invierno llegó, cubriendo cada rincón de Seúl. Las calles se llenaron de una quietud gélida, las luces de la ciudad brillaban con la calidez de la esperanza mientras la nieve caía suavemente, cubriendo los viejos recuerdos con una gruesa capa de blancura. Como era de esperarse, la cicatriz de la edad comenzó a escribirse en nuestras caras, dejando huellas que eran testigos de nuestras luchas, nuestras victorias y nuestras derrotas. La juventud ya se había desvanecido, pero lo que quedaba era más fuerte, más firme. Marcando solo el inicio de lo que sería, una vida juntas.

No fue fácil. Había días en los que todo parecía desmoronarse, días en los que las sombras de nuestras inseguridades nos acechaban, haciéndonos dudar de todo. Pero con mucho sacrificio y paciencia, con el compromiso de no rendirnos nunca, fuimos capaces de salir adelante. Poco a poco, nuestros sueños se fueron materializando, y con ellos, nuevas perspectivas sobre la vida. La idea de tener un lugar al que llamar hogar dejó de ser solo una fantasía lejana. Nos encontramos en un vecindario agradable, tranquilo, donde las casas parecían susurrar historias de esperanza y perseverancia, una casa que se llenaba de risas y recuerdos.

Esa casa, nuestro refugio, simbolizaba todo lo que habíamos pasado, todo lo que habíamos construido. Las paredes no solo contenían nuestros muebles, sino también nuestras memorias: las largas noches de charlas interminables, las pequeñas victorias que celebrábamos como grandes logros, e incluso los momentos difíciles que enfrentamos juntas. Lo que antes parecía inalcanzable ahora era tangible, y cada rincón de ese lugar era un testamento de nuestra fuerza, nuestra conexión, y el amor que nunca se desvanecería, aunque el tiempo avanzara y las estaciones cambiaran.

La vida se sentía más real que nunca, más compleja, pero también más hermosa. Y mientras el invierno seguía su curso, nosotras, juntas, sabíamos que, pase lo que pase, seríamos capaces de afrontar lo que viniera, porque habíamos aprendido que el verdadero hogar no era un lugar, sino una persona.

—Suhan, cariño ¿Te sientes bien?

Yunseo me miraba desde el marco de la puerta. Me acerqué y puse ambas manos en su cintura, acercándola a mí.

—Por supuesto... Es solo que, desde esta mañana tengo un extraño presentimiento.

—¿Qué es lo que sientes?

—No lo sé. —dije—. Pero no es algo bueno.

—No te preocupes por eso. —sonrió dejando un suave beso en mis labios—. Nada malo pasará. Mejor preocúpate en acompañarme a comprar más comida, tenemos que abastecer todo antes que comience el mes.

—¿Iras a casa de Reed? —asintió—. Bien, iré. Han pasado semanas desde que no lo veo.

Anwar Reed. Un joven distribuidor de Nueva Zelanda que decidió rehacer su vida en Corea. Su llegada fue casi como un susurro en la ciudad, un movimiento tranquilo en medio del bullicio, pero su presencia, aunque discreta, no pasó desapercibida. A pesar de que era una persona bastante seria y tímida, no fue difícil entablar lazos con él. Tenía algo peculiar, una energía silenciosa pero profunda que atraía a quienes lo rodeaban. Como si hubiera algo en su mirada que hablaba sin palabras, como si, en sus ojos, se guardaran secretos compartidos solo con aquellos dispuestos a escuchar. Era raro, en el mejor de los sentidos. Como si nos conociéramos de otra vida, como si no fuera necesario pasar por todas esas pequeñas formalidades para hacernos amigos. Tal vez fue su quietud, esa calma que transmitía, lo que nos unió. A veces, las palabras no eran necesarias. Sus gestos sencillos, su forma de observar el mundo, el modo en que se preocupaba por las pequeñas cosas, lo hacían el tipo de amigo que uno sabe que estará ahí.

Nos convertimos en su familia elegida, y él en la nuestra. Lo veíamos como un hermano perdido, el lazo que faltaba para completar el círculo. No importaba cuántos días pasaran o cuán distantes estuviéramos en nuestras ocupaciones diarias, siempre había un espacio para él.

—¡Reed! —saludó Yunseo—. ¿Cómo haz estado?

—Es bueno verlas —respondió con una sonrisa—. Todo está bien. El negocio prospera, que es lo importante.

—Debe hacerlo, de lo contrario no explicaría porque no nos has visitado en semanas —le dije.

—Lo sé —rascó su cabeza—. Es solo qué... me llegó una carta hace una semana… Mi madre falleció. No especificaron cuál fue la causa exactamente, pero según dicen su corazón solo se detuvo.

—Reed… lo siento mucho —Yunseo lo rodeo con sus brazos.

—Está bien —dijo restando le importancia—. Lo único que me fastidia es que no pude despedirme de ella. Peleamos la última vez que estuvimos juntos.

—De verdad lo siento, amigo —dije—. A veces la vida es una patada en el estómago.

La muerte es una cobarde.

—¿No te gustaría venir a cenar está noche? —propuso Yunseo.

—Si… Podrías quedarte —añadí—. Tu cuarto siempre está listo para ti.

Reed suspiró esbozando una media sonrisa.

—Me agrada la idea. Honestamente no quiero estar solo.

—Perfecto entonces —Yunseo palmeo su espalda—. Haré sopa de pollo.

—Gracias. Es muy bueno contar con ustedes.

—Ni lo menciones, ojitos verdes —respondí—. Para eso estamos.

A pesar de su naturaleza reservada, Anwar comenzó a formar parte de nuestra vida de manera indiscutible. Nos encontrábamos en parques tranquilos, compartiendo historias del pasado, riendo de nuestras diferencias, pero también reconociendo en él la misma búsqueda, esa misma necesidad de encontrar un lugar al que llamar hogar.

・통증・

—Quiero que veas lo que hay en mi relicario.

Yunseo se asomó.

Se trataba de una fotografía suya, de su rostro en tonalidades blanco y negro.
—Suhan... —rió—. Deberías poner algo más importante ahí.
—No hay nada más importante que tú en el mundo... Además, creo que te ves preciosa.




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