El clan de los condenados

Capítulo 29

Dieciséis años después.

“Es mejor haber amado y perdido que nunca haber amado”. Esa mierda solo la pudo haber dicho alguien que no tuvo que ver morir al amor de su vida.

El tiempo jamás me curó. Y, es que… ¿Cuántos días tienen que pasar para olvidar un solo día? No encuentro placer entre las cosas sanas, no encajo con ellas. Tampoco siento paz junto a las cosas rotas. ¿Por qué tengo que seguir rompiéndome para arreglarlas?

¿Dónde estoy ahora? Fácil. Me encuentro en el más oscuro de los agujeros, matándome lentamente. No debería buscar consuelo en lugares como estos, pero comienzan a sentirse familiares. El alcohol me hace compañía en cada momento del día, siendo un fiel amigo. Si dejara de tomar, sería mi perdición, porque la vida me regaló lo que necesitaba y ahora me estaba obligando a dejarlo ir. Yunseo… por ti pude fingir estar feliz cuando estaba triste, ser fuerte cuando estaba herida. Y deseo llorar, morirme de dolor, que la muerte me vea y se apiade de mí, llevándome a tu lado. Pasaré la eternidad amándote, de una forma u otra. Si hay más vidas después de esta, me arrodillo para poder volver a coincidir contigo.

Recuerdo vívidamente un día en el que me preguntaste qué era lo que más me gustaba de ti. ¿Sería extraño decir que me gusta todo? Eres vida y haces que la vida sea vida.

No me busquen, no estoy. Tampoco estaré mañana. Necesito esperar sentada, que el oxígeno se acabe. Esperar en soledad el momento en que pueda reencontrarme con ella. Devuélvame mi sonrisa, sáquenme de este infierno. Despiértenme, esto no es un sueño. Me martirizo una vez más por no haber sido capaz de salvarla. Solo soy una inútil que dejó morir a su amada. Enterrándola en un hogar que ya ni siquiera existe. Ni siquiera fui capaz de encontrar a la responsable, debe haber escapado a un lugar tan lejano que ni dios podría encontrarla.

—Sabía que te encontraría aquí —habló detrás de mí.

Yo estaba sentada en una de las mejores mesas del peor bar de todo Seúl, como de costumbre. Todo el lugar estaba hecho de madera y plagado de olor a suciedad y alcohol.

—¿En dónde más podría estar? —contesté de mala gana.

Reed se sentó frente a mí.

—Esperaba que esta vez fuera diferente. —suspiró—. Creí que por fin dejarías todo atrás.

—Jamás lo haré. No la olvidaré. Prefiero estar aquí que en otro lugar fingiendo que puedo tener una vida feliz sin ella.
—Nunca dije que hicieras eso —respondió—. Pero al menos déjame ayudarte. Podemos tratar de entender todo esto que nos está pasando.
—No me interesa entender el porqué de estos “poderes” —hice el gesto con las manos—. Lo único que sé es que me ayudan a conseguir alcohol gratis. Solo eso importa.

Reed negó con frustración. Llevaba años intentando convencerme de retomar mi vida, de salir de todo esto, consciente de que lo estaba haciendo en vano.
—No se trata solo de los poderes... Se trata de ayudarte —dijo—. Déjame cuidar de ti. Juntos podemos salir de todo esto.
—No quiero, Reed. —el bufó, irónico—. Solo déjame pudrirme aquí. Ve y vive tu vida. No hay nada que puedas hacer por mí.

Él observó el lugar por un momento, esquivando las miradas de todas aquellas mujeres que no dejaban de observarlo.
—Bien, si esto es lo que quieres, no puedo hacer nada —suspiró—. Aunque creí que te interesaría volver a Daegu.
—¿Y por qué me interesaría eso?

—Porque Taeli regresó.

El vaso que tenía en la mano derecha explotó, llamando la atención de todos en el bar. Me acerqué a Reed y lo agarré del abrigo.

—No te atrevas a jugar con eso.

—Regresó, Suhan. Volvió por ti.

—Entonces me tendrá.

Salimos del bar y caminamos hasta la estación de trenes más cercana de Seúl. Nos sentamos en uno de los vagones traseros. Era lo último que me quedaba por hacer. La única que seguía con vida, porque Kino estaba muerto. Lo asesiné a sangre fría. Y el imbécil obligó a mis padres a mudarse lejos; nunca supe adónde. Malditos afortunados.

—¿Qué planeas hacer? —preguntó.

—Encontrarla y sacarle los ojos.

—No esperaba menos —contestó, mirando hacia el frente.

Al imitar su acción, noté que un hombre nos observaba. Estaba sentado no muy lejos de nosotros.

—¿Acaso nos está mirando? —Reed asintió.

El hombre, que parecía tener nuestra edad, se acercó al asiento frente al nuestro y se giró en nuestra dirección.

—Disculpen, no quería parecer un acosador —sonrió—. ¿De casualidad no nos hemos visto antes?

—No lo creo —dijo Reed—. Jamás te he visto.

—Tampoco yo.

—Qué tonto, discúlpenme —se levantó.

—¿Cuál es tu nombre? —solté antes de que se fuera.

—Soy Logan —contestó—. Logan Laurence.

—Tú no eres de por aquí, ¿verdad? —pregunté.

—No. Vengo de Massachusetts… Algo lejos de aquí.

—¿Qué te trajo a Corea? —Reed se cruzó de brazos.

—No lo sé… Fue algo extraño, solo sentí la necesidad de estar aquí.

Logan Laurence… Qué hermosos ojos.

—Bueno, fue un gusto conocerlos.

—Igualmente, Logan —respondió Reed—. Suerte.

—Suerte para ti también, amigo —dijo y me miró—. Adiós, Elena.

—¿Cómo me dijiste?

El rápidamente se dio cuenta de su error y suspiró agarrándose la cabeza.

—Perdóname… Soy un idiota —soltó una risa nerviosa—. No sé porque te llamé así.

—Descuida —sonreí sin mostrar los dientes.

Logan comenzó a relajarse. Y fue cuando todo se sacudió bruscamente, haciendo que mi cabeza impactara contra el respaldo del asiento.

Todo estaba oscuro, frío, extraño… ¿Qué carajos sucedió?

Me incorporé con dificultad y, al mirar a mi lado, vi a Reed. Cubierto de sangre, con uno de los asientos clavado en el estómago. La imagen me dejó helada, incapaz de procesar lo que veía. Cada detalle parecía desmoronarse a mi alrededor, como si el mundo hubiese perdido su forma. Busqué a Logan con la mirada, pero no lo encontré. ¿Dónde estaba? Traté de levantarme, pero mis piernas no respondían como quería. Un dolor punzante recorrió mi cuerpo, recordándome la magnitud del desastre. Cuando finalmente logré mirar a mi alrededor, vi lo peor: el tren, completamente descarrilado... y todas las personas, muertas. Un mar de cuerpos y caos que no sabía si ya había presenciado antes. Mi corazón latía con violencia, pero mi mente no lograba asimilar la escena. ¿Por qué yo no estaba muerta? ¿Por qué seguía consciente en medio de todo esto? Volteé hacia Reed, deseando sacarlo de allí, llevarlo a un lugar seguro. Pero entonces, algo me detuvo en seco. Algo que me dejó sin aire.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.