El clan de los condenados

Capítulo 31

07 de junio de 1927.

Wellington, Nueva Zelanda.

—Otra vez.

—Ya lo he dicho —respondí con una sonrisa.

—Quiero oírlo una vez más.

—Te amo.

—¿Disculpa? —bromeó, agachándose hasta estar a mi altura—. Creo que no te oí.

—¡Te amo! —grité alzando los brazos hacia arriba—. ¡Te amo, papá!

—No más de lo que yo te amo —besó mi frente, acariciando suavemente mi cabello—. Mi dulce Skylar.

Jamás he visto unos ojos tan generosos. De hecho, si quisiera robártelos no podría; te los arrancarías y me los entregarías sin pensarlo. Dime, papá, ¿qué hiciste para que viniera a buscarte? ¿Fue tu gentil alma lo que la atrajo hasta ti?

—¿Qué pedirás? Puede ser lo que tú quieras, así que piénsalo bien.

—¿Lo que sea? —asintió—. ¡Un helado!

—Pero, hija… Es tu cumpleaños, ¿No quieres algo mejor?

—Quiero un helado de vainilla —dije, y mi padre dejó salir un suspiro.

—Está bien, como tú digas —respondió tomándome de la mano—. ¿Cuántos años cumples hoy?

—Cinco.

—¿Entonces cuántos helados vamos a comer?

—¡Cinco!

—Pero primero tenemos que ir a sacar el dinero del banco.

Recuerdo que el banco central no estaba en una muy buena zona. Es gracioso que lo hayan trasladado solo dos semanas después de eso.

Fue mi culpa. Estaba tan feliz que no pude notar que nos estaba siguiendo. Tiene muchas formas, pero yo sabía quién era. Nunca podría confundirla; no olvidaría esa mirada, siempre recordaría cómo luce la muerte a pleno día.

—¡Entrega el dinero! —gritó sacando un arma de su abrigo—. ¿No me oíste? ¡Métanse al callejón!

—Toma todo lo que tengo, es tuyo —respondió mi padre arrastrándome detrás de el—. No le hagas nada a mi hija.

—Tienes que estar bromeando —lo miró con desprecio—. ¡Esto es una puta miseria!

—Era lo único que tenía. —Mi padre agachó la cabeza, su fuerte agarre hacía que mi pecho subiera y bajara, deseando despertar, deseando estar lejos.

—No me iré solo con esta miseria.

Segundos. Solo se necesitan un par de segundos para caer en el más profundo de los pozos, cubriéndote de una fría oscuridad, observando cómo la luz se aleja cada vez más. Cómo un día tan especial como un cumpleaños puede convertirse en el peor de los recuerdos, en la más dolorosa de las fechas. Aún escucho el sonido de aquel disparo, la forma en que me heló la sangre, la manera en que adormeció mis sentidos y cómo detuvo mi corazón. Mi padre se dejó caer sobre la pared del sucio callejón, temblando, asustado, luchando por reunir la suficiente fuerza para levantar el brazo y alcanzar mi mano. Y él no dejaba de llorar, tanto que creí que todo a nuestro alrededor se inundaría. Me estremecí al darme cuenta de que no lo hacía porque algo le dolía, tampoco porque estuviera molesto: lloraba porque sabía que no volvería a verme.

Su mirada generosa nunca desapareció, y yo nunca solté su mano, deseando que se fuera sintiendo la calidez de la persona que más lo amaba en el mundo.

Esa fue mi primera muerte, a la que nunca le he temido. La primera vez que mi corazón se detuvo, robándome el aire, arrancándome el alma del cuerpo sin piedad ni cuidado. “Hay peores destinos que la muerte.” Eso lo sabía bien. Una parte de mí nunca salió de aquel callejón, sé que jamás lo hará… Sigue ahí, esperando que su padre regrese para, por fin, poder ir a comer helado.

-⚚-

Doce años después.

Londres, Inglaterra.

No pintes, mancharás tus dedos. No sueñes, despertarás. No ames, morirán.

Siempre en movimiento, caminando, huyendo, intentando mantener la vista al frente y la mente conectada a la realidad, porque si te distraes con el pasado, distorsionas el futuro.

¿Cuánto has ganado? ¿Cuánto has perdido? ¿Siquiera has jugado?

Mientras más pienso, más me ahogo. Entre más sueño, más lloro. Cuanto más me levanto, más me caigo. El cielo jamás volvió a ser el mismo, las estrellas siguen apagadas y la vida aún está en pausa. A veces me gustaría despertar, salir de esta prisión, este coma que persigue a mi corazón, anhelando una gota de calor directo al alma que abrace y acaricie su núcleo, dándole forma, propósito y sentido. Todo para que al final reacciones y enfrentes lo injusta que puede ser la vida. Cómo la muerte siempre es la misma, una cobarde.

—Buenos días —habló, sirviéndome una taza de café. El sonido de la radio hacía que moviera sus pies al ritmo de la música—. Llegó un paquete para ti esta mañana.

—¿Dónde está? —Señaló a una caja que estaba al lado de las escaleras. Dejé la taza de café y fui directo a abrirlo—. Al fin.

—¿Qué es? —preguntó asomándose.

—Libros. Son para reponer la tienda —le dije—. He tratado de conseguir estos por meses.

—Deben ser muy buenos —contestó mi madre, caminando hacia la mesa—. ¿Los has leído?

—Sí, leí algunos —contesté sin mirarla—. No están tan mal.

—¿No están tan mal? —rió, siguiéndome con la mirada mientras me sentaba a su lado—. Los odiaste.

—No, no los odié. Solo que no fueron lo que esperé, creí que serían más interesantes.

—Cuéntame sobre alguno —llevó la taza de café a su boca, soplando el humo que salía—. ¿De qué género son?

—Romance. —mi madre comenzó a toser, derramando algunas gotas de café en la mesa.

—Ahora lo entiendo… Era obvio —dijo, limpiando su boca con una servilleta.

—¿Qué cosa?

—Nada —murmuró.

—El amor no es como en los libros mamá, es inseguro, vació y decepcionante. Solo abandona, traiciona y miente.

—¿Cómo sabes eso? Nunca te has enamorado.

—No necesito enamorarme para saber lo que es el amor.

—Buenos días —saludó y dejó un beso en mi cabeza—. ¿Sucede algo?

—No. —dijo mi madre con una dulce sonrisa—. Solo estábamos hablando, ha recibido libros nuevos para la tienda de su amiga.

—Ya era hora de que llegaran, estuvo tratando de conseguirlos por meses.




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