La sala de espera estaba llena, y el olor me hacía sentir más ansiosa de lo que ya estaba. Los hospitales siempre me generaron recelo. La primera vez que visité uno tenía diez años: mi abuela, la madre de mi madre, falleció de un ataque cardíaco. Sufrimos mucho su pérdida; fueron meses difíciles en los que no podíamos pasar por su habitación sin evitar llorar. Respiré profundo e intenté poner mi atención en cualquier otra cosa, concentrarme únicamente en el movimiento que Dylan hacía con el pie, la forma en la que apretaba las manos, en aquel pequeño lunar en el centro de su mejilla izquierda. Cualquier cosa que me hiciera olvidar cómo me consume la preocupación y el miedo.
Una mujer pronunció el apellido de mi madre y ambos entramos rápidamente al consultorio.
—Buenas noches. ¿Ustedes son la familia de la señora Amazon?
—Así es —respondí, tratando de calmar mi respiración—. ¿Cómo está ella?
—Estable. Afortunadamente logramos sedarla y ahora se encuentra en reposo —respondió mirando el expediente—. Aunque, para ser honesto contigo, aún no logramos obtener un diagnóstico certero.
—¿Cómo dijo? —la voz de Dylan retumbó en mis oídos.
—Hicimos algunos análisis y los resultados nos dejaron sin palabras. No es algo que haya visto alguna vez. Me temo que tal vez esté pasando por una enfermedad terminal.
—¿Terminal? —murmuré.
—No es posible —dijo rápidamente—. Le suplico que siga investigando, doctor. Debe haber algo que se pueda hacer.
—Eso hacemos, hijo. Pero por ahora tiene que quedarse en el hospital. Si bien ha presentado mejoras, creemos que su estado tal vez empeore con el paso de los días.
Miré mis piernas y pellizqué mis dedos, tratando de asimilar lo que estaba pasando. Gradualmente, las voces de ambos comenzaron a apagarse, haciéndome sentir como si estuviera en una pesadilla. Parpadeé repetidas veces al sentir un fuerte dolor en la frente, aclarando la garganta al mismo tiempo que me ahogaba con mi propia saliva. El doctor nos condujo hasta su habitación, una en la que afortunadamente estaba sola. Eso nos daba cierta comodidad y libertad. Dimos unos golpes en la puerta y entramos. Ella estaba ahí, sonriendo en esa maldita cama. Desearía estar en su lugar, poder cargar con todos sus problemas, con todo el dolor que la atormenta. Lo haría sin dudarlo, sin quejarme. Me hace pensar que podría ser el escudo que la protegiera de la maldad, de la injusticia, e incluso del destino.
—¿Cómo te sientes? —acaricié su mano.
—Me siento mucho mejor, cariño. Perdónenme por todo esto… Pronto estaré en casa.
Dylan intentó mantenerse firme, pero terminó disculpándose y saliendo de la habitación.
—Mamá… te prometo que todo estará bien —hablé buscando su mano—. Aquí te darán los mejores cuidados.
—Debo volver a casa. Este hospital es muy costoso, no podemos pagarlo.
—No te preocupes por eso.
—Es mucho dinero, Skylar —insistió—. Además, está la casa, la comida. Ustedes tienen sus propios gastos, sus propias vidas, es… demasiado.
—Basta, no sigas. Dylan y yo podemos con esto —traté de sonreír y me despedí de ella con un abrazo tan cargado de emociones que incluso me sentí más viva cuando terminó. Como si todo su amor se hubiera impregnado en mi ser, dándome fuerza, llenándome de esperanza.
Al salir me encontré a Dylan. Sus ojos estaban rojos. Limpió sus lágrimas y ambos nos quedamos estáticos por un momento, mirándonos, comprendiéndolo todo sin siquiera decir una palabra. No hacía falta, nos entendíamos a la perfección. Por impulso, se acercó a mí y me abrazó tan fuerte que creí que jamás me soltaría. Sobé su espalda tratando de hacerlo sentir más tranquilo. Él nunca tuvo miedo de mostrar sus emociones, eso era lo que más admiraba de él. Cuando quiere llorar, lo hace. Cuando está enojado, lo comunica. Si no entiende, pregunta.
Algo no tan común como uno creería.
Existen personas que tienden a reprimir sus sentimientos, por la razón que fuera. Ocultan sus verdaderos pensamientos, sus emociones e ideas detrás de una máscara. Un campo protector que erróneamente creen que ayuda a afrontar el día a día. Todo sucede hasta que, un día, comienzas a dudar de tus propias emociones; las apagas tanto que, en cierto punto, ni siquiera comprendes lo que estás sintiendo. Volviéndote incapaz de vivir correctamente, siendo un cobarde, transitando el camino empapado de miedo, evitando experiencias, situaciones y sentimientos que prejuzgamos de antemano.
Como la idea de amar algo y tener que dejarlo ir. Me aterra de solo pensarlo. ¿Qué sentido tiene poner toda tu energía en algo, para después tener que despedirte de él? Sé que siento, pero a veces no comprendo de qué se trata. Siempre me resultó más fácil ignorarlo hasta que por fin desaparecía, hasta que dejara de ser una amenaza.
Es por eso, y más, que Dylan me resultaba tan valiente. Nunca tuvo miedo de sentir, ni de equivocarse. Él vive la vida siendo genuino, siendo él mismo, afrontando los problemas de una forma tan única que es envidiable.