El clan de los condenados

Capítulo 33

Como prometimos, ambos visitábamos a mi madre sin falta todos los días, tratando de poner nuestra mejor cara. Y a pesar de que ella aún conservaba su espíritu, su rostro se había deteriorado más rápido de lo que habíamos esperado. Le colocaron un tubo de oxígeno para ayudarla a respirar y, con el paso del tiempo, aquel hermoso cabello rubio comenzó a caerse cada vez más. Aunque, si le preguntabas, ella diría que estaba bien. Sabía que mentía, pero no podía culparla: yo estaba haciendo lo mismo. Dylan apenas dormía; aceptó un segundo trabajo en una empresa de correo que demandaba bastante tiempo. Apenas nos veíamos, pero nunca faltaba a los días de visita en el hospital, contándole una infinidad de historias a mi madre, quien adoraba conversar con él. Sus charlas podían durar horas y jamás se quedarían sin tema de conversación. A mí me gustaba más oírlos, verlos reír.

Él hizo un chiste y mi madre estalló de risa. Me dio gusto ver que el brillo en su mirada aún permanecía intacto. Podría olvidar todo en el mundo, pero jamás el color de sus ojos: un magnético tono lavanda, que ha sido su encanto desde siempre. Fue lo que cautivó a mi padre en el instante en que la vio; para muchos un defecto, para él una bendición.

—¿En qué piensas, Sky? —Dylan me miró con una expresión extraña.

—En nada, solo me gusta esto —ambos se miraron y sonrieron al unísono—. Estar con ustedes, verlos reír como de costumbre.

—Es una lástima que nuestra sonrisa no sea tan hermosa como la tuya. —negué con diversión al oír a mi madre—. ¿No lo crees, Dylan?

—Estoy de acuerdo —respondió mirándola, intentando mantenerse serio.

—No me molesta ser el blanco de sus burlas.

—¿Quién dijo que nos estamos burlando? Lo digo muy en serio —habló ella.

—Es cierto —añadió Dylan—. Incluso la forma en la que a veces te esfuerzas por no sonreír… cuando lo haces, es como si le devolvieras el color a las cosas. Como si la vida se detuviera a esperarte, negándose a seguir sin antes admirar, por al menos un instante, esa hermosa sonrisa.

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Un sentimiento me había estado molestando desde hace días. Quería contribuir más. No era justo que solo Dylan trabaje. Si bien yo me encargaba del cuidado, la comida y el mantenimiento de las cosas, me sentía una completa inútil. Deseaba poder hacer más. Así que, después de pensarlo bien, decidí buscar un trabajo. Cualquier cosa que pueda ser un ingreso más. Fue definitivo en el momento que vi a Dylan dormirse encima de la comida que había preparado la mañana anterior. Me sentí horrible al despertarlo, y él solo se disculpó por haber arruinado la comida. Lo peor de todo, era que había pasado por un centenar de lugares, y en todos me decían lo mismo: “Una mujer no puede trabajar aquí”. Lo sé, lo entiendo. Pero, ¿acaso estas personas no tienen compasión? Incluso explicándoles mi situación, se negaban. Todos y cada uno de ellos, diciéndome cosas como: “Tu lugar es en una casa, cuidando de una familia”. Imbécil, eso era lo que estaba intentando hacer. No traté de discutir con ninguna de esas personas. Me limitaba a mirarlos con desprecio y retirarme. No había encontrado a alguien que agotara mi paciencia, y estaba muy agradecida por eso.

Ahora me encuentro en el último lugar de la lista. Un restaurante a dos calles del Big Ben. Tenían buenas recomendaciones y buscaban empleados. Tomé valor y entré fingiendo más confianza de la que en realidad tenía.

—Buenas tardes. He visto su aviso en el periódico —hablé, ganándome la atención de un señor mayor—. Me gustaría solicitar empleo aquí.

—¿Tú? ¿Una mujer? —se echó a reír de la forma más descarada que he visto—. Lo lamento, linda, pero me temo que te equivocaste. Aquí solo trabajan hombres.

—De verdad necesito el empleo —dije, ignorando sus palabras. Esto lo desconcertó—. Es urgente.

—¿No oíste? El trabajo es cosa de hombres. No durarías ni una semana aquí.

—Que exagerado. Ni que construyeran aviones o algo así —el hombre abrió la boca, pero no dijo nada—. Es solo un restaurante.

—Escúchame, una mujer como tú no debería hablarle así a un hombre como yo… —una voz lo interrumpió, haciéndose presente a mi lado.

—George… ¿Así tratas a las mujeres? —se cruzó de brazos con la vista clavada en el—. Aun no comprendo cómo es que lograste casarte.

—Pero, señor, esta mujer vino a pedir empleo —respondió encorvándose un poco—. ¿Una mujer trabajando aquí? ¿Se lo imagina?

Él me recorrió con la mirada, sin disimularlo.

—Oye, tú eres la chica de la librería, ¿no es así? —dijo formando una pequeña sonrisa—. Creí que trabajabas ahí.

¿Me recordaba?

—No. De hecho, lo hacía gratis —él me miraba expectante, deseoso de seguir escuchando—. Es el negocio familiar de una amiga.

—A mí me parece una persona bastante comprometida, ¿No te parece, George? —le dedicó una mirada asesina, impidiéndole estar en desacuerdo con él—. Esa es la clase de gente que necesitamos aquí. Personas comprometidas, responsables, con ganas de ganarse el pan.

—El puesto disponible es el de lavaplatos, señor Julian —sonrió inocentemente.

—Eso no es problema —contesté—. Trabajo es trabajo.

—Perfecto. Sabía que lo entenderías —le dijo, y luego me miró—. Ahora, déjame enseñarte dónde estarás.

Con la mirada de George quemándome la espalda, lo seguí hasta llegar a la cocina de aquel restaurante. Los empleados entraban y salían. Me sorprendí al ver que todo estaba limpio y ordenado. Las personas parecían funcionar a la perfección, cada uno con una amplia organización.

—Bienvenida a tu oficina —me dijo, dándole unos golpes al grifo en donde claramente me tocaría hacer lo mío.

—De verdad te lo agradezco. No sabes cuánto necesito esto —él hizo un gesto restándole importancia—. Soy Skylar.

—Jaymus —respondió con una sonrisa—. ¿Puedo preguntar por qué necesitas el trabajo?

Guardé silencio. La idea de decirlo en voz alta no me gustaba. Aún me daba escalofríos.




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