Sonreí cuando vi a Jaymus acercarse con el sobre de pago entre sus manos. El tiempo había pasado y, para ser honesta, las cosas aquí no habían sido tan malas. El pago era el doble de lo que esperaba, y la compañía, espectacular.
—Aquí tienes, Amazon —dijo, alcanzándome el sobre—. ¿Qué harás ahora? ¿Te gustaría ir a almorzar?
Asentí. Ambos tomamos nuestras cosas, caminamos hacia la estación del tren y nos sentamos en los vagones traseros. El camino hacia nuestro destino no era tan largo. Hablamos alrededor de una hora rumbo al sur de Londres. Brighton, una ciudad costera y vacacional de Inglaterra. El lugar preferido de Jaymus. Siempre que regresa, su primer objetivo es visitar el muelle. Al llegar, caminamos hasta la orilla, sintiendo cómo el aire fresco se fundía en nuestros rostros. El me miró y nos quedamos así, en silencio por un par de segundos. Los pies se mezclaban con la arena mojada. El sonido de las olas chocando con la arena, era majestuoso, relajando cada uno de mis sentidos, adormeciendo cada parte de mí.
—Mi madre está en el hospital —solté, llamando su atención—. Los doctores no saben qué es exactamente lo que tiene. Tampoco si es posible que vaya a recuperarse. Esa es la razón por la que necesitaba el trabajo.
—Lo siento mucho —Jaymus volteó todo su cuerpo en mi dirección, suspirando profundamente—. Sky, de verdad lo siento. Si hay algo en lo que pueda ayudarte, no dudes en decírmelo.
—Te lo agradezco mucho —dije—. Aún tengo la esperanza de que todo esto mejorará. Que encontrarán una cura y esto se resolverá.
—No pierdas la esperanza. Nunca.
En aquel momento, cuando Jaymus desvió la mirada, pude detallar un poco más su rostro. Tenía una belleza clásica. Lograba encontrar simpleza en sus rasgos. Su cabello era corto por los lados y un poco más largo en el centro, haciendo que algunos mechones cayeran sobre su frente. A pesar de que este era de un color oscuro, sus cejas parecían ser de un tono más claro. Vestía una camisa celeste desabotonada; debajo, tenía una remera blanca, con unos pantalones negros. Me quedé observando las líneas de expresión en su frente. Dándole cierto toque a sus expresiones, lo hacía… lucir más vivo. Y si prestabas mucha atención, podías notar unas cuantas pecas en su rostro. Eran apenas visibles en el área de su nariz y un poco en sus mejillas. Pero definitivamente estaban ahí.
—Este lugar es hermoso —dije tratando de cortar la tensión.
—A mí me parece mágico… Siempre que puedo, vengo a este lugar, más que nada al muelle —señaló hacia su derecha y sus hoyuelos aparecieron—. Es imposible no sentirse en paz cuando estás aquí.
—Estoy de acuerdo. Inglaterra está repleta de lugares hermosos. Desde que llegué aquí no he hecho más que enamorarme de los paisajes, del clima frío, de los cielos grises. Todo aquí es muy mi estilo.
—¿Desde que llegué a aquí? —me imitó. Sus ojos cafés se escondieron cuando entrecerró los ojos.
—Nací en Nueva Zelanda. Mi madre y yo nos mudamos aquí poco después de que cumplí cinco años —dije—. Mi madre es de aquí, así que vinimos a quedarnos en la casa que le pertenecía a mi abuela.
—Nunca he ido a Nueva Zelanda. ¿Es lindo?
—No recuerdo mucho. Solo la forma en la que mi padre murió. —Jaymus bajó la cabeza, creyendo que su mirada me incomodaría de algún modo. Eso me pareció gracioso—. No tenía sentido quedarse si no estaba él. Hubiera sido una tortura. Donde quiera que fuéramos, hiciéramos lo que hiciéramos, todo nos recordaba a él.
—Lamento oír eso. El destino puede ser muy cruel cuando quiere… Sé que todo sucede por una razón, pero no dejo de pensar que eso es estúpido. Al final, nada tiene sentido si has tenido que perder partes de ti en el camino —resopló, mirando hacia el suelo, agarrando un poco de la arena que tapaba sus pies—. No lo sé, creo que simplemente no soy tan fuerte.
—¿Cómo sabes eso? La fuerza no se mide por cuánto dolor has atravesado, ni tampoco por cuánto peso seas capaz de cargar. Yo creo que la fuerza está en el alma de una persona. Esa energía que te mueve a través de la luz y la oscuridad. Alguien que, a pesar de lo bueno y lo malo que lo rodea, toma todo y aprende de ello. Vive el momento, sueña, se cae y eso le causa gracia. Tal vez incluso le da igual. Una persona fuerte es alguien que mantiene su esencia sin importar la situación. Alguien que se arriesga por lo que quiere y lucha por lo que tiene.
—¿Tú eres fuerte, Amazon?
Suspiré mirando hacia el horizonte. Los colores se mezclaban como si un pintor revolviera una combinación de tonos pasteles en su paleta, dando como resultado una nueva obra de arte. Algo único e irrepetible. Justo como este momento.
—No. No lo creo —Jaymus alzó una ceja—. La fuerza no es algo que me caracterice.
—Yo creo que sí.
—Creo que no me conoces lo suficiente.
—Tal vez no, pero soy bastante observador. Además, has pasado por cosas que me erizan la piel de solo pensarlo —contestó cerrando los ojos—. Di lo que quieras, pero no he conocido a nadie más fuerte que tú… Creo que nunca conoceré a alguien como tú.
Su tono cambió al pronunciar esas últimas palabras, logrando que me perdiera en el precioso brillo de cabello. Su mano se posó sobre la mía. Bajé la vista al sentir unos suaves trazos sobre ella, acariciando mi piel como si esta fuera a romperse si alguien más la tocara.
Jaymus se levantó de golpe, desconcertándome. Me sentí como una tonta mirando mi mano, tratando de recordar cómo se sentía la sensación de su toque. Lo observé y él tendió la mano hacía mí, ayudándome a ponerme de pie.
—Camina conmigo, Amazon —susurró contra mi rostro.
Sin decir nada, entrelacé mi brazo con el suyo, dirigiendo mis pies que caminaban en compás con los suyos hacia la orilla del mar, donde ambos reíamos mirando hacia el nuevo atardecer. Jaymus salpicó un poco de agua; en venganza, lo empujé, haciéndolo caer sobre su espalda.