El clan de los condenados

Capítulo 35

No puedo ver con claridad, tenía los ojos hinchados de tanto llorar. He perdido otro pilar fundamental en mi vida, corriendo riesgo de que todo mi ser se desmorone y termine en pedazos. No sé qué pensar, no sé qué sentir. Solo percibo el pensamiento de querer hacer más… ¿Por qué ella? ¿Por qué no otra persona? No dejaba de pensar en eso. Esto se está volviendo un mal sueño del que no consigo despertar. Un golpe directo al corazón que lo hace tambalear y rayarse por todas partes. La muerte se ríe de mí otra vez, visitándome sin siquiera saludar. Un gesto que desprecio con el alma. No tiene las agallas de enfrentarse directamente conmigo. Nunca las tuvo.

—“Incluso si renazco, una parte de mí se estremecería al oír de nuevo tu nombre. No hay fuerza en el mundo que logre borrar este recuerdo, uno que está tatuado en mis huesos. El fragmento de tus besos recorre cada centímetro de mi cuerpo helado y triste, dichoso de saber que no podrá olvidarte ni en mil vidas” —citó con la vista clavada en el libro.

Jaymus me leía sin falta cada día. Se convenció de que eso me distraería un poco. Ciertamente, así era. No me ha abandonado desde ese día, brindándome toda su atención y apoyo en estas deplorables circunstancias, lo cual agradezco. Su compañía se ha convertido en algo indispensable. Siendo quien seca mis lágrimas, me devuelve las sonrisas y me despierta cuando regresan las pesadillas. Alcé la vista al cielo, con las manos descansando sobre mi pecho. La panorámica desde el patio de casa era un cuadro sereno, aún más bella cuando yacíamos juntos sobre el césped.

—Es todo por hoy —cerró los ojos y dejó el libro a su lado—. Iré a preparar el almuerzo. Dylan no tardará en llegar del trabajo.

—No tienes que hacerlo —volteé, y me acosté sobre su pecho—. No es necesario que te preocupes tanto por mí. Tú tienes tu propia vida, no desperdicies tu tiempo aquí. Yo estoy mejor.

—No me molesta ayudarte. Lo haré siempre que pueda —contestó aún con los ojos cerrados—. Algo me dice que mientes. Sé cuándo quieres espacio y cuándo necesitas compañía. Y ahora, tus ojos me dicen que no quieres estar sola.

Me cuesta admitirlo, pero él está en lo correcto. A veces me pregunto si soy demasiado transparente, de otra forma no habría razón para que me conozca tanto en tan poco tiempo.

Dylan llegó agotado. Ha estado bastante callado desde el funeral, algo no muy común en él. Lo entendía, porque sé lo que sentía por mi madre. La amaba demasiado. Ella siempre lo trató como a un hijo más, y eso conmovió su corazón, quien respondía con el mismo cariño.

Ahora, ambos parecían llevarse muy bien. En su primer encuentro, Dylan lo miró de pies a cabeza al verlo llegar mi lado. Unos días después, me encontré con una escena peculiar mientras recogía la ropa limpia: pude ver a ambos conversando en la cocina. Dylan lucía algo tenso e intimidante, pero después de un rato simplemente suspiró y estrechó la mano de Jaymus. Recuerdo haberle preguntado qué había pasado. Jay solo respondió: “Es un gran sujeto”.

Pero ahora, en este momento, el miró la hora en el reloj y se dispuso a irse, disculpándose por no poder comer con nosotros. “Recordé que tengo que hacer cosas con mi padre”, fueron las palabras de Jaymus, antes de salir por la puerta.

—¿Están juntos? —preguntó de repente.

—¿Qué? No.

Dylan resopló, jugando con su comida.

—¿Por qué preguntas?

—Se nota que te gusta —contestó—. Te conozco.

—Eso no es cierto.

—Está bien, si tú lo dices —se quedó en silencio un momento y volvió a hablar—. Es solo que creí que: “El amor es una pérdida de tiempo, solo deja marcas permanentes que no se borran con derramar un par de lágrimas.”

—¿Ahora memorizas todo lo que digo?

—Tal vez —blanqueé los ojos.

—Ya no estoy segura de lo que siento. Mentiría si dijera que no me gusta, pero tampoco sé si sí… ¿Cómo se supone que debe sentirse? —dije para mí misma.

Dylan pareció pensarlo unos segundos, como si supiera la respuesta, pero intentara buscar las palabras correctas.

—No es algo que se explica, solo puede sentirse. Cuando amas a alguien, tu vida comienza a deformarse, buscando unirse con la de esa persona especial —respondió, mirando su plato—. Es cuando haces todo sin esperar nada a cambio, cuando eres feliz si esa persona lo es. Amar es desearle lo mejor que la vida pueda ofrecer, incluso si no es contigo. Suena ridículo, lo sé, pero el amor lo es en algún punto. Amar, en sí, engloba todas las palabras que existen. Puede hacerte sentir todas las emociones que se te ocurran.

—Dylan, eso… —resoplé, formando una sonrisa—. Parece que sabes más sobre el amor de lo que creí.

—¿Qué te puedo decir? Soy un hombre bastante sabio —dijo—. Créeme, cuando lo sabes… lo sabes y ya.

-⚚-

—Buenas tardes, George —saludé. Él me miró y frunció el ceño—. Vine por el último cheque.

—Veo que al final esto fue demasiado para ti —dijo, entregándome el sobre—. Debiste hacerme caso, niña.

Ignoré sus palabras mientras contaba la cantidad en aquel sobre blanco con mi nombre escrito en una hermosa letra cursiva.

—Espera, aquí falta la mitad del dinero —él me miró confundido.

Le devolví el sobre y lo contó frente a mí.

—Está completo —afirmó—. ¿De dónde sacaste que falta la mitad?

—Es la mitad de lo que me han estado pagando todo este tiempo.

—Mira la lista —arrojó una hoja de papel—. Son las cantidades que cobran todos y cada uno de los empleados.

Revisé, notando que George estaba en lo correcto. Una idea loca apareció en mi cabeza. No estaba del todo segura, pero algo me decía que no estaba equivocada. Devolví el sobre y caminé a casa. Regué las plantas y preparé una cena decente para Dylan mientras él llegaba del trabajo. Unos toques en la puerta anunciaron la llegada de quien había estado esperando con paciencia. Abrí con cuidado, observando su gran sonrisa.




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