Otra vez bajo el precioso cielo azul de Brighton. Jaymus me había traído a un festival que atrajo a muchos lugareños y turistas de todo el mundo. “La ciudad también es conocida por su vida nocturna, su escena artística, las tiendas y los festivales.” Fueron sus palabras.
Pasar tiempo junto a él se había vuelto mi pasatiempo favorito. ¿Y cómo no? Es la persona más interesante que he conocido. Es imposible aburrirse a su lado. Su mente siempre estaba llena de ideas, sus pies siempre tenían un lugar a donde ir, y su boca siempre tenía algo que decir. Con él solo tienes que caminar a través de risas y conversaciones en las que puedes esperar cualquier cosa. Me encantaba todo de él, especialmente el hecho de que fuera tan diferente a mí. Tan visionario, tan valiente. Con esa mirada que ve a través de mí, desnudando mis secretos, abrazando mis heridas, adorando mis defectos. “Si algo te trae paz, compártelo; en una de esas terminas expandiéndola hasta que llegue a personas que también la necesitan”. Es algo que siempre dice. Tomaba todo lo que lo hacía feliz, todo lo que le generaba paz, y me lo compartía sin dudarlo.
Jay me llevó a un puesto de helados, justo al lado de un espectáculo de música en vivo. El lugar estaba lleno. Una canción empezó a sonar mientras esperábamos en la fila. Me giré para mirarlo y él hizo lo mismo. No reconocí la melodía, pero era hermosa. Él sonrió, y sin apartar la mirada, comenzó a retroceder lentamente hacia la pista de baile. Negué con una expresión de susto, y él soltó una risa suave antes de murmurar un “sí”. Una pareja mayor nos regaló una sonrisa dulce al vernos llegar. Eso le causó gracia, y les devolvió el saludo antes de volver a mirarme. Al notar mi nerviosismo, tomó mis brazos y los llevó a su cuello, luego apoyó sus manos en mi espalda baja para acercarme.
—Tranquila. Imagina que aquí, ahora, somos solo tú y yo.
Mi corazón se aceleró. Era su voz, tan profunda. La forma en que lo dijo. Cómo siempre sabía exactamente qué decir. Empezamos a movernos lento, dejándonos guiar por la música suave que nos mecía de un lado al otro. Cerré los ojos y apoyé la cabeza en su hombro. El calor de su cuerpo, su aroma, ese instante… me elevaron. Su presencia me hace sentir segura. Como en casa. Tan viva, tan en paz, que podría quedarme ahí por siempre, rodeándolo con los brazos hasta fundirme con él.
Nunca había bailado así con nadie. Con esa complicidad, esa sincronía. Nos hablábamos con palabras, solo con el contacto, con la piel. Y una corriente recorría nuestros cuerpos, llegando al corazón, llenándolo todo. Suspiré profundo, aferrándome a este momento. Sabía que viviría para siempre en mi memoria. Los aplausos marcaron el final de la canción, y apenas nos separamos. Nuestras miradas seguían unidas, cargadas de amor y deseo, imposibles de ocultar.
Un golpe en la espalda de Jaymus nos hizo girar dándonos con los rostros afligidos de una pareja que sin querer había chocado con nosotros.
—Perdón por mi esposo, tiene dos pies izquierdos —se apresuró a decir con una sonrisa apenada.
—¿Por qué dices eso? Me he estado esforzando mucho en las clases de baile.
—No se preocupen, me pasa exactamente lo mismo —dijo Jaymus.
—¿Tu esposa tiene dos pies izquierdos? —preguntó él.
—No, yo los tengo. Ella, como siempre, lo hace de maravilla.
Reí al ver la escena, la mujer regañaba a su esposo por no ser como Jaymus, y él se defendía diciendo que no sabría mentir tan bien. Se veían jóvenes, tal vez no tanto como nosotros, pero definitivamente no pasaban de los cuarenta.
—¿Hace cuánto están casados? Porque se ven como una pareja joven —ella suspiró y continuó—. Aún recuerdo cuando mi Ralph y yo nos veíamos así de felices. Oh, eran buenos tiempos. ¿Qué nos pasó, cariño?
—Aún somos felices. Que hayamos cambiado no significa que nuestro amor también lo haya hecho —contestó—. Yo siento exactamente lo mismo que sentí la primera vez que te vi.
—¿En serio? —él asintió y se ganó un beso por parte de su esposa—. ¿Y ustedes?
—Bueno, aún no estamos casados —respondió Jaymus.
—Eso es una sorpresa —dijo él—. Estaba seguro de que eran una pareja casada.
—Pronto lo seremos… Algún día, no muy lejos de hoy —me miró—. ¿Verdad?
Lo miré en silencio por unos segundos, encantada con la idea. Una sonrisa tímida se formó en mis labios, revelando la respuesta que aún no había dicho en voz alta.
—Por supuesto —dije, y él entrelazó nuestras manos con una expresión de orgullo.
—Ambos son muy tiernos, ¿no crees, Ralph? —él asintió.
—¿De dónde vienen? —preguntó de repente, acercando mi cuerpo al suyo—. No tienen acento, así que supongo que son turistas.
—Así es. Venimos de California —respondió la mujer—. Mi hermana vino de vacaciones a Brighton hace un par de años. Es el lugar que tanto estábamos buscando. Tan hermoso y tranquilo al mismo tiempo. Con lo justo y necesario.
—Nos fue imposible no enamorarnos de él —siguió—. Hasta se ha convertido en una tradición terminar nuestro día con un paseo por el muelle.
—Suena maravilloso —dijo a mi lado—. Este es el lugar correcto si buscas una vida tranquila.
—Ahora lo sabemos. Planeamos mudarnos aquí la próxima temporada —Jay me miró con una sonrisa al oír a la mujer—. Espero que podamos volver a vernos.
—Claro que sí —respondí.
—Hasta entonces tal vez ya estén casados —sonreí al ver la mirada pícara de Ralph.
—Una boda cerca del muelle… ¿Te lo imaginas, cariño? —preguntó la mujer, llevando ambas manos al pecho de su esposo.
—Acabas de darme una excelente idea —Jaymus evitó sonreír mientras les daba una mirada cómplice a ambos—. Fue un gusto conocerlos. Soy Jaymus, y ella es Skylar.
—Ralph —se señaló— y mi esposa, Victoria.
—Fue un gusto conocerte, cariño —se acercó agarrando mis brazos—. Estoy segura de que nos volveremos a ver.
Dicho eso, ambos se despidieron perdiéndose entre la multitud. La música comenzó a sonar otra vez. Jay sonrió entrecerrando los ojos y tomó mi mano para comenzar a caminar lejos de ahí.