Después de un tiempo, lamentablemente la guerra ya formaba parte de nosotros. Los bombardeos eran frecuentes, las raciones escasas y la comida cada vez más difícil de conseguir. La gente se ayuda entre sí, pero el miedo siempre está presente. Sabemos que el ejército alemán avanza en Europa, y los rumores de una invasión a Gran Bretaña nos llenan de terror. El gobierno nos asegura que nos defenderemos, nos da esperanza con sus discursos, pero la incertidumbre crece. Las mujeres han tenido que trabajar en fábricas y otros oficios, y la mayoría de los hombres están en el frente, luchando por nuestra supervivencia. Las cartas que llegan de ellos son breves, y cada vez menos regresan. La vida continúa, pero no es la misma. Vivimos con la esperanza de que todo esto termine pronto, aunque no sabemos cómo ni cuándo.
La noticia de que Jaymus sería reclutado no me dejó dormir. Apreté la cara contra la almohada, tratando de ahogar mis sentimientos. La idea de verlo marcharse me llenaba de angustia. Su padre lo había presionado, diciéndole que al regresar sería un héroe para su familia, un héroe para mí. Yo le recordé que ya lo era, que siempre lo sería. Un sollozo escapó de mí mientras miraba la luna a través de la ventana, desgarrada por la certeza de que mañana partiría hacia Alemania. Mis ojos hinchados se cerraron, y al creer que solo había pasado un segundo, los abrí. Me sorprendí al ver que ya había amanecido. Eso solo podía significar una cosa.
—Sky… —habló desde mi puerta—. Ven un segundo. Tienes visita.
Salí de la cama y caminé hacia la puerta. Dylan apretó los labios y se encerró en su habitación. Giré mi cuerpo y guie mis pies hacia la sala. Mi corazón se estrujó al verlo ahí, vistiendo un uniforme verde opaco. Su sonrisa apagada me obligó a caminar hacia él, llevando mis manos a su triste rostro. Acaricié su mejilla y Jaymus cerró los ojos, agarró mi mano y dejó un lento beso en ella, sintiendo el dulce toque que esta vez quemó.
—Lo siento —susurró sin mirarme—. Aun si me negara, mi padre ya me enlistó hace semanas. Traté de convencerlo, le pedí de rodillas que no hiciera esto, pero no conseguí nada más que perder el poco respeto que aún tenía de él.
El café de sus ojos finalmente encontró los míos, cristalizándose al chocar. Jaymus se estaba rompiendo en pedazos frente a mí. Se veía tan asustado, tan vulnerable, que cada gesto de dolor en su rostro me destrozaba un poco más.
—¿Crees que soy un cobarde por no querer hacer esto? —preguntó—. Te había dicho que no soy fuerte. Ahora debes estar comprobando que no mentía.
—No eres un cobarde, nunca lo serás. Tu padre… perdóname, pero él sí que lo es —apreté los dientes—. ¿Cómo se le ocurre mandarte a luchar en esta estúpida guerra?
—Le preocupa lo que la gente dirá si no voy —resopló—. Como siempre, le interesa más la opinión pública que otra cosa. Incluso que mi propia vida.
La sala se sumió en un profundo silencio, que ninguno deseaba terminar, porque el silencio significaba calma. Y la calma era lo que más necesitábamos en estos momentos.
—Volveré… Te prometo que haré lo posible por hacerlo.
Negué con la cabeza.
—Quédate —supliqué—. Por favor, Jaymus.
—Me encantaría quedarme. Ojalá pudiera permanecer aquí por siempre.
—Entonces hazlo.
Jaymus forzó una sonrisa. Una que ocultaba la más pura tristeza.
—Te amo, Amazon —susurró—. Te amaré hasta el final del mundo. Incluso si no regreso, mi amor estará siempre contigo. No lo olvides.
—No digas eso, volverás —contesté, sintiéndome atrapada, completamente destruida por aquellas palabras que perforaron mi corazón—. Lo prometiste.
—Así es, volveré —dejó un beso en mis labios—. Volveré y nos casaremos. Tendremos hijos y usaremos tu apellido.
—¿Cambiarás tu apellido por el mío?
—Seremos la familia Amazon.
Sonreí sin fuerzas al escuchar su idea. Jaymus tomó su mochila, dirigiéndose hasta la puerta, no sin antes regalarme el más único y doloroso de todos los besos. Uno que me dejó satisfecha y, a la vez, con ganas de más. Aspirando su aroma por última vez, recorrí cada parte de él, sin saber cuándo volvería a verlo.
—Nos vemos pronto, mi amor —dijo, dándome la espalda.
—Jaymus, te amo —susurré, pero en esas palabras no había solo amor, sino devoción, la entrega total de todo lo que soy. Palabras que nacían desde lo más profundo de mi ser, como si, al pronunciarlas, lo siguieran y lo acompañaran incluso si no estoy a su lado.
Y él sonrió, una acción que, a pesar de haber sido fugaz, para mí duró una eternidad.