El clan de los condenados

Capítulo 38

Nos pasamos la vida evitando lo que creemos que nos hará daño, tratando de olvidar lo que alguna vez nos lastimó. Evitamos subir a la montaña rusa porque subimos tan alto que nos aterra saber que tenemos que volver a bajar. “Vivo la vida evitando la vida”. Cuando lo más importante es que solo tenemos una vida. Una sola. Y la dejamos convertirse en una maldita espera. Un estado de alerta en el que reprimimos todos nuestros primeros impulsos, todas las primeras cosas que aparecen en la mente. ¿Y por qué? Todo por un “¿Y sí…?”.

¿Y si me lastiman? ¿Y si vuelvo a sufrir lo mismo? Y lo entiendo, pero… nunca es un “¿Y si no…?”.

Haz lo quieras. Evitar el sufrimiento no te hará más fuerte, ni siquiera te hará más feliz. Acepta que, hagas lo que hagas, el mundo seguirá girando. La vida no se detendrá por ti, ni por nadie. El tiempo se agota, y créeme que no querrás irte con la incertidumbre de saber qué hubiera pasado si hubieses hecho todo eso que tuviste miedo de hacer. Levántate, cae. Acierta, falla. Ríe, llora. Siente, vive. Arriésgate a seguir lo que tu corazón dicta, no lo que tu mente insinúa. Atrévete a vivir. Anímate a soñar. Camina sin miedo, a paso firme. Corre tras todo eso que te hace feliz. Abraza todo eso que amas y no dejes que se aleje de ti. Eso mismo es lo que haré.

—No puedes hablar en serio —soltó, caminando de un lado a otro—. No creas que voy a dejar que cometas esa locura. No irás.

—No estoy pidiendo tu permiso. Tampoco espero que entiendas la razón por la que estoy haciendo esto —respondí al instante—. Solo quería que lo sepas. Me parecía injusto marcharme sin decirte nada antes.

—¿Qué pasa contigo? Tú no eres así.

—Basta. Estoy harta de evitar todo. No quiero seguir siendo la cobarde que reprime lo que siente. Estoy cansada de prejuzgar las cosas por miedo a sentir lo mismo que sentí cuando murió mi padre. Por fin encontré a alguien con quien no me da miedo intentarlo, donde no me importa equivocarme. Y me rehúso a perderlo.

—Sabes, si eso es lo que quieres, está perfecto. Pero no confundas las cosas. Ir a Alemania corriendo detrás de la muerte no hará una diferencia —respondió—. Tú eres sensata. No cometas un error como este solo porque tus emociones están siendo más grandes que tú ahora. Estás permitiendo que tu dolor nuble tu buen juicio.

—No, lo siento. No escucharé a mi cabeza. Por una vez en mi vida haré lo que mi corazón dicta.

—¿Le harás caso a tu corazón, aunque eso te cueste la vida? —preguntó, algo irritado—. A veces, en casos como este, evitar es la solución más inteligente. Incluso Jaymus sabe eso.

Negué con la cabeza y continué guardando algunas cosas en mi bolso. Él pasó la mano por su cabello, despeinándose de forma intranquila.

—Skylar, por favor. No hagas esto —susurró—. Te lo suplico.

—Tú mismo lo dijiste: “Cuando lo sabes, lo sabes y ya” —él suspiró, cansado—. Tengo que hacer esto. Tengo el presentimiento de que algo horrible pasará. Debo encontrarlo y traerlo de vuelta.

—Morirás —dijo—. ¿Eso no te importa?

—No realmente.

—Bueno, a mí sí me importa. Y mucho.

—Yo… perdóname —susurré.

Dylan asintió lentamente, frunciendo los labios. Dejó salir el aire que había aspirado y caminó hacia la puerta, cerrándola con llave.

—¿En serio? —formulé, seria.

—No dejaré que te vayas hasta que no me expliques qué es exactamente lo que planeas hacer.

—No tengo por qué explicarte nada —contesté, cerrando el cierre del bolso—. Abre la puerta.

—Si quieres que lo haga, contesta —dijo, cruzando ambos brazos—. ¿Cuál es tu plan? ¿Qué planeas hacer en cuanto llegues a Alemania?

—No lo sé.

—¿Cómo planeas buscar a Jaymus? ¿Crees poder encontrarlo en medio de todo ese caos? —volvió a preguntar—. Responde. ¿Cómo llegarás a Alemania? ¿Cómo sabrás con exactitud adónde ir?

Guardé silencio, mirando la forma desafiante en la que estaba parado, conteniendo la respiración al no tener respuesta para ninguna de sus preguntas.

—Dime, Skylar, ¿Qué dice tu corazón ahora?

—¡No lo sé! —exclamé, sorprendiéndolo—. No lo sé…

Dylan exhaló, llevando su cabeza hacia atrás. Parecía estar pensando en una solución, pues bien sabía que no había nada que él pudiera hacer o decir para hacerme cambiar de opinión.

—Está bien. De todas formas, no podría obligarte a que te quedes —dijo al fin—. Pero iré contigo.

Sacudí la cabeza. ¿Qué es lo que había dicho?

—No. Tú te quedas aquí.

—No estoy pidiendo tu permiso —contestó con un tono frío—. Si quieres ir, tendrás que llevarme contigo.

—¿Por qué?

—No te dejaré hacer esto sola.

—Dylan, quédate. Tú aún puedes tener una larga vida —dije—. Tienes todo para construir un hogar feliz. No arruines tus posibilidades por luchar una batalla que ni siquiera es tuya.

—Escucha, siempre respeté tus decisiones, también tus batallas —contestó, acortando la distancia—. Esta es mi vida, Skylar. Yo elijo esto. Harás lo mismo que yo intenté contigo hace un rato, tratarás de convencerme de no hacer algo que crees que está mal, pero al final haré lo que yo quiera y tienes que respetarlo. Así como hice yo.

—Tú mismo lo dijiste, moriré. Así que es posible que tú también lo hagas.

—Ya lo sé. Y no me importa.

Su expresión había cambiado completamente. Los roles se invirtieron, siendo yo la que lucía angustiada.

—No puedo entenderte.

—No espero que lo hagas —dijo.

—¿Acaso no te da miedo morir?

Dylan pareció pensarlo un poco.

—Claro que me asusta. Es más, me aterra. Pero prefiero morir a tu lado que vivir en un mundo en donde no estés.

—Deja de decir tonterías.

—Lo digo en serio. Si no estás, no queda nada más para mí —rió sin gracia—. Nada tendría sentido. Moriré antes de darme cuenta.

—¿Lo dices en serio?

—Skylar, eres lo más importante en mi vida. La única familia que tengo. No hay nada que no haría por ti —apoyó ambas manos en mis hombros—. Iré a donde vayas. Seré lo que necesites. Siempre nos tendremos el uno al otro.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.