Hasta entonces, nunca imaginé que alguien pudiera ocupar tanto espacio en mis pensamientos, que podía volverme tan adicta a otra persona. Es como probar algo que te gusta por primera vez, tan irresistible que se vuelve imposible soltarlo. Detestaba lo cursi que podía llegar a ser... pero era real. Han pasado siete días en los que la mayoría de mis sonrisas llevaban su nombre. Una semana entera compartiendo momentos, visitándonos sin máscaras, contando sueños en voz baja, murmurando miedos al oído. Cayendo, cada vez más, en un pozo profundo del que no quería salir. Al menos, no todavía.
—Aún no me dices a dónde estamos yendo —comenté caminando a su lado; nuestras manos estaban entrelazadas, sintiendo el calor reconfortante emanar de estas.
—Es una sorpresa —afirmó—. Tienes que aprender a esperar.
—La paciencia no es exactamente una de mis virtudes.
—Creo que me he dado cuenta de eso —contestó acercando su rostro al mío—. Vamos, estamos a punto de llegar.
Sin aviso, corrió como un niño pequeño hacía la entrada de un parque de diversiones, adornado con luces por todos lados. Sentía que estaba rodeada de miles de estrellas.
—La cita perfecta —murmuró—. Tú, yo y un futuro hijo de peluche.
—Esto es precioso —contesté, dando un pequeño vistazo a los juegos. Él pasó su brazo por encima de mis hombros y comenzó a caminar—. ¡Mira, tiro con arco!
—¿Te gusta eso? —preguntó.
—Digamos que he tenido algo de práctica —sonreí—. Inténtalo tú primero.
—¿Segura? —asentí—. Está bien, ganaré el más cursi de todos los osos.
Thomas apuntó y tensó el arco, atrayendo la flecha hacia atrás. Cerró uno de sus ojos y la soltó, clavándose en el más bajo de los puntos.
—No puede ser… soy un asco —dijo entre risas—. Pensé que sería más fácil, es muy engañoso.
—Solo fue un mal tiro, inténtalo de nuevo —aplaudí a sus espaldas, dando pequeños saltos.
Thomas sacudió su cuerpo y volvió a ponerse en posición, tensando el arco y disparando nuevamente. Esta vez, la flecha logró impactar un poco más arriba.
—Fracasé como futuro medallista olímpico del tiro con arco —alzó los brazos, rindiéndose—. Inténtalo tú, salva a nuestro bebé que está en esa repisa.
—¿Cuál quieres? —dije, cerrando uno de los ojos para apuntar mejor.
Solté la flecha que impactó justo en el centro, haciendo que el dueño se sorprendiera. Thomas me miró orgulloso y aplaudió, exigiendo un peluche.
—Tienes que darme clases privadas —susurró cerca de mi oído—. Tengo mucho que aprender.
—Cuando quieras, guapo —respondí y el me besó. Uno lleno de emociones, tan dulce que me es imposible pensar en llegar a besar otros labios. Amaba su olor, lo deseaba, quería ser parte de él. Sentía que nos fusionábamos. Era un beso tan profundo, tan íntimo, tan real, que me hacía querer repetirlo sin falta cada día por el resto de mi vida.
La alegría desbordaba de mí de una manera inexplicable. Habíamos estado paseando por el parque entero por más de tres horas. ¿Cómo puede una persona hacerte sentir todo haciendo nada? Por más que intento ocultarlo, no puedo evitar sonreír cada vez que lo veo. Mis pupilas se dilatan y me delatan.
—Disculpa, ¿podríamos tomarnos una foto contigo? —una señora se acercó con su pequeña hija en brazos.
—Por supuesto —sonreí.
Ese tipo de situaciones se habían vuelto bastante comunes desde nuestra aparición en Londres. Aún no estaba acostumbrada, pero la fama llegó en buena hora. Contribuyó mucho para la aceptación de los mutantes, siendo “El clan de Vidarissa” la cara de ellos.
—¿Qué hacemos ahora? —hablé sosteniendo algunos de los premios.
—Lo que tú quieras.
—¿Qué te parece la rueda de la fortuna? —dije señalándola. Thomas me miró con terror—. ¿Sucede algo? No me digas que le tienes miedo a las alturas.
—¿Qué? ¿Yo? Tal vez un poco —rascó su cabeza con la vista en la rueda—. No importa, creo que es tiempo de tachar ese miedo de la lista.
—No hace falta, podemos hacer otra cosa. —me interrumpió.
—No, no dejaré que un estúpido juego me avergüence frente a ti —agarró mi mano y comenzó a caminar hacia el—. Dos boletos, por favor.
Thomas trataba de sonreír, luciendo lo más confiado posible, pero yo sabía que, por la forma en que no dejaba de mover el pie, estaba librando una guerra interna.
—Adelante, que lo disfruten —dijo el hombre, que parecía odiar su vida.
Ambos nos sentamos en aquel asiento de hierro con forma de corazón y, al bajar la barandilla de seguridad, comenzó a moverse. Thomas cerró los ojos y buscó mi mano, agarrándola con algo de fuerza.
—Tranquilo, mientras esté contigo, no dejaré que te pase nada. —al oírme, Thomas abrió poco a poco los ojos, mirándome con dulzura.
El silencio nos abrazó y él apoyó su cabeza en mi hombro. Respirábamos el frío viento desde lo más alto de la rueda de la fortuna; todo se sentía tan perfecto que hasta parecía irreal. Solo éramos nosotros dos, disfrutando la compañía del otro, tan alto que podríamos alcanzar las estrellas. Al bajar del juego, Thomas se agarró la cara mirando hacia arriba.
—No puedo creer que haya podido subirme a una de esas cosas —sonrió—. Todo gracias a ti.
—No digas eso, fuiste tú solo —negó y se acercó, poniendo sus manos en mi cintura, pegándome aún más a él.
—¿Cómo podría agradecerte por haberme ayudado? —fingió pensarlo—. Ven conmigo, tengo una sorpresa más.
Caminamos hasta un enorme edificio, y me cubrió los ojos con una venda antes de entrar al ascensor.
—¿Lista? —dijo cuando se abrieron las puertas—. Ya puedes ver.
Tapé mi boca al ver la escena. Thomas había adornado la terraza con velas y luces por todas partes; un rastro de pétalos guiaba el camino hacia una mesa y, sobre ella, había un ramo de las más hermosas rosas. Sonreí al verlo de pie, mirándome.
—Espero que te guste —habló y movió la silla para que pudiera sentarme—. Quería hacer algo muy especial para ti.