¿Cómo culpar a mi mente por el caos en mi cabeza, si fui yo quien la llenó de pensamientos? Las decisiones correctas son las que más duelen, igual que aprender a soltar a quienes amas.
—No puedes estar hablando en serio —soltó—. ¿Condenados? Eso es imposible.
—Ojalá lo fuera… —dije—. Thomas, no podemos seguir con esto.
—No, no digas eso. No tiene que terminar así —se acercó—. No me importa esa estúpida condena. No le tengo miedo a la muerte, yo arriesgaría todo por intentar algo contigo.
—Basta, no sigas —caminé hasta el otro extremo de su habitación—. Esto no es solo sobre nosotros, también afectará a los clanes... No es un riesgo que esté dispuesta a tomar.
—¡Ya lo sé! —gritó—. Entiendo perfectamente. Somos tan dañinos que dañamos incluso a los demás, estamos comiendo la maldita manzana sabiendo que está envenenada. Pero no puedo evitarlo, no puedo dejarte ir, no otra vez.
—Ya lo hicimos una vez, otra no nos matará —le di la espalda y comencé a tomar mis cosas.
—¿Te irás? ¿Renunciarás tan fácil a esto? —Thomas tomó mi brazo, obligándome a mirarlo.
—¿Crees que esto es fácil para mí? —golpeé su pecho haciéndolo retroceder—. ¿Crees que no quiero quedarme contigo?
—Entonces no te vayas, encontraremos la forma —dejó suaves trazos en mi mejilla—. Te amo, Victoria… Te amé antes, te amo ahora y te amaré en todas mis vidas.
—Por favor, basta —susurré—. Estamos jugando con fuego y no solo acabaremos quemados, también quemaremos todo a nuestro alrededor.
—Si no juegas con fuego, te arriesgas a morir de frío.
Thomas no pudo evitar fijar la mirada en mis labios, deseando probarlos de nuevo, esta vez con una urgencia desesperada. Tomó mi rostro para profundizar el beso; nuestros labios se movían al unísono, como si fueran uno solo. Las respiraciones se entrecortaban, y yo perdía por completo la cordura. Me atrajo más hacia él, presionando su cuerpo contra el mío, mientras un escalofrío recorría cada fibra de mi ser. Me guio hasta la cama, me acostó con lentitud y se subió encima, levantando mi remera para dejar una lluvia de besos desde mi estómago hasta mi cuello.
—Eres consciente de a dónde puede llegar esto, ¿verdad? —asentí—. Dime cuándo quieras que pare.
—No quiero hacerlo.
—Espera… ¿Estás segura?
—Ya te lo dije, quiero que seas mi primer, último y único amor.
Una sonrisa se dibujó en el rostro de Thomas antes de acercarse de nuevo y dejar un dulce beso sobre mis labios.
Entonces, mirándolo, me sentí plena. Su sonrisa deshacía el nudo en mi pecho, dándome calma, haciéndome olvidar que estoy pecando. Aunque duela, átame, así no pueda huir. Era adicta a todo lo que tenía que ver contigo, y tenías razón: somos tan dañinos que incluso dañamos a los demás. No nos salvaremos de la muerte, sé que arderemos en el infierno, pero al menos el amor nos habrá salvado en vida.
Hay miedos que solo se disipan con un simple roce y, en mi caso, con una caricia tuya. Existen abrazos que iluminan vacíos tan profundos que logran desvanecerlos por completo; besos que solo se sienten mágicos con una persona... y solo tú podías provocarlos. No me viste desnuda solo porque tuvimos sexo, lo hiciste al recibir todo lo que tenía para darte, al amarme y verme por lo que realmente soy.
El lunar en tu pecho tiene la forma de una media luna. Te ríes, sorprendido, al verme trazar su contorno con mis dedos. No dejo de mirarte; quisiera conservar para siempre el recuerdo de esa sonrisa. Pero sé que no podemos seguir así. Mi corazón se parte en dos, se quiebra, pero sigue latiendo, sigue anhelando lo que sabe que no debe desear. Es extraño, porque, aunque todo lo que quiero es estar a tu lado, también sé que cada instante juntos nos aleja más de lo que realmente necesitamos. Cada beso, cada caricia, me hunde más en este abismo que, aunque hermoso, nos consume lentamente. Y aunque algo en mí quería rendirse, entregarse a esta locura, hay una voz tenue, escondida en un rincón profundo de mi alma, que grita que esto no puede ser el final. Que no podemos ni debemos ser así. Pero las ganas de quedarme, de no dejar de sentir lo que es vivir este amor, me abruman tanto que la razón se pierde en el eco ensordecedor de mis deseos.
—Deja caer tu cabeza en mi pecho y escucharás a mi corazón decir que solo late por ti —susurró. Pero no pude concentrarme en sus palabras; una oleada de culpa sacudió todo mi ser.
—¿Qué vamos a hacer? —solté.
—Todo estará bien.
—¿Y si no?
—Y si no… bueno, será un honor volver a morir a tu lado.
—Deja de decir esas cosas —contesté encendiendo el televisor.
—No te enojes —besó mi cuello—. Ya pensaremos en algo.
—Thomas… ¿Qué mierda es eso? ¿Otra vez lo mismo?
Un programa de televisión mostraba imágenes sobre el supuesto romance de Thomas Zallen y su coprotagonista Lily Cameron.
—Ah… eso —murmuró.
—¿Ah, eso? —Thomas comenzó a reír, intentando hacer que me recostara a su lado—. No me toques.
—Solo es promoción para la película —respondió, apagando la televisión—. Sabes que siempre hacen lo mismo.
—Literalmente estás besándote con ella —contesté histérica—. ¿Eso también es parte de la promoción?
Lejos de tomarse en serio mis palabras, Thomas se recostó con tranquilidad, llevando ambas manos detrás de la cabeza.
—¿No vas a decir nada?
—¿Qué quieres que te diga? —soltó con un tono molesto—. Es mi trabajo. No es como si pudiera negarme.
—Pero tampoco te quejas.
—No voy a discutir sobre esto. Ella y yo solo somos amigos.
—¿Amigos? —solté una risa incrédula—. Creí que solo eran compañeros de trabajo… o al menos eso me dijiste la semana pasada.
—Amigos, compañeros de trabajo… es exactamente lo mismo —dijo Thomas, llevándose ambas manos al rostro—. Lo importante es que entre ella y yo no hay nada. Es puro marketing.
—¿Y por qué la miras así, entonces?
Thomas frunció el ceño.