El clan de los condenados

Capítulo 46

Tres días. Setenta y dos horas sin una sola señal, sin una palabra suya. Aunque ya tomé una decisión y, en el fondo, sé que fue la correcta, no puedo evitar sentir que merecíamos otro final. Uno menos tibio, menos ausente. Esperaba, quizás ingenuamente, despedirme como se debe, frente a frente, con los ojos cargados de todo lo que no supimos decir a tiempo. Un adiós que, aunque doliera, tuviera el peso de la verdad y la dignidad de un cierre. Porque no se trata solo de irse, sino de saber decir adiós.

—Necesito que me lleves a la línea original —sonrió ampliamente—. Tengo cosas que hacer.

—¿Vas a ir a acosar a esa pobre chica?

—No es acoso. Es amor —Suhan llevó ambas manos a su pecho—. Además, hasta ahora no me ha pedido que la deje en paz; todo lo contrario. Voy con calma, respetando su ritmo.

Me alegré mucho por ella y abrí el portal con la promesa tácita de reencontrarnos en el mismo lugar dentro de unas tres horas. La escena parecía simple, casi mecánica. Pero justo antes de cruzarlo, una idea atravesó mi mente: ¿y si intento contactar a Thomas? No era más que un pensamiento fugaz, pero suficiente para sembrar inquietud. Con la decisión tomada, iba directo a su casa, una sensación extraña comenzó a crecer en mi pecho, como un eco sordo que advertía sin palabras. Algo no estaba bien. No tenía pruebas, no sabía absolutamente nada con certeza… y, sin embargo, lo sabía todo. Como si la verdad ya estuviera escrita en el aire, esperando a que la viera con claridad.

—Hola, ¿en qué puedo ayudarte? —dijo al abrir la puerta, con una sonrisa casual.

—Estoy buscando a Thomas —respondí, escaneándola instintivamente de pies a cabeza—. ¿Está en casa?

—Está en la ducha —respondió sin titubear, mientras abría más la puerta y se hacía a un lado—. Pasa, no debe tardar en salir.

Entré a paso lento, casi arrastrándome por la inercia de la situación, pero todo en mí estaba en alerta. Bastó una mirada para que algo dentro de mí se rompiera, aunque aún no lo supiera del todo. Esa camisa, la reconocí al instante. Era la misma que él llevaba puesta aquel día en el parque. Ahora ella la llevaba como vestido, con una familiaridad que no necesitaba explicación. Una presión se instaló en mi garganta, áspera y seca, difícil de tragar. Mi pecho palpitaba desordenado, clamando que no, que no podía ser lo que parecía. Que debía haber una razón, una que explicara todo sin destruirlo. Y, sin embargo… mi mente ya lo sabía. Lo sabía desde antes de tocar la puerta.

—¿Algo de beber? —negué con una sonrisa—. Perdón por el desorden. Thomas es un desastre.

—Estoy acostumbrada.

—Es un caso perdido. Lo que pasa es que acabamos de volver de un crucero y ninguno tenía energía para poner este lugar en orden. Insistí en que contratara algún servicio de limpieza, pero no hace caso.

—¿Crucero? —sacudí la cabeza—. ¿Fueron a un crucero juntos?

—Sí… —dijo con obviedad—. Queríamos tiempo a solas. Después de hacer pública nuestra relación no tuvimos mucho tiempo.

—No me digas… —dije apretando los dientes—. ¿Llevan mucho tiempo saliendo?

—Lo hicimos oficial hace dos semanas…Espera, tú eres su prima, ¿verdad? Creo haber visto una foto tuya en su teléfono.

—¿Compraste el cargador que te pedí? —Thomas se unió a la escena secándose el cabello con una toalla. Al verme, su rostro cambió por completo. La sorpresa, el nerviosismo, la culpa, todo se dibujó en sus facciones en cuestión de segundos. Miraba de reojo a Lily, que seguía ahí, ajena a la gravedad del momento, como si aún no entendiera nada.

—No sabía que vendrías —dijo, acercándose con cautela—. ¿Qué haces aquí?

—Nada —respondí con la voz más neutra que pude encontrar—. Solo pasaba por aquí y pensé en preguntarles cómo les fue en el crucero.

—No es lo que parece, es solo un malentendido —trató de tomar mis manos—. Te lo juro.

—¿De verdad vas a tener el descaro de mentir? —dije, señalándola con la mirada—. Ella está literalmente parada ahí.

—Déjame que te explique…

—Olvídalo.

—Solo escúchame —dijo mientras me sujetaba del brazo, obligándome a girar hacia él—. Perdóname. De verdad lo siento.

¿Cómo podría responder? Mi voz se había desvanecido junto con la última chispa de confianza que me quedaba. No quería verlo. No quería escucharlo. Todo en mí gritaba que me alejara. Vi cómo sus ojos se inundaban de lágrimas, suplicando en silencio que la perdonara, que me quedara, que fingieran que nada de esto había ocurrido.

Eso no pasaría.

—・Ꮙ・—

Vacío. Desde ese día, todo pesa igual. La mente duele sin descanso, como si el dolor físico intentara ahogar al emocional, sin éxito. Todo se desordena, la ropa me oprime, el aire se vuelve denso y mi corazón ya no haya razones para seguir latiendo. Quería tanto que me amaras, que tuve que imaginar que lo hacías. Me aferré a una ilusión, simple y cruel, disfrazada de bendición. Y lo peor es que no pedía mucho… solo amor. Amor de sobra, uno que entrega sin miedo, sin medida. No estas malditas sobras de amor. Y te odio. Odio que seas todo lo que siempre esperé. Odio haberme convencido una y otra vez que eras el indicado.

Mátame con suavidad… acaríciame una vez más. Hazme llorar, permite que el dulzor de mis lágrimas contrarreste la amargura que dejaste. No te atrevas a decir nada. Guarda tus palabras; ya han desgarrado mi alma más de lo que debían.

Y, sin querer, volví a llorar… Por él. Por mí. Por todo lo que fuimos. Lloré porque amaba lo que éramos y no sé cómo dejar de hacerlo. Rezo, una vez más, para no volver a cruzarme contigo. Aun así, no está en mis planes olvidarte. Tampoco quiero negar que te amé. Eso sería arrancarme una parte de mí, y no pienso recorrer la vida hecha pedazos.

—¡No puedo más! —exclamó exhausta—. Me rindo.

Minakuri dejó el pincel sobre la mesa y quitó el lienzo del caballete, observándolo con disgusto.

—¿Ahora qué? —contesté riendo—. ¿Qué es lo que no te gusta?




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