—Suhan, escúchame…
—No, escúchame tú a mí —sus palabras sonaron firmes, casi cortantes—. No vamos a decir nada de lo que pasó, ¿de acuerdo?
—No quiero que arrastrarte más a esto, no tienes que mentir por mí.
—No hay otra opción. No podemos dejar que las demás lo descubran —hizo una pausa, su voz se volvió casi un susurro—. Te meterás en muchos problemas, sobre todo si Elena lo descubre.
—¿Qué cosa no quieres que descubra? —su voz cortó el aire como un cuchillo. Estaba detrás de nosotras, con los brazos cruzados y una ceja levantada.
Todo dentro de mí se detuvo. La sangre se me congeló y, por un instante, pensé en mentir, tratar de inventar algo rápido, cualquier excusa. Pero… ya no tenía fuerzas. Me cansé de cargar con verdades a medias, de disfrazar lo que éramos. Quizás ya era momento de enfrentar las consecuencias.
—¿¡En qué estabas pensando!? —gritó, desbordada de rabia y desesperación—. ¿¡Acaso perdiste la cabeza!? No entiendo cómo pudiste ser tan irresponsable.
No pude responder. El silencio se volvió denso, casi insoportable. Y como si el universo decidiera cargar aún más el momento, una puerta se abrió a nuestras espaldas. Las demás habían llegado. Sus pasos se detuvieron en seco al vernos. El ambiente hablaba por sí solo. Las pisadas de Elena retumbaban con fuerza sobre el suelo, marcando un ritmo furioso mientras iba y venía, atrapada en su propia tormenta. Las demás permanecían en silencio, inmóviles, como si el aire se hubiera vuelto demasiado espeso para respirar.
—Podrías haber muerto. Podrías haber terminado aquí —dijo, sacudiendo la cabeza, como si no pudiera creer lo que había sucedido—. ¿Acaso no has aprendido nada?
—Perdón… —respondí, luchando por contener las lágrimas, pero las palabras se me quebraban en la garganta—. No quise que nada de esto pasara.
—Pensé que habíamos sido lo suficientemente claras con respecto a esto. ¿Escuchas algo de lo que decimos? ¿O es que ni siquiera te importa realmente?
—Sí, me importa. Y mucho.
—Ah, ¿en serio? —sonrió, resaltando el sarcasmo en sus palabras—. No se nota. No solo pusiste en riesgo tu propia vida, sino también todo por lo que estuviste trabajando.
—Perdóname… —respondí en un susurro.
—Qué decepción —habló Vidarissa—. Creí que eras más inteligente que esto.
Evité su mirada. Sus palabras rompían mi corazón como si estuviese hecho del más frágil vidrio.
—¿Piensas quedarte ahí parada sin decir nada? —interrumpió, indignada.
No obstante, Skylar no respondió. Solo se alejó de la escena, dejando a Elena con la palabra en la boca.
—No sé por qué no me sorprende —suspiró cansada—. Esperaba más de ti, Victoria.
—Elena… no seas tan dura con ella —le dijo Minakuri—. Sí, se equivocó. Cometió un gran error, pero estoy segura de que ya aprendió y no volverá a repetirse.
—No. No te atrevas a minimizar esto. Lo que hizo es muy grave —ordenó Elena—. Debe responsabilizarse por sus actos. No es momento para jugar al ángel guardián.
—No trato de minimizar las cosas. Lo único que digo es que, es injusto juzgarla por errores que ustedes también cometieron en el pasado —contestó—. No olviden que, a fin de cuentas, solo tiene diecisiete años.
—¡Lo sé!… Ya lo sé —su voz se quebró al final, apenas un susurro escapando de entre sus labios temblorosos, mientras las lágrimas le nublaban la mirada—. Solo quería que pudiera entender, que aprendiera de todo lo que hicimos mal. No sé qué habría hecho si…
Elena inhaló profundamente y siguió:
—Solo… que no vuelva a ocurrir.
Sin decir una palabra más, se marcharon una a una, dejándome sola en medio del silencio, con Minakuri como única compañía.
Mi corazón se duerme lentamente. Agotado. Cansado de reponerse después de cada golpe. No puedo quejarme, después de todo, los golpes me los estaba dando yo misma.
Literalmente.
—Tranquila… —sobó suavemente mi espalda—. No lo dicen en serio. Solo están asustadas. La idea de que algo malo pudo haberte pasado nos preocupó mucho.
—No, ellas tienen razón… Me equivoqué terriblemente y pude haberlas arrastrado conmigo.
—Sí, admito que cometiste un error —dijo entre risas—. Pero de eso se trata la vida. No es la primera vez, y créeme que no será la última. Lo importante es no volver a equivocarse por lo mismo.
—・Ꮙ・—
—¿Puedo hablar contigo?
—Claro, ¿Qué sucede? —contestó sin mirarme.
—Vine a arreglar las cosas.
—Todo está bien, Victoria.
—Entonces mírame, habla conmigo.
—¿Y qué esperas que diga? —Skylar se giró hacia mí—. No voy a regañarte como lo hizo Elena. No es mi estilo.
—Entonces, ¡dime algo! —exclamé, con la voz cargada de desesperación—. Dame una señal, grítame, enójate… ¡Lo que sea!
—Eso no resolvería nada —contestó, dándome la espalda nuevamente—. Escucha, no estoy molesta. Ni decepcionada. Sería muy hipócrita de mi parte si lo hiciera.
—¿Entonces?
—¡Señorita Skylar! —gritó Oliver, entrando a la habitación—. Deben subir a la terraza, ¡ahora!
Todas formaban un círculo, murmurando, susurrando. Parecían alteradas por algún motivo. Incluso Angie estaba ahí.
—¿Ahora qué? —preguntó, harta.
—Están atacando la Tierra —contestó Angie—. Pero esta vez es diferente. Sucede en todos lados, no solo los humanoides. Calyssta llevó un ejército.
—Están iniciando una guerra —dijo Elena.
—¿Cómo lo saben? —pregunté.
—Me encontré con un excursionista cuando estaba haciendo patrullaje —Angie apretó los labios—. Todos están huyendo del planeta. Los que pueden, al menos.
—Un excursionista es una persona que salta de una dimensión a otra reuniendo información de distintos lugares, distintas historias, para luego vendérsela a las personas en la Tierra. Con eso crean las películas, series, libros —dijo Vidarissa, mirándome.
—¿Qué? —Suhan soltó una risa—. ¿Creíste que un humano podría tener tanta imaginación cómo para crear un mundo ficticio por sí mismo? No son tan creativos.