El clan de los condenados

Capítulo 48

26 de septiembre de 1961.

Tokio, Japón.

A veces pienso en el peso de las decisiones. En cómo una acción, o una simple palabra, puede cambiar por completo la trayectoria de tu vida. Nadie se da cuenta de su valor realmente. No hasta que un día frenas en seco y te preguntas: “¿Qué habría sido de mí si esto no hubiera ocurrido?”, “¿Dónde estaría si no hubiera aceptado ese trabajo?”, “¿Qué sería de mi vida si no hubiese conocido a esa persona?”. Sin embargo, no debes cometer el error de cuestionar tus decisiones. Tu juicio, sea malo o bueno, es tuyo. Te llevará a donde crea que es correcto. Te guste o no.

—Buenos días —saludó en el momento en que entré a la cocina—. Hermosa mañana, ¿no crees?

—Buenos días, así es —dije entrecerrando los ojos en cuanto miré su rostro—. ¿Por qué sonríes así?

—¿Así cómo? —preguntó sin dejar de hacerlo.

—Extraño.

—¡Sorpresa! —gritó desde la puerta—. ¡Feliz cumpleaños, Mina!

Con globos de color rosa, Sara, la mujer que hacía la limpieza se acercó a nosotras. En su mano derecha tenía un pequeño pastel de chocolate blanco, adornado con fresas que formaban un corazón en el centro.

—¡No puedo creerlo! —sonreí—. Chicas, gracias… no tenían que hacer esto.

—No todos los días la princesa de la casa cumple dieciocho —contestó—. Tenemos que celebrar.

—¡Díganme que aún no despertó! —exclamó entrando a la cocina. Por las gotas de sudor en su frente, era obvio que había corrido—. Demonios, me perdí la sorpresa.

—Te dijimos que despertaría antes —ella le pegó en el hombro.

—No te preocupes —dije, provocando que sonriera—. Gracias por la sorpresa.

—Veo que están festejando —habló, acomodándose la chaqueta de aquel fino y bien planchado traje. Sostenía un maletín rojo y su cabello estaba, como siempre, perfectamente arreglado—. Perdiendo el tiempo… típico de ti.

—¿Quieres unirte? —pregunté—. Te daré la primera porción de pastel.

—No, gracias. A diferencia de algunos, yo sí tengo cosas importantes que hacer —contestó, cruzándose de brazos.

—Bendecidos sean los oídos que pueden oír tu melodiosa voz tan temprano en la mañana, Makima —contestó, bajando las escaleras—. No seas grosera. Al menos finge que tienes clase y deséale un feliz cumpleaños a tu hermana.

—Feliz cumpleaños —su tono frío no logró incomodarme. En realidad, fue más que suficiente.

—Al menos lo intentó —sonrió, para luego acercarse y tomar mis manos—. Feliz cumpleaños, pulga.

—Gracias, hermano —dije, y me quedé en silencio un momento—. ¿Sabes si…?

—No lo creo —contestó al instante, con la vista clavada en su reloj—. Lo siento mucho.

—No te preocupes, lo entiendo, deben tener mucho trabajo —forcé una sonrisa.

—Tal vez la próxima. Pero no te desanimes, al menos nos tendrás a nosotros —dijo—. Celebraremos como se debe.

—Por supuesto, señor Mukan —respondió Jun, nuestro mayordomo—. Prepararemos una cena digna de un Sabami.

—Es bueno oír eso. Bien, debo irme —se acercó dejando un beso en mi frente—. Nos vemos esta noche.

—愛する娘—

—Feliz cumpleaños —saludó—. No puedo creer que hayamos crecido tanto.

—Quién lo diría… algunas iremos a la universidad, otras seguirán con el negocio familiar.
Me removí en mi asiento al escuchar esa última parte. Aunque no dijo mi nombre, era evidente que se refería a mí.

—¿Escucharon lo que sucedió con Ikari? Su padre es un mutante.

—¡No me digas! —llevó ambas manos a su boca—. Qué tragedia, no imagino el dolor que debe estar pasando por tener un padre enfermo.

—Lo sé. Espero que atrapen pronto a ese fenómeno —resopló, soltando un sonido—. Si mi padre fuera un asqueroso mutante, yo misma lo entregaría a las autoridades.

No sabría decir con certeza cuándo comenzó el odio hacia los mutantes. No eran criaturas tan distintas a nosotros. Pertenecer a la clase más alta me daba acceso a información que pocos conocían. Supe entonces que no solo existían personas con mutaciones, sino también otras nacidas con dones místicos, algunas rozando la magia o la brujería… dotes que escapaban a toda explicación. El miedo a lo desconocido comenzó a devorarlos lentamente, marginándolos sin razón ni piedad. Me parecía absurdo; nuestro mundo era tan ordinario, que un poco de distinción le sentaba bien. Pero si alguien me lo preguntara en voz alta… jamás confesaría lo que estoy pensando ahora.

—¿Qué ocurre? —preguntó Kirali, acercando su silla con cautela. Mi reacción, al parecer, había sido más evidente de lo que creí.
—No es nada —respondí, evitando su mirada. Ella frunció los labios y entrecerró los ojos, claramente sin creerme.

Era evidente que mentía, y ella lo sabía. Me conoce mejor que nadie.

—No quiero trabajar en las empresas Sabami. No podría seguir los pasos de mis hermanos —dije, sintiendo cómo las miradas de las tres se posaban sobre mí—. Quiero estudiar arte.
—¿Arte? —Soma soltó una risa incrédula—. ¿Hablas en serio?
—¿Y qué tiene de malo?
—Nada —guardó silencio por un instante, luego continuó—. Solo me cuesta entender cómo puedes rechazar un empleo que te garantiza prestigio y fortuna… por algo tan trivial como el arte.
—No todos tenemos las mismas prioridades, Soma —intervino Kirali—. A mí me parece admirable que Minakuri quiera construir su propio camino.
—Eso creo. No fue una decisión impulsiva —agregué—. Llevo años pensándolo. Es lo que quiero.
—¿Y tus padres? ¿Qué dijeron al respecto? —preguntó.
—Todavía no he hablado con ellos. La última vez que los vi fue hace cinco meses… justo antes del cumpleaños de Makima.
—Bueno, será mejor que se los digas pronto —dijo Kirali.
—Es verdad —añadió otra—. Noticias así rara vez caen bien al principio. Más vale que vayas preparando el discurso.

Sus frías palabras se incrustaban en mi cabeza, y con eso, caminé de regreso a casa. No había razón para que no apoyaran mi decisión. Mis padres jamás interfirieron en mis asuntos, siempre fueron como fantasmas. Supongo que prefieren verme desde las sombras para dejar que aprendiera las cosas por mí misma. Eso los convierte en los mejores padres del mundo.




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